Centenario de las Apariciones

y

Betificación de los pastorcillos

Santos, Jacinta y Francisco

MI INMACULADO CORAZÓN TRIUNFARÁ

Esta es una de las frases célebres del secreto de sor Lucía, uno de los tres pastorcitos que contemplaron a la Virgen en Fátima, hace cien años. He aquí un fragmento de la reflexión que hizo el entonces cardenal Joseph Ratzin­ ger (futuro Benedicto XVI) en el año 2000.
¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios,es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo (…) porque gra­ cias a este «SÍ» Dios pudo hacerse hombre (…) y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimenta­ mos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre ha­ cia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: «Padece­ réis tribulaciones en el mundo, pero tened confian­ za; yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33). El men­ saje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salva­ción mía!

Lección sobre los Sacramentos

y

predicciones sobre la Iglesia.

Estoy en otro monte, más poblado aún de bosques, no lejos de Nazaret (a la que lleva un camino que bordea la base delmonte). Jesús los invita a sentarse en círculo: más cerca, los apóstoles; detrás de éstos, los discípulos (los que, de los setenta ydos, no se habían desperdigado yendo a distintos lugares), más Zacarías y José. Margziam está a sus pies, en una posición deprivilegio.
Jesús, en cuanto se sientan y se callan y están todos atentos a sus palabras, empieza a hablar. Dice:
-Prestadme toda vuestra atención porque os voy a decir cosas de suma importancia. Todavía no las comprenderéis todas, ni todas bien. Pero Aquel que vendrá después de mí os las hará comprender. Escuchadme, pues.Nadie está más convencido que vosotros de que sin la ayuda de Dios el hombre peca fácilmente, pues es debilísima su constitución, debilitada por el Pecado. Sería, entonces, un Redentor imprudente si, después de haberos dado tanto para redimiros, no diera también los medios para conservaros en los frutos de mi Sacrificio. Sabéis que toda la facilidad para pecar viene de la Culpa, que, privando de la Gracia a los hombres, los despoja de su fortaleza, que está en la unión con la Gracia.

Habéis dicho:

“Pero Tú has devuelto la Gracia”.

No. Ha sido devuelta a los justos hasta mi Muerte. Para devolvérsela a los próximos se requiere un medio. Un medio que no será solamente una figura ritual, sino que imprimirá verdaderamente en quien lo reciba el carácter real de hijo de Dios, cuales eran Adán y Eva, cuya alma, vivificada por la Gracia, poseía dones excelsos que Dios había dado a su amada criatura.
Vosotros sabéis lo que tenía el Hombre y lo que perdió el hombre. Ahora, por mi Sacrificio, las puertas de la Gracia están de nuevo abiertas, y el río de la Gracia puede descender hacia todos los que la piden por amor a mí. Por eso, los hombres tendrán el carácter de hijos de Dios por los méritos del primogénito de los hombres, por los méritos de quien os habla, vuestro
Redentor, vuestro Pontífice eterno, vuestro Hermano en el Padre, vuestro Maestro. Desde Jesucristo y por Jesucristo, los hombres presentes y futuros podrán poseer el Cielo y gozar de Dios, fin último del hombre. Hasta ahora, ni los justos más justos, aunque estuvieran circuncidados como hijos del pueblo elegido, podían alcanzar este fin. Dios consideraba sus virtudes, sus lugares estaban preparados en el Cielo, pero éste les estaba vedado, y negado les era el gozar de Dios porque en sus almas, jardines benditos florecidos con toda suerte de virtudes, estaba también el árbol maldito
de la Culpa original, y ninguna obra, por santa que fuera, podía destruirlo, y no es posible entrar en el Cielo con raíces y frondas de tan maléfico árbol. El día de la Parasceve, el suspiro de los patriarcas y profetas y de todos los justos de Israel se aplacó en el gozo de la Redención cumplida, y 1as almas, más blancas que nieve montana hasta donde alcanzaba su virtud, se vieron libres incluso de la única Mancha que las mantenía apartadas del Cielo. Pero el mundo continúa. Generaciones y más generaciones surgen y surgirán. Pueblos y más pueblos vendrán a Cristo.

¿Puede Cristo morir para cada nueva generación, para salvarla, o para cada pueblo que a Él venga?

 

No. Cristo ha muerto una vez y no volverá a morir jamás, en, toda la eternidad. ¿Habrá de suceder, pues, que estas generaciones, estos pueblos, se hagan sabios por mi Palabra pero no posean el Cielo ni gocen de Dios, por estar heridos por la Mancha original? Tampoco. No sería justo, ni para ellos, pues vano sería su amor a mí, ni para mí, pues por demasiado pocos habría muerto.

¿Y entonces? ¿Cómo conciliar estas cosas distintas? ¿Qué nuevo milagro hará Cristo -que ya ha hecho muchos- antes de dejar el mundo para ir al Cielo, después de haber amado a los hombres hasta querer morir por ellos?

Ya ha hecho uno, dejándoos su Cuerpo y su Sangre para alimento fortalecedor y santificador y para recuerdo de su amor; y os ha mandado que hagáis lo que Él hizo para recuerdo suyo y como medio santificador para los discípulos, y para los discípulos de los discípulos, hasta el final de los tiempos.

Pero, aquella noche, purificados ya vosotros externamente, ¿os acordáis lo que hice? Me ceñí una toalla y os lavé lospies.

Y, a uno de vosotros, que se escandalizaba de aquel gesto demasiado humillante, 1e dije:

“Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”.

No entendisteis lo que quería decir, ni de qué parte hablaba, ni qué símbolo estaba poniendo. Pues bien, os lo digo.
Además de haberos enseñado la humildad y la necesidad de ser puros para entrar a formar parte del Reino mío, además de haberos hecho observar benignamente que Dios, de uno que es justo, y por tanto puro en su espíritu y en su intelecto, exige únicamente una última purificación – de aquella parte que, necesariamente, más fácilmente se contamina incluso en los justos, quizás sólo polvo que la necesaria convivencia con los hombres deposita en los miembros limpios, en la carne-, además de estas cosas, enseñé otra. Os lavé los pies, la parte inferior del cuerpo, la que va entre barro y polvo, a veces incluso entre inmundicias, para significar la carne, la parte material del hombre, la cual tiene siempre -excepto en los sin Mancha original, o por obra de Dios o por naturaleza divina (María Stma. por obra de Dios y Jesús por naturaleza divina) – imperfecciones, a veces tan mínimas que sólo Dios las ve, pero que verdaderamente deben ser vigiladas, para que no cobren fuerza y se transformen en hábito natural, y deben ser agredidas para ser extirpadas.
Os lavé los pies, pues.

¿Cuándo?

Antes de la fracción del pan y el vino transubstanciados en mi Cuerpo y en mi Sangre. Porque Yo soy el Cordero de Dios y no puedo descender a donde Satanás tiene puesta su huella. Así pues, primero os lavé; luego me di a vosotros. También vosotros lavaréis con el Bautismo a los que vengan a mí, para que no reciban indignamente mi Cuerpo y no se transforme en tremenda condena de muerte.
Os estremecéis. Os miráis. Con las miradas os preguntáis: “¿Y Judas, entonces?”. Os digo: “Judas comió su muerte”. El supremo acto de amor no le tocó el corazón. El extremo intento de su Maestro chocó contra la piedra de su corazón, y esa piedra, en lugar de la Tau, llevaba grabada la horrenda sigla de Satanás., la señal de la Bestia. Así pues, os lavé antes de admitiros al banquete eucarístico, antes de escuchar la confesión de vuestros pecados, antes de infundiros el Espíritu Santo y, por tanto, el carácter de verdaderos cristianos reconfirmados en Gracia, y de Sacerdotes míos.
Hágase, pues, así con aquellos a quienes debéis preparar para la vida cristiana.
Bautizad con agua en el Nombre del Dios uno y trino y en mi Nombre y por mis méritos infinitos, para que sea borrada de los corazones la Culpa original, sean perdonados los pecados, sean infundidas la Gracia y las santas Virtudes, y el Espíritu Santo pueda descender a morar en los templos consagrados que serán los cuerpos de los hombres que viven en la gracia del Señor.

¿Era necesaria el agua para borrar el Pecado?

El agua no toca al alma, no. Pero tampoco el signo inmaterial toca la vista del hombre, tan material en todas sus acciones. Bien podía Yo infundir la Vida sin el medio visible. Pero ¿quién lo habría creído? ¿Cuántos son los hombres que saben creer firmemente si no ven? Tomad, pues, de la antigua Ley mosaica el agua lustral (Números 19, 17-22), usada para purificar a los impuros y admitirlos de nuevo, cuando se habían contaminado con un cadáver, en los campamentos.

Es verdad, todo hombre que nace está contaminado al tener contacto con un alma muerta a la Gracia. Sea, pues, ésta, con el agua lustral, purificada del contacto impuro y hágasela digna de entrar en el Templo eterno. Y tened estima por el agua… Después de haber expiado y redimido con treinta y tres años de vida fatigosa culminada en la Pasión, y después de haber dado mi Sangre por los pecados de los hombres fueron extraídas del Cuerpo desangrado e inmolado del Mártir las aguas saludables para lavar la Culpa original. Con el Sacrificio consumado, Yo os he redimido de aquella mancha.

Si en el umbral de la muerte un milagro mío divino me hubiera hecho descender de 1a cruz, en verdad os digo que, por la sangre derramada habría purificado las culpas, pero no la Culpa.

Para ésta ha sido necesaria la consumación total. En verdad, las aguas saludables de que habla Ezequiel (Ezequiel 47, 1-12) han salido de este Costado mío. Sumergid en él a las almas. Que salgan de él inmaculadas para recibir al Espíritu Santo que, en memoria de aquel soplo que el Creador espiró en Adán para darle el espíritu y, por tanto, la imagen y semejanza con Él, volverá a soplar y a morar en los corazones de los hombres redimidos. Bautizad con mi Bautismo, pero en el Nombre del Dios trino. Porque, en verdad, si el Padre no hubiera querido y el Espíritu no hubiera actuado, el Verbo no se habría encarnado y vosotros no habríais recibido Redención. Por lo cual, es cuestión de justicia y de deber el que todo hombre reciba la Vida por Aquellos que se han unido en querérsela dar, nombrándose al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en el acto del Bautismo, que de mí tomará el nombre de cristiano para diferenciarlo de los otros, pasados o futuros, los cuales serán rito: pero no signos indelebles en la parte inmortal. Y tomad el Pan y el Vino como Yo hice, y, en mi Nombre, bendecid, fraccionad y distribuid; y se nutran de mí los cristianos. Y haced del Pan y del Vino una ofrenda al Padre de los Cielos, inmolándola después en memoria del Sacrificio que Yo ofrecí y llevé a cabo en 1a Cruz por vuestra salvación. Yo, Sacerdote y Víctima, por mí mismo me ofrecí y sacrifiqué, no pudiendo ninguno, si Yo no hubiera querido, hacer esto de mí. Vosotros, mis Sacerdotes, haced esto en memoria mía y para que los tesoros infinitos de mi Sacrificio suban impetradores a Dios y desciendan propicios sobre todos aquellos que lo invocan con fe segura.
Fe segura, he dicho. No se exige ciencia para gozar del eucarístico Alimento y del eucarístico Sacrificio, sino fe. Fe en que en ese pan y en ese vino que uno, autorizado por mí y por los que después de mí vendrán -vosotros: tú, Pedro, Pontífice nuevo de la nueva Iglesia; tú, Santiago de Alfeo; tú, Juan; tú, Andrés; tú, Simón; tú, Felipe; tú, Bartolomé; tú, Tomás; tú, Judas Tadeo; tú, Mateo; tú, Santiago de Zebedeo-, consagre en mi Nombre es mi verdadero Cuerpo, mi verdadera Sangre; y fe en que quien se nutre de ellos me recibe en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; y fe en que quien me ofrece, ofrece realmente a Jesucristo como Él se ofreció por los pecados del mundo. Un niño o un ignorante me pueden recibir al igual que pueden hacerlo un adulto y una persona docta. Y el Sacrificio ofrecido aportará a un niño o a un ignorante los mismos beneficios que a cualquiera de vosotros. Basta con que en ellos haya fe y gracia del Señor.
Pero vosotros vais a recibir un nuevo Bautismo, el del Espíritu Santo. Os lo he prometido y se os dará. El propio Espíritu Santo descenderá sobre vosotros. Ya os diré cuándo. Y quedaréis repletos de Él, con la plenitud de los dones sacerdotales. Podréis, por tanto, como he hecho Yo con vosotros, infundir el Espíritu Santo de que estaréis repletos, para confirmar en gracia a los cristianos e infundir en ellos los dones del Paráclito. Sacramento regio poco inferior al Sacerdocio Éxodo 29, 1-35; Levítico 8) .Que tenga la solemnidad, pues, de las consagraciones mosaicas con la imposición de las manos y la unción con óleo perfumado, en el pasado usado para consagrar a los Sacerdotes. ¡No, no os miréis tan asustados! ¡No estoy diciendo palabras sacrílegas! ¡No os estoy enseñando un acto sacrílego! La dignidad del cristiano es tal, que, lo repito, en poco es inferior a un sacerdocio. ¿Dónde viven los sacerdotes? En el Templo. Y un cristiano será un templo vivo. ¿Qué hacen los sacerdotes? Sirven a Dios con oraciones, con sacrificios y cuidando de los fieles. Esto hubieran debido hacer… Y el cristiano servirá a Dios con la oración y el sacrificio y con la caridad fraterna. Y escucharéis la confesión de los pecados, así como Yo he escuchado los vuestros y los de muchos, y he perdonado donde he visto verdadero arrepentimiento. ¿Os inquietáis? ¿Por qué? ¿Tenéis miedo de no saber distinguir? He hablado otras veces sobre el pecado y sobre el juicio acerca del pecado. Y, al juzgar, acordaos de meditar en las siete condiciones por las que una acción puede ser o no pecado, y de distinta gravedad. Resumo. ¿Cuándo se ha pecado y cuántas veces?, ¿quién ha pecado?, ¿con quién?, ¿con qué?, ¿cuál es la materia del pecado?, ¿cuál la causa?, ¿por qué se ha pecado? Pero no temáis. El Espíritu Santo os ayudará. Eso sí, con todo mi corazón os conjuro que observéis una vida santa, la cual aumentará de tal manera en vosotros las luces sobrenaturales, que llegaréis a leer sin error el corazón de los hombres y podréis, con amor y autoridad, declarar a los pecadores, temerosos de revelar su pecado o rebeldes para confesarlo, el estado de su corazón, ayudando a los tímidos y humillando a los impenitentes.

Recordad que la Tierra pierde al Absolvedor y que vosotros debéis ser lo que Yo era: justo, paciente, misericordioso, pero no débil. Os he dicho: lo que desatéis en la Tierra quedará desatado en el Cielo y lo que aquí atéis quedará atado en el Cielo. Por tanto, con sopesada reflexión juzgad a cada uno de los hombres sin dejaros corromper por simpatías o antipatías, por regalos o amenazas; imparciales en todo y para todos como es Dios, teniendo presentes la debilidad del hombre y las insidias de los enemigos. Os recuerdo que algunas veces Dios permite también las caídas de sus elegidos; no porque le guste verlos caer, sino porque de una caída puede resultar un bien futuro mayor. Tended, pues, la mano a quien cae, porque no sabéis si esa caída puede ser la crisis que remedia una enfermedad que para siempre termina, dejando en la sangre una purificación que produce salud, en nuestro caso: que produce santidad. Sed, por el contrario, severos con los que no tengan respeto hacia mi Sangre y acabada de lavar su alma por el lavacro divino, se arrojen al cieno una y cien veces. No los maldigáis, pero sed severos. Exhortadlos. Reciban vuestro llamamiento setenta veces siete.

Recurriréis al extremo castigo de separarlos del pueblo elegido sólo cuando su pertinacia en un pecado que escandalice a los hermanos os obligue a actuar para no haceros cómplices de sus acciones. Recordad lo que dije:

“Si tu hermano ha pecado, corrígelo a solas. Si no te escucha, corrígelo ante dos o tres testigos. Si esto no basta, ponlo en conocimiento de la Iglesia. Si no escucha ni siquiera a la Iglesia, considéralo como un gentil y un publicano”.

En la religión mosaica el matrimonio es un contrato (Tobías 7, 14). Que en la nueva religión cristiana sea un acto
sagrado e indisoluble, sobre el cual descienda la gracia del Señor para hacer de los cónyuges dos ministros suyos en la propagación de la especie humana. Tratad desde los primeros momentos de aconsejar al cónyuge procedente de la nueva religión que induzca al cónyuge que aún se halla fuera del número de los fieles a entrar a formar parte de este número, para evitar esas dolorosas divisiones de pensamiento, y consiguientemente de paz, que hemos observado incluso entre nosotros. Pero, cuando se trate de fieles en el Señor, que por ninguna razón se desuna aquello que Dios ha unido. Y en el caso de una parte que se encuentre, siendo cristiana, unida a otra parte gentil, aconsejo que aquélla lleve su cruz con paciencia y mansedumbre, y también con fortaleza, hasta el de saber morir por defender su fe, pero sin abandonar al cónyuge al que se ha unido con su pleno consenso. Éste es mi consejo para una vida más perfecta en el estado matrimonial, mientras no sea posible -lo será con la difusión del cristianismotener matrimonios de fieles. Entonces sagrado e indisoluble ha de ser el vínculo, y santo el amor. Malo sería el que, por la dureza de los corazones, se diera en la nueva fe lo que se dio en la antigua: la permisión del repudio y de la separación para evitar escándalos creados por la libídine del hombre (Deuteronomio 24, 1-4). En verdad os digo que todos deben llevar su cruz en todos los estados, y también en el matrimonial. Y también os digo en verdad que ninguna presión debe doblegar vuestra autoridad que afirme: “No es lícito” a aquel que quiera pasar a nuevo desposorio antes de que uno de los cónyuges haya muerto. Os digo que es mejor que una parte corrompida se separe -ella sola o seguida por otrosantes que concederle, por retenerla en el Cuerpo de la Iglesia, algo que sea contrario a la santidad del matrimonio, escandalizando a los humildes y poniéndolos en la tesitura de hacer consideraciones desfavorables a la integridad sacerdotal y sobre el valor de la riqueza o el poder. Acto serio y santo son las nupcias. Y para mostrar esto estuve en una boda, y allí realicé el primer milagro. Pero, ¡ay si degeneran en libídine y capricho! El matrimonio, contrato natural entre el hombre y la mujer; que se eleve de ahora en adelante a contrato espiritual por el cual las almas de dos que se amen juren servir al Señor en un amor recíproco ofrecido a Él en obediencia a su imperativo de procreación para dar hijos al Señor. Otra cosa… Santiago, ¿recuerdas lo que hablamos en el Carmelo? Desde entonces te he venido hablando. Pero los otros ignoran esto… Visteis a María de Lázaro ungir mis miembros en la cena del sábado en Betania. En esa ocasión os dije: “Ella me ha preparado para la sepultura”. En verdad lo hizo. No para la sepultura -ella creía que ese dolor estaba aún lejano-, pero sí para purificar mis miembros de todas las impurezas del camino, para ungirlos y así subiera perfumado con óleo balsámico al trono. La vida del hombre es un camino. La entrada del hombre en la otra vida debería ser la entrada en el Reino. A todo rey se le unge y perfuma antes de subir a su trono y mostrarse a su pueblo. También el cristiano es un hijo de rey, que recorre su camino en dirección al reino a donde el Padre lo llama. La muerte del cristiano no es sino la entrada en el Reino para subir al trono que el Padre le ha preparado. La muerte -para aquel que, sabiendo que está en su gracia, no teme a Dios- no infunde espanto. Ahora bien, purifíquese de todo residuo el cuerpo de aquel que deba subir al trono, para que se conserve hermoso para la resurrección; y purifíquesele el espíritu, para que resplandezca en el trono que el Padre le ha preparado para que aparezca con la dignidad que corresponde al hijo de tan gran rey. Aumento de la Gracia, cancelación de los pecados de que el hombre tenga pleno arrepentimiento, suscitación de ardoroso deseo del Bien, comunicación de fuerza para el combate supremo: esto ha de ser la unción que se dé a los moribundos cristianos; o, dicho más propiamente, a los cristianos que estén para nacer, porque en verdad os digo que el que muere en el Señor nace a la vida eterna. Repetid el gesto de María en los miembros de los elegidos. Y que ninguno lo considere indigno de él. Yo acepté de manos de una mujer aquel óleo balsámico. Que todo cristiano se sienta honrado considerándolo una gracia suprema que le viene de la Iglesia de la que es hijo, y que lo acepte del sacerdote para quedar limpio de sus últimas manchas. Y que todo sacerdote gustosamente repita en el cuerpo de su hermano moribundo el acto de amor de María para con el Cristo penante. En verdad os digo que aquello que en aquella ocasión no hicisteis conmigo, dejando que una mujer os llevara la delantera -y ahora pensáis en ello con mucho dolor- podéis hacerlo en el futuro, y tantas veces cuantas sean las que os inclinéis con amor hacia un moribundo para prepararlo para su encuentro con Dios. Yo estoy en los mendigos y en los moribundos, en los peregrinos, en los huérfanos, en las viudas, en los prisioneros, en los que tienen hambre, sed o frío, en los que están afligidos o cansados. Yo estoy en todos los miembros de mi místico Cuerpo, que es la unión de mis fieles. Amadme en ellos y ofreceréis reparación por vuestro desamor de tantas veces, y me daréis gran alegría a mí, y a vosotros os daréis mucha gloria. Y considerad que contra vosotros conspiran el mundo, la edad, las enfermedades, el tiempo, las persecuciones. Evitad, pues, el ser avaros de lo que habéis recibido, y evitad la imprudencia. Transmitid, por esto, en mi Nombre, el Sacerdocio a los mejores de entre los discípulos, para que la Tierra no se quede sin sacerdotes. Y que sea un carácter sagrado concedido después de un profundo examen, no verbal sino de las acciones de aquel que pide ser sacerdote, o de aquel a quien juzguéis apto para serlo. Pensad en lo que es el Sacerdote; en el bien que puede hacer y en el mal que puede hacer. Habéis visto una muestra de lo que puede hacer un sacerdote venido a menos en su carácter sagrado. En verdad os digo que por las culpas del Templo esta nación será dispersada. Pero también os digo, en verdad, que igualmente será destruida la Tierra cuando el abominio de la desolación entre en el nuevo sacerdocio, conduciendo a los hombres a la apostasía para abrazar las doctrinas infernales. Entonces surgirá el hijo de Satanás, y los pueblos, tremendamente horrorizados, gemirán, y pocos permanecerán fieles al Señor; entonces, entre convulsiones de horror, vendrá el final, tras la victoria de Dios y de sus pocos elegidos, y descenderá la ira de Dios sobre todos los malditos. ¡Desventura, tres veces desventura si para esos pocos ya no hay santos, los últimos pabellones del Templo de Cristo! ¡Desventura, tres veces desventura si para confortar a los últimos cristianos no hay verdaderos Sacerdotes como los habrá para los primeros! En verdad, la última persecución, no siendo persecución de hombres sino del hijo de Satanás y de sus seguidores, será horrenda. ¿Sacerdotes? Tan feroz será la persecución de las hordas del Anticristo, que los de la última hora deberán ser más que sacerdotes. Semejantes al hombre vestido de lino (tan santo, que está al lado del Señor; el hombre de la visión de Ezequiel) (Ezequiel 9, 2.3.11; 10, 2.6.7), deberán, infatigablemente, con su perfección, marcar una Tau en los espíritus de esos pocos fieles para que llamas de infierno no la cancelen. ¿Sacerdotes? Ángeles. Ángeles que agiten el turíbulo cargado de los inciensos de sus virtudes para purificar el aire de los miasmas de Satanás. ¿Ángeles? Más que ángeles: otros Cristos, para que los fieles del último tiempo puedan perseverar hasta el final. Esto es lo que deberán ser. Pero el bien y el mal futuros tienen raíz en el presente. Los aludes empiezan con un copo de nieve. Un sacerdote indigno, impuro, hereje, infiel, incrédulo, tibio o frío, apagado, insípido, lujurioso, hace un daño diez veces superior al que provoca un fiel culpable de los mismos pecados; y arrastra a muchos otros al pecado. La relajación en el Sacerdocio, el acoger doctrinas impuras, el egoísmo, la codicia, la concupiscencia en el Sacerdocio, ya sabéis en donde desemboca: en el deicidio. Y en los siglos futuros ya no se podrá matar al Hijo de Dios, pero sí se podrá matar la fe en Dios, la idea de Dios. Por lo cual se llevarácabo un deicidio aún más irreparable, porque carecerá de resurrección. Sí, se podrá llevar a cabo; lo veo… Podrá ser llevado a cabo por los demasiados Judas de Keriot de los siglos futuros. ¡Un horror!… ¡Mi Iglesia removida de sus quicios por sus propios ministros! ¡Y Yo sosteniéndola con la ayuda de las víctimas!

¡Y ellos, esos Sacerdotes que tendrán únicamente las vestiduras del Sacerdote, pero no su alma, ayudando a intensificar las olas agitadas por la Serpiente infernal contra tu barca, Pedro! ¡En pie! ¡Yérguete! Transmite esta orden a tus sucesores: “Mano al timón, mano dura con los náufragos que han querido naufragar y tratan de hacer naufragar a la barca de Dios. Descarga tu mano, pero salva y sigue adelante. Sé severo, porque justo es el castigo contra los hombres rapaces. Defiende el tesoro de la fe. Mantén alta la luz, como un faro por encima de las olas desatadas, para que los que siguen a tu barca vean y no perezcan.

Pastor y nauta para los tiempos tremendos, recoge, guía, levanta alto mi Evangelio, porque en él y no en otra ciencia se halla la salvación. Lo mismo que nos ha sucedido a los de Israel, y aún más profundamente, llegarán tiempos en que el Sacerdocio creerá – por saber sólo lo superfluo, desconociendo lo indispensable, o conociendo sólo su forma muerta, esa forma con que ahora conocen los sacerdotes la Ley, o sea, no el espíritu sino el revestimiento, y exageradamente recargado de adornos- creerá, digo, ser una clase superior. Vendrán tiempos en que el Libro quedará sustituido por todos los demás libros, y aquél será usado sólo como lo usaría uno que debiera utilizar forzadamente un objeto, o sea, mecánicamente; como un agricultor ara, siembra, recoge, sin meditar en la maravillosa providencia que hay en esa nueva multiplicación de semillas que sucede todos los años: una semilla arrojada a la tierra removida, que se hace tallo y espiga, luego harina y luego pan por paterno amor de Dios. ¿Quién al llevarse a la boca un trozo de pan alza el espíritu hacia Aquel que creó la primera semilla y desde siglos la hace renacer y crecer, distribuyendo con medida las lluvias y el calor para que germine y se alce y madure sin que se ponga lacia o se queme? Así, llegará el tiempo en que será enseñado el Evangelio científicamente bien, pero espiritualmente mal.

Ahora bien,

¿qué es la ciencia si falta la sabiduría?

Es paja. Paja que se hincha y no nutre. Y en verdad os digo que llegará un tiempo en que demasiados de entre los Sacerdotes serán semejantes a pajares llenos, soberbios pajares, que se mostrarán arrogantes con su orgullo de estar muy llenos, como si a sí mismos se hubieran proporcionado esas espigas que coronaron las cañas, como si todavía las espigas estuvieran en la cima de las cañas; y creerán ser todo por tener toda esa paja, en vez del puñado de mies, del verdadero alimento que es el espíritu del Evangelio. ¡Un montón! ¡Un montón de paja! Pero ¿puede bastar la paja? Ni siquiera para el vientre del jumento basta, y, si el amo del jumento no vigoriza al animal con cereales y forraje fresco, el jumento nutrido sólo con paja se debilita e incluso muere. Pues bien, os digo que llegará el momento en que los Sacerdotes, olvidando que con pocas espigas instruí a los espíritus en orden a la verdad, y olvidando cuánto le costó a su Señor ese verdadero pan del espíritu (sacado por entero y solamente de la Sabiduría divina, expresado por la divina Palabra, noble en su forma doctrinal, incansable en repetirse, para que no se pierdan las verdades dichas, humilde en su forma, sin atavíos de ciencias humanas, sin complementos históricos y geográficos), no se preocuparán del alma de ese pan del espíritu, sino sólo del revestimiento con que presentarlo, para hacer ver a las multitudes cuántas cosas saben, y el espíritu del Evangelio quedará difuminado en ellos bajo avalanchas de ciencia humana.

Pero, si no lo poseen, ¿cómo pueden transmitirlo? ¿Qué darán a los fieles estos pajares hinchados? Paja. ¿Qué alimento recibirán de ellos los espíritus de los fieles? Pues lo que no da para más que para arrastrar una mortecina vida. ¿Qué fruto producirán de esta enseñanza y de este conocimiento imperfecto del Evangelio? Pues el enfriamiento de los corazones, el que entren doctrinas heréticas, doctrinas e ideas más que heréticas incluso, en vez de la única, verdadera Doctrina; y la preparación del terreno para la Bestia, para su fugaz reino de hielo, tinieblas y horror.

En verdad os digo que, de la misma manera que el Padre y Creador multiplica las estrellas para que no se despueble el cielo por las que, terminada su vida, perecen, así, igualmente, Yo tendré que evangelizar muchísimas veces a discípulos a los que distribuiré entre los hombres y a lo largo de los siglos. Y también en verdad os digo que el destino de éstos será como el mío; es decir, la sinagoga y los soberbios los perseguirán como me han perseguido a mí. Pero tanto Yo como ellos tenemos nuestra recompensa: la de hacer la Voluntad de Dios, y la de servirle hasta la muerte de cruz para que su gloria resplandezca y el conocimiento de Él no se apague. Pero tú, Pontífice, y vosotros, Pastores, en vosotros y en vuestros sucesores, velad para que no se pierda el espíritu del Evangelio y, incansablemente, orad al Espíritu Santo para que en vosotros se renueve un continuo Pentecostés -no sabéis lo qué quiero decir, pero pronto lo sabréis-, de forma que podáis comprender todos los idiomas y discernir mis voces de las del Simio de Dios: Satán, y elegir aquéllas. Y no dejéis caer en el vacío mis voces futuras. Cada una de ellas es un acto de misericordia mía para ayudaros; y esas voces, cuanto más vea Yo, por razones divinas, que el Cristianismo las necesita para superar las borrascas de los tiempos, más numerosas serán ¡Pastor y nauta, Pedro! Pastor y nauta. Llegará el día en que no te bastará con ser pastor, si no eres nauta; ni con ser nauta, si no eres pastor. Ambas cosas deberás ser: para mantener congregados a los corderos (esos corderos que tentáculos y garras feroces tratarán de arrebatarte, o falaces músicas de promesas imposibles te seducirán), y para llevar adelante la barca (esa barca que será embestida por todos los vientos, de Septentrión y Meridión, de Oriente y Occidente; azotada y sacudida por las fuerzas del abismo; asaeteada por los arqueros de la Bestia; lamida por el aliento de fuego del dragón, que barrerá sus bordes con su cola, de forma que los imprudentes sufrirán el fuego y perecerán cayendo a las enfurecidas olas). Pastor y nauta en los tiempos tremendos… Tu brújula, el Evangelio. En él están la Vida y la Salvación. Y todo está dicho en él. Todos los artículos del Código santo, todas las respuestas para los múltiples casos de las almas están en él. Y haz que de él no se separen ni los Sacerdotes ni los fieles. Haz que no vengan dudas sobre él, ni alteraciones a él, ni sustituciones ni sofisticaciones.

El Evangelio… soy Yo mismo el Evangelio. Desde el nacimiento hasta la muerte. En el Evangelio está Dios. Porque en él aparecen manifiestas las obras del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. El Evangelio es amor. Yo he dicho: “Mi Palabra es Vida”. He dicho “Dios es caridad”. Que conozcan, pues, los pueblos mi Palabra y tengan en ellos el amor, o sea, a Dios. Para tener el Reino de Dios. Porque el que no está en Dios no tiene en sí la Vida. Porque los que no reciban la Palabra del Padre no podrán ser una sola cosa con el Padre, conmigo y con el Espíritu Santo en el Cielo, y no podrán pertenecer a ese único Redil que es santo como Yo quiero que lo sea. No serán sarmientos unidos a la Vid, porque quien rechaza en su totalidad o parcialmente mi Palabra es un miembro por el que ya no circula la savia de la Vid. Mi Palabra es savia que nutre y hace crecer y fructificar.

Todo esto lo haréis en recuerdo de mí, que os lo he enseñado. Mucho más podría deciros sobre estas cosas. Pero me he limitado a echar la semilla. El Espíritu Santo la hará germinar. He querido daros Yo la semilla, porque conozco vuestros corazones y sé cómo titubearíais, a causa del miedo, por indicaciones espirituales, inmateriales. El miedo a caer en engaño paralizaría vuestra voluntad. Por eso os he hablado -Yo primero- de todas las cosas. Luego el Paráclito os recordará mis palabras y os las ampliará detalladamente. Y no temeréis porque recordaréis que la primera semilla os la di Yo. Dejaos guiar por el Espíritu Santo. Si mi Mano os ha guiado con dulzura, su Luz es dulcísima. Él es el Amor de Dios. Así Yo me marcho contento, porque sé que Él ocupará mi lugar y os guiará al conocimiento de Dios.

Todavía no lo conocéis, a pesar de que os haya hablado mucho de Él. Pero no es culpa vuestra. Vosotros habéis hecho de todo por comprenderme y por eso estáis justificados, a pesar de que hayáis comprendido poco en tres años. La falta de la Gracia ofuscaba vuestro espíritu. Ahora también comprendéis poco, aunque la Gracia de Dios haya descendido de mi cruz sobre vosotros. Tenéis necesidad del Fuego. Un día hablé de esto a uno de vosotros, yendo por los caminos de las orillas del Jordán. La hora ha llegado. Vuelvo a mi Padre, pero no os dejo solos, porque os dejo la Eucaristía, o sea, a vuestro Jesús hecho alimento para los hombres. Y os dejo al Amigo: al Paráclito. Él os guiará. Paso vuestras almas de mi Luz a su Luz y Él llevará a cabo vuestra formación. -¿Nos dejas ahora? ¿Aquí? ¿En este monte? Están todos desolados. -No. Todavía no. Pero el tiempo vuela y pronto llegará ese momento. -¡No me dejes en la Tierra sin ti, Señor! Te he querido desde tu Nacimiento hasta tu Muerte, desde tu Muerte hasta tu Resurrección, y siempre. Pero, ¡demasiado triste sería saber que no estuvieras ya entre nosotros! Escuchaste la oración del padre de Eliseo. Has acogido las peticiones de muchos. ¡Acoge la mía, Señor! – suplica Isaac, de rodillas, tendidas sus manos hacia adelante. -La vida que todavía podrías tener sería predicación de mí, quizás gloria, de martirio. Supiste ser mártir por amor a mí cuando era niño, ¿temes ahora serlo por amor a mí glorioso? -Mi gloria consistiría en seguirte, Señor. Soy pobre e ignorante. Todo lo que podría dar lo he dado con buena voluntad. Ahora lo que querría sería seguirte. Pero hágase como Tú quieres, ahora y siempre.

Jesús pone sobre la cabeza de Isaac la mano, y la mantiene haciendo una larga caricia mientras dice a todos los presentes:

-¿No tenéis preguntas que hacerme? Son las últimas lecciones. Hablad a vuestro Maestro… ¿Veis como los pequeñostienen confianza conmigo?

En efecto, también hoy Margziam apoya la cabeza en el cuerpo de Jesús, pegándose fuertemente a Él; e Isaac tampoco ha mostrado reticencia en exponer su deseo. -La verdad… Sí… Tenemos preguntas que hacerte… – dice Pedro. -Pues preguntad. -Sí… Ayer, al declinar del día, cuando nos dejaste, estuvimos hablando entre nosotros sobre lo que habías dicho. Ahora otras palabras se acumulan en nosotros por lo que acabas de decir.

Ayer, y también hoy, si lo pensamos bien, has hablado como si fueran a surgir herejías y divisiones, y pronto además. Esto nos hace pensar que tendremos que ser muy prudentes con los que quieran incorporarse a nosotros. Porque está claro que en ellos estará la semilla de la herejía y de la división. -¿Lo crees? ¿Y no está dividido ya Israel respecto a venir a mí? Tú quieres decir que el Israel que me ha querido nunca será hereje y nunca estará dividido. ¿No? Pero, ¿acaso ha estado unido alguna vez desde hace siglos?, ¿acaso estuvo unido, incluso, en los momentos de su antigua formación? ¿Y ha estado unido en seguirme? En verdad os digo que está en él la raíz de la herejí-Pero… -Pero es idólatra y vive en la herejía, desde hace siglos, bajo apariencia externa de fidelidad. Ya conocéis sus ídolos y sus
herejías Los gentiles serán mejores. Por eso, Yo no los he excluido, y os digo que hagáis lo que Yo he hecho. Esta será para vosotros una de las cosas más difíciles. Lo sé. Pero, traed a vuestra memoria a los profetas. Profetizan lavocación de los gentiles y la dureza de los judíos (Isaías 45, 14-17; 49, 5-6; 55, 5; 60: Jeremías 16, 19-21; Miqueas 4, 1-2; Sofonías 3, 9-10; Zacarías 8, 20-23. Y profetizan le dureza de los judíos; por ejemplo, en: Éxodo 32, 7-10; 33, 5; 34, 8; Deuteronomio 9, 1- 14; 31, 24-27; 2 Crónicas 30, 7-8; 36, 14-16; Jeremías 3, 6-25; 4, 1-4; 7, 21-28; Ezequiel 2, 3-8; 3, 4-9; 6, 11-14; 7, 15-27; 8,- 11, 2- 12; 20; 22). ¿Qué razón tendríais para cerrar las puertas del Reino a los que me aman y se acercan a la Luz que su alma buscaba? ¿Los creéis más pecadores que vosotros porque hasta el momento no han conocido a Dios; porque han seguido su religión y la seguirán hasta que no se vean atraídos por la nuestra? No debéis hacerlo. Yo os digo que muchas veces son mejores que vosotros porque, teniendo una religión no santa, saben ser justos. No faltan los justos en ninguna nación ni religión. Dios observa las obras de los hombres, no sus palabras. Y si ve que un gentil, por justicia de corazón, hace naturalmente lo que la Ley del Sinaí manda, ¿por qué debería considerarlo abyecto? ¿No es aún más meritorio el que un hombre que no conoce el mandato de Dios de no hacer esto o aquello porque está mal se imponga por sí mismo un imperativo de no hacer lo que su razón le dice que no es bueno y lo siga fielmente?… ¿no es esto mayor respecto al mérito relativo de aquel que, conociendo a Dios, fin del hombre, y conociendo la Ley, que permite conseguir este fin, haga continuos compromisos y cálculos para adecuar el imperativo perfecto a la voluntad corrompida? ¿Qué os parece? ¿Creéis que Dios aprecia las escapatorias que Israel ha puesto a la obediencia para no tener que sacrificar mucho su concupiscencia? ¿Qué os parece? ¿Creéis que cuando salga de este mundo un gentil, justo ante Dios por haber seguido la recta ley que su conciencia se impuso, Dios lo va a juzgar como demonio? Os digo que Dios juzgará las acciones de los hombres, y el Cristo, Juez de todas las gentes, premiará a aquellos en quienes el deseo del alma tuvo voz de íntima ley para llegar al fin último del hombre, que es unirse de nuevo con su Creador, con el Dios desconocido para los paganos pero sentido como verdadero y santo más allá del escenario pintado de los falsos Olimpos. Es más, tened mucho cuidado de no ser vosotros escándalo para los gentiles. Ya demasiadas veces ha sido mancillado el nombre de Dios entre los gentiles por las obras de los hijos del pueblo de Dios. No intentéis creeros tesoreros absolutos de mis dones y méritos. Yo he muerto por judíos y gentiles. Mi Reino será de todas las gentes. No abuséis de la paciencia con que Dios os ha tratado hasta este momento diciéndoos a vosotros mismos: “A nosotros todo nos está permitido”. No. Os lo digo. Ya no existe éste o aquel pueblo. Existe mi Pueblo. Y en él tienen el mismo valor los vasos que se han gastado en el servicio del Templo y los que ahora se colocan en las mesas de Dios. Es más, muchos vasos gastados en el servicio del Templo, pero no de Dios, serán arrinconados y, en vez de ellos, sobre el altar, serán colocados los que ahora no conocen ni incienso ni aceite ni vino ni bálsamo, pero están deseosos de llenarse de esto y de ser usados para la gloria de Dios. No exijáis mucho a los gentiles. Basta con que tengan la fe y con que obedezcan a mi Palabra. Una nueva circuncisión toma el lugar de la antigua. De ahora en adelante, la circuncisión del hombre es la del corazón; la del espíritu, mejor aún que la del corazón; porque la sangre de los circuncisos, que significa purificación de aquella concupiscencia que excluyó a Adán de la filiación divina, ha quedado sustituida por mi Sangre purísima, la cual es válida en el circunciso y en el incircunciso en cuanto al
cuerpo, con tal de que tenga mi Bautismo y de que renuncie a Satanás, al mundo y a la carne por amor a Mí. No despreciéis a los. Dios no despreció a Abraham, a quien, por su justicia y antes de que la circuncisión mordiera su carne, eligió como jefe de su Pueblo. Si Dios estableció contacto con Abraham (Génesis 12, 1-3.7) para transmitirle sus preceptos cuando era Ley del Señor. Considerad cuántos pecados han cometido y a qué pecado han llegado los circuncisos. No seáis, pues, intransigentes con los gentiles. -¿Pero tenemos que decirles a ellos lo que Tú nos has enseñado? No comprenderán nada, porque no conocen la Ley. -Vosotros lo decís. Pero, ¿acaso ha comprendido Israel, que conocía la Ley y los Profetas? -Es verdad. -De todas formas, estad atentos. Diréis lo que el Espíritu os sugiera que digáis, con toda exactitud, sin miedos, sin querer obrar por propia iniciativa. Y cuando de entre los fieles, surjan falsos profetas, los cuales manifestarán sus ideas como si fueran ideas inspiradas, y serán los herejes, pues combatid con medios más estables que la palabra sus doctrinas heréticas. Pero no os preocupéis. El Espíritu Santo os guiará. Yo nunca digo nada que no se cumpla.

¿Y qué vamos a hacer con los herejes?Combatid con todas las fuerzas la herejía en sí misma, pero tratad, con todos los medios, de convertir para el Señor a los herejes. No os canséis de buscar las ovejas descarriadas para conducirlas de nuevo al Redil. Orad, sufrid, incitad a orar y a sufrir, id pidiendo sacrificios y sufrimientos a los puros, a los buenos, a los generosos, porque con estas cosas se convierten los hermanos. La Pasión de Cristo continúa en los cristianos. No os he excluido de esta gran obra que es la Redención del mundo. Sois todos miembros de un único cuerpo. Ayudaos entre vosotros, y quien esté sano y sea fuerte que trabaje para los más débiles, y quien esté unido que extienda las manos y llame a los hermanos que están lejos. -¿Pero los habrá, después de haber sido hermanos bajo un mismo techo?

-Los habrá.-Y porqué? -Por muchas razones. Llevarán todavía mi Nombre. Es más, se gloriarán de él. Trabajarán por extender el conocimientode mi Nombre. Contribuirán a que Yo sea conocido hasta en  los últimos confines de la Tierra. No se lo impidáis, porque os recuerdo que el que no está contra mí está de mi parte. Pero… ¡pobres hijos! Su trabajo será siempre parcial; sus méritos, siempre imperfectos. No podrán estar en mí si están separados de la Vid. Sus obras serán siempre incompletas. Vosotros –digo “vosotros” y hablo a los que os sucederán- id a donde estén ellos; no digáis farisaicamente: “No voy para no contaminarme”, o perezosamente: “No voy porque ya hay quien predica al Señor”, o temerosamente: “No voy para no ser repelido por ellos”. Id. Id, os digo. A todas las gentes. Hasta los confines del mundo. Para que sea conocida toda mi Doctrina y mi única Iglesia, y las almas tengan la manera de entrar a formar parte de ella.

-¿Y diremos o escribiremos todas tus acciones?Os he dicho que el Espíritu Santo os aconsejará sobre lo que conviene decir o callar según los tiempos. Ya veis que todo lo que he realizado es creído o negado, y que algunas veces, blandido por manos que me odian, se toma como arma contra mí. Me han llamada Belcebú cuando, como Maestro y en presencia de todos, obraba milagros. ¿Qué dirán ahora, cuando sepan que tan sobrenaturalmente he obrado? Seré blasfemado más aún. Y vosotros seríais perseguidos antes de su momento. Por tanto, callad hasta que llegue la hora de hablar.

-¿Pero y si esa hora llegara cuando ya nosotros, testigos, hubiéramos muerto? -En mi Iglesia habrá siempre sacerdotes, doctores, profetas, exorcistas, confesores, obradores de milagros, inspirados: todo lo que ella requiere para que las gentes reciban de ella lo necesario. El Cielo, la Iglesia triunfante, no dejará sola a la Iglesia docente, y ésta socorrerá a la Iglesia militante. No son tres cuerpos. Son un solo Cuerpo. No hay división entre ellas, sino comunión de amor y de fin: amar la Caridad; gozar de la Caridad en el Cielo, su Reino. Por eso, también la Iglesia militante deberá, con amor, aportar sufragios a la parte suya que, destinada ya a la triunfante, todavía se encuentra excluida de ésta por razón de la satisfactoria reparación de las faltas absueltas pero no expiadas enteramente ante la perfecta divina Justicia. En el Cuerpo místico todo debe hacerse en el amor y por amor, porque el amor es la sangre que por él circula.

Socorred a los hermanos que purgan.

De la misma manera que he dicho que las obras de misericordia corporales os conquistan un premio en el Cielo, también he dicho que os lo conquistan las espirituales. Y en verdad os digo que el sufragio para los difuntos, para que entren en la paz, es una gran obra de misericordia, por la cual Dios os bendecirá y os estarán agradecidos los beneficiarios del sufragio. Os digo que cuando, en el día de la resurrección de la carne, estéis todos congregados ante Cristo Juez, entre aquellos a quienes bendeciré estarán los que tuvieron amor por los hermanos purgantes ofreciendo y orando por su paz. Ninguna buena acción quedará sin fruto, y muchos resplandecerán vivamente en el Cielo sin haber predicado ni administrado ni realizado viajes apostólicos, sin haber abrazado especiales estados, sino solamente por haber orado y sufrido por dar paz a los purgantes, por llevar a la conversión a los mortales. También estas personas, sacerdotes a quienes el mundo desconoce, apóstoles desconocidos, víctimas que sólo Dios ve, recibirán el premio de los jornaleros del Señor, pues habrán hecho de su vida un perpetuo sacrificio de amor por los hermanos y por la gloria de Dios. En verdad os digo que a la vida eterna se llega por muchos caminos, y uno de ellos es éste, y muy apreciado por mi Corazón.

¿Tenéis alguna otra cosa que preguntar? Hablad………………………..

Conversaciones y discursos de Jesús con sus discípulos y apóstoles
EL EVANGELIO A MÍ REVELADO
María Valtorta

11 DE FEBRERO

FIESTA

DE

Nª.Sª. DE LOURDES

 

Gracias Santísima Virgen de Lourdes, Inmaculada Concepción, por el regalo de tu aparición y el regalo hecho a través de Bernardita Soubirous

Regalo de agua bendita, manantial de curación física y curación espiritual

 

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea,
en tan graciosa belleza.
A Ti celestial princesa,
Virgen Sagrada María,
te ofrezco en este día,
alma vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.

Amén.

 

ROSARIO DESDE LOURDES

YO

SOY

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

 

 

 

 

Fiesta de Nª.Sª. DE LOURDES

SANTA ECLESIASTICA

Santa Eclesiastica

Santa Escolástica
Religiosa (año 543)

Era hermana gemela de San Benito, el santo que fundó la primera comunidad religiosa de occidente. Nació el año 480, en Nursia, Italia.

Desde muy joven se dedicó también ella a la vida religiosa y fue superiora de un convento de monjas. Su hermano dirigía un gran convento para hombres en el Monte Casino, y Escolástica fundó un convento para mujeres a los pies de ese mismo monte.

Aunque eran hermanos y se amaban mucho, sin embargo San Benito no iba a visitar a Escolástica sino una vez cada año, pues él era muy mortificado en hacer visitas. El día de la visita lo pasaban los dos hablando de temas espirituales.

Pocos días antes de la muerte de la santa fue su hermano a visitarla y después de haber pasado el día entero en charlas religiosas, el santo se despidió y se dispuso a volver al monasterio. Era el primer jueves de Cuaresma del año 547.

Escolástica le pidió a San Benito que se quedara aquella noche charlando con ella acerca del cielo y de Dios. Pero el santo le respondió: ¿Cómo se te ocurre hermana semejante petición? ¿No sabes que nuestros reglamentos nos prohiben pasar la noche fuera del convento? Entonces ella juntó sus manos y se quedó con la cabeza inclinada, orando a Dios. Y en seguida se desató una tormenta tan espantosa y un aguacero tan violento, que San Benito y los dos monjes que lo acompañaban no pudieron ni siquiera intentar volver aquella noche a su convento. Y la santa le dijo emocionada: “¿Ves hermano? Te rogué a ti y no quisiste hacerme caso. Le rogué a Dios, y El sí atendió mi petición”.

Y pasaron toda aquella noche rezando y hablando de Dios y de la Vida Eterna.

Benito volvió a su convento de Monte Casino y a los tres días, al asomarse a la ventana de su celda vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo. Entonces por inspiración divina supo que era el alma de su hermana que viajaba hacia la eternidad feliz. Envió a unos de sus monjes a que trajeran su cadáver, y lo hizo enterrar en la tumba que se había preparado para él mismo. Pocos días después murió también el santo. Así estos dos hermanos que vivieron toda la vida tan unidos espiritualmente, quedaron juntos en la tumba, mientras sus almas cantan eternamente las alabanzas a Dios en el cielo.

El trabajo ofrecido por Dios es una gran oración (San Benito).

FUENTE CORAZONES

¡COMO PRÍNCIPE DE LOS EJÉRCITOS CELESTIALES OS HAGO UNA LLAMADA, MILICIA TERRENAL, PARA QUE ESTÉIS LISTOS Y PREPARADOS, PORQUE LA HORA DEL COMBATE ESPIRITUAL EN VUESTRO MUNDO ESTA POR COMENZAR!

ENERO 15 2017 – 1: 20 P.M

 

San miguel

LLAMADA URGENTE DE SAN MIGUEL Y LA MILICIA CELESTIAL AL PUEBLO DE DIOS

Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad. Quien como Dios, Quien como Dios, Quien como Dios. Aleluya, Aleluya, Aleluya

Hermanos en el amor de Dios, que la paz del Altísimo esté con vosotros y mi humilde intercesión y protección os acompañe

Días de batalla espiritual están llegando y a la inmensa mayoría de la humanidad va a coger sin estar preparada. La maldad y el pecado tienen cegada esta humanidad, viven en un letargo espiritual y de no despertar, os aseguro que muchos van a morir eternamente. Estamos hermanos en combate espiritual con las huestes del mal en los lugares celestes; dentro de poco estos combates se trasladarán a la tierra, porque será en ella, donde se librará la batalla final por vuestra libertad.

Como Príncipe de los Ejércitos Celestiales os hago un llamado Milicia Terrenal, para que estéis listos y preparados, porque la hora del combate espiritual en vuestro mundo está por comenzar. Que vuestra Armadura Espiritual esté aceitada con la oración y reforzada con el ayuno y la penitencia. Que el sellamiento con la Sangre del Divino Cordero, esté siempre con vosotros; que no os falte la invocación al Santo Espíritu, ni la protección y asistencia de nuestra Amada , Reina y Señora..

¡Mortales, llegó la hora de vuestra liberación; no os relajéis con la oración! Formad fortines con vuestros hermanos y manteneos firmes en la fe; llevando siempre en vuestras manos el poder del Santo Rosario, con el cual vais a salir victoriosos en el combate espiritual de cada día. Las horas nocturnas serán las más activas en la lucha espiritual; mi Padre va a tomar el espíritu de muchos de sus instrumentos para que combatan con la Milicia Celestial y conmigo a las fuerzas del mal en las horas de las tinieblas.

Hermanos, no olvidéis colocaros la Armadura Espiritual a mañana y noche, haciéndola extensiva a vuestros familiares, para que los espíritus malignos no puedan apoderarse de sus cuerpos. Os digo, el que se aparte de la oración y de Dios, va a correr el riesgo de perderse, si no hay quien ore por él. Hemos sido enviados a proteger el Pueblo de Dios, pero es vuestra responsabilidad espiritual, orar, ayunar y hacer penitencia. Acordaos que respetamos vuestro libre albedrío; si no oráis y os apartáis de Dios, no podremos libraros de los ataques del enemigo de vuestra alma.

Nuevamente os digo: no os acostéis sin vuestra Armadura Espiritual puesta, porque los demonios van a estar buscando cuerpos para apoderarse de ellos y llevar el combate a vuestros hogares. Haced de vuestros hogares fortalezas espirituales; que todo este sellado con la Sangre del Cordero de Dios, para que ninguna fuerza del mal pueda robaros la paz. Llevad siempre en vuestro cuello el poder del Rosario e imágenes y medallas benditas,

NAVIDAD

Sermón

“Sobre la Navidad”

Santo Cura de Ars

 

Evangelizo vobis gaudium magnun:

natus est vobis hodie Salvator. Vengo a daros una feliz nueva: que os ha nacido hoy un Salvador.

(S. Luc. 2, 10)

 

¿A un moribundo sumamente apegado a la vida puede acaso dársele más dichosa nueva que  decirle  que  un  médico  hábil  va  a  sacarle de  las  puertas  de  la  muerte?  Pues infinitamente más dichosa, es la que el ángel anuncia a todos los hombres en la persona de los pastores. Sí, el demonio  había inferido, por el pecado, las más crueles y mortales heridas a nuestras pobres almas. Había plantado en ellas las tres pasiones más funestas, de  donde  dimanan  todas  las demás,  que  son  el  orgullo,   la  avaricia,  la  sensualidad. Habiendo quedado esclavos de estas vergonzosas pasiones, éramos todos nosotros como enfermos desahuciados, y no podíamos esperar más que la muerte eterna, si Jesucristo, nuestro  verdadero  médico,  no  hubiese venido  a socorrernos.  Pero no,  conmovido  por nuestra  desdicha,  dejó  el  seno  de  su  Padre  y  vino  al  mundo,   abrazándose  con  la humillación, la pobreza y los sufrimientos, a fin de destruir la obra del demonio  y aplicar eficaces remedios a las crueles heridas que nos había causado esta antigua serpiente. Sí, viene este tierno Salvador para curarnos de todos estos males, para merecernos la gracia de llevar una vida humilde,  pobre  y mortificada; y, a fin de mejor  conducirnos  a ella, quiere Él mismo darnos ejemplo.  Esto es lo que vemos de una manera admirable  en su nacimiento.

 

Vemos que  Él  nos prepara:  1º. con  sus humillaciones  y obediencia,  un  remedio  para nuestro orgullo;  2.° con su extremada pobreza, un remedio a nuestra afición a los bienes de este mundo,  y 3.°  con su estado de sufrimiento y de mortificación, un  remedio  a nuestro amor a los placeres de los sentidos. Por este medio, nos devuelve la vida espiritual que el pecado de Adán nos había  arrebatado; o, por  mejor  decir, viene a abrirnos  las puertas  del cielo que el pecado nos había  cerrado.  Conforme a esto, pensad vosotros mismos cuál debe ser el gozo y la gratitud de un cristiano a la vista de  tantos beneficios.

¿Se necesita más para movernos a amar a este tierno y dulce Jesús, que viene a cargar con todos nuestros pecados, y va a satisfacer a la justicia de su Padre por todos nosotros? ¡Oh, Dios mío! ¿puede un cristiano considerar todas estas cosas sin morir de amor y gratitud?.

 

I.-Digo, pues, que la primera llaga que el pecado causó en nuestra alma es el orgullo,  esa pasión tan peligrosa, que consiste en el fondo de amor y estima de nosotros mismos, el cual hace: 1.° que no queramos depender de nadie ni obedecer; 2.° que nada temamos tanto como vernos humillados a los ojos de los hombres; 3.° que busquemos todo lo que nos puede ensalzar en su estimación.

Pues bien, ved lo que Jesucristo viene a combatir en su nacimiento por  la humildad  más profunda. No solamente  quiere Él  depender  de su Padre celestial y obedecerle en todo, sino que quiere también obedecer a los hombres y en alguna  manera depender  de su voluntad. En efecto: el emperador  Augusto  ordena que se haga el censo de todos sus súbditos, y que cada uno de ellos se haga inscribir en el lugar donde nació. Y vemos que, apenas publicado este edicto, la Virgen Santísima y San José  se ponen  en camino,  y Jesucristo,  aunque  en el seno de su madre,  obedece con conocimiento y elección esta orden. Decidme; ¿podemos encontrar ejemplo de humildad más grande y más capaz de movernos a practicar esta virtud con amor y diligencia? ¡Qué!

¿un  Dios obedece  a sus criaturas  y quiere  depender  de  ellas, y nosotros,  miserables pecadores, que, en vista de nuestras miserias espirituales, debiéramos escondernos en el polvo,   ¿podemos   aun   buscar   mil   pretextos   para   dispensarnos   de   obedecer   los mandamientos de Dios y de su Iglesia a nuestros superiores, que ocupan en esto el lugar del mismo Dios? ¡Que bochorno  para nosotros, si comparamos nuestra conducta con la de Jesucristo! Otra lección de humildad  que nos da Jesucristo es la de haber querido sufrir la repulsa del mundo.  Después de un viaje de cuarenta leguas, María y José llegaron  a Belén. Con qué honor  no  debía  ser recibido  Aquel  a quien  esperaban hacía  miles de años!  Más  como  venía  para  curarnos  de  nuestro  orgullo  y enseñarnos  la  humildad, permite que todo el mundo lo rechace y nadie le quiera hospedar. Ved, pues, al Señor del universo, al Rey de cielos y tierra  despreciado, rechazado de los hombres, por los cuales viene a dar la vida a fin de salvarnos. Preciso es, pues, que el Salvador se vea reducido a que  unos  pobres  animales  le  presten  su  morada.  ¡Dios  mío!  ¡qué  humildad   y  qué anonadamiento para un Dios! Sin duda, nada nos es tan sensible como las afrentas, los desprecios y las repulsas; pero  si nos paramos a considerar los que padeció  Jesucristo,

¿podremos  nunca  quejarnos,  por  grandes  que  sean  los  nuestros?  ¡Qué  dicha  para nosotros, tener ante los ojos tan hermoso modelo,  al cual podemos seguir sin temor de equivocarnos!.

Digo  que  Jesucristo,  muy  lejos de buscar lo que  podía  ensalzarle en la estima  de los hombres, quiere, por el contrario, nacer en la oscuridad y en el olvido;  quiere que unos pobres pastores sean secretamente avisados de su nacimiento por un ángel, a fin de que las primeras adoraciones que reciba vengan de los más humildes entre los hombres. Deja en su reposo y en su abundancia a los grandes y a los dichosos del siglo, para enviar sus embajadores  a los pobres,  a fin de que  sean consolados en su estado,  viendo  en un pesebre,  tendido sobre  un  manojo  de  paja;  a  su Dios y Salvador.  Los ricos  no  son llamados  sino  mucho  tiempo después, para  darnos  a entender  que  de  ordinario  las riquezas y comodidades suelen alejarnos de Dios. Después de tal ejemplo, ¿podremos ser ambiciosos y conservar el corazón henchido  de orgullo  y lleno de vanidad? ¿Podremos todavía buscar la estimación y el aplauso de los hombres, si volvemos los ojos al pesebre?

¿No nos parecerá oír al tierno y amable Jesús que nos dice a todos: «Aprended de mí, que soy manso y humilde  de corazón»? (Mat., 10. 10). Gustemos, pues, de vivir en el olvido  y desprecio  del mundo;  nada temamos  tanto, nos dice San Agustín,  como  los honores  y las riquezas de este mundo,  porque,  si fuera permitido amarlas, las hubiera amado también Aquél que se hizo hombre por amor nuestro. Si Él huyó y despreció todo esto,  nosotros  debemos  hacer otro tanto, amar  lo  que  Él  amó  y despreciar lo  que  Él despreció: tal es la lección que Jesucristo  nos da al venir al mundo,  y tal es, al propio tiempo, el remedio  que aplica a nuestra primera  llaga, que es el orgullo.  Pero hay, en nosotros una segunda llaga no menos peligrosa: la avaricia.

II.-Digo, que la segunda llaga que el pecado ha abierto en el corazón del hombre,  es la avaricia, es decir, el amor desordenado de las riquezas y bienes terrenales.

¡Qué estragos causa esta pasión en el mundo! Razón tiene San Pablo en decirnos que ella es la fuente de  todos  los males. ¿No es, en  efecto, de  este maldito interés  de  donde  vienen  las injusticias, las envidias, los odios, los perjurios, los pleitos, las riñas, las animosidades y la dureza con los pobres? Según esto, ¿podemos extrañarnos de que Jesucristo, que viene a la tierra para curar las pasiones de los hombres, quiera nacer en la más grande pobreza y en la privación  de todas las comodidades,  aun de aquellas que parecen necesarias a la vida humana?  Y por esto vemos que comienza por escoger una Madre  pobre  y quiere pasar por hijo de un pobre artesano; y, como los profetas habían anunciado que nacería de la familia real de David, a fin de conciliar este noble origen con su grande amor a la pobreza, permite que, en el tiempo de su nacimiento, esta ilustre familia haya caído en la indigencia. Va todavía más lejos. María y José, aunque hartó pobres, tenían, con todo, una pequeña casa en Nazaret; esto era todavía demasiado para Él : no quiere nacer en un lugar que le pertenezca; y por esto obliga a su santa Madre, a que haga con José un viaje a Belén en el tiempo preciso en que ha de ponerle  en el mundo.  ¿Pero a lo menos en Belén, patria de su padre David, no hallará parientes que le reciban en su casa? Nada de esto, nos dice el Evangelio; no  hay quien  le quiera  recibir;  todo el mundo  le rechaza. Decidme, ¿a dónde irá este tierno Salvador, si nadie le quiere recibir para resguardarle de las inclemencias  de  la  estación?  No  obstante, queda  todavía  un  recurso:  irse a una posada. José  y María  se presentan,  en efecto. Pero Jesús,  que todo lo tenia previsto, permitió que el concurso fuese tan grande que no quedase ya sitio para ellos. ¿A dónde irá, pues, nuestro amable Salvador? San José y la Santísima Virgen, buscando por todos los lados,  divisan  una  vieja  casucha donde  se recogen  las bestias  cuando  hace  mal tiempo. ¡Oh, cielos! ¡asombraos! ¡un Dios en un establo! Podía escoger el más espléndido palacio;  mas, como  ama tanto la pobreza,  no  lo hará. Un establo  será su palacio,  un pesebre su cuna, un poco de paja su lecho, míseros pañales serán todo su ornamento, y pobres pastores formarán su corte.

 

Decidme, ¿podía enseñarnos de una manera más eficaz el desprecio que debemos tener a los bienes y riquezas de este mundo,  y, al propio  tiempo, la estima en que hemos de tener la pobreza  y a los pobres? Venid, miserables, dice San Bernardo,  venid vosotros, todos los que tenéis el corazón apegado a los bienes de este mundo,  escuchad lo que os dicen  este  establo,  esta  cuna  y  estos  pañales  que  envuelven  a  vuestro  Salvador!

¡Desdichados de vosotros los que amáis los bienes de este mundo! ¡Cuán difícil es que los ricos se salven! ¿Por qué? -me preguntaréis- ¿Por qué? Os lo diré:

 

1.° Porque ordinariamente la persona rica está llena de orgullo;  es menester que todo el mundo  le haga  acatamiento; es menester  que  las voluntades  de todos  los demás se sometan a la suya

2.° Porque las riquezas apegan nuestro corazón a la vida presente: así vemos todos los días que los ricos temen en gran manera la muerte.

3.° Porque las riquezas son la ruina del amor de Dios y extinguen todo sentimiento de compasión con los pobres, o, por mejor decir, las riquezas son un instrumento que pone en juego  todas  las demás pasiones. Si  tuviésemos  abiertos  los ojos del alma,  ¡cuanto temeríamos  que nuestro  corazón se apegase a las cosas de este mundo!  Si  los pobres llegaran a entender bien cuánto los acerca a Dios su estado y de qué modo  les abre el cielo,  ¡cómo  bendecirían  al Señor  por  haberlos  puesto  en una  posición  que  tanto les aproxima a su Salvador !Si ahora me preguntáis: ¿cuáles son esos pobres a quienes tanto ama Jesucristo? Son, los que sufren su pobreza con espíritu de penitencia, sin murmurar  y sin quejarse. Sin esto, su pobreza no les serviría sino para hacerlos aun más culpables que los ricos. Entonces, -me diréis- ¿qué han de hacer los ricos para imitar a un Dios tan pobre y despreciado? Os lo diré: no han de apegar su corazón a los bienes que poseen; han de emplear esos bienes en buenas obras en cuanto puedan;  han de dar gracias a Dios por haberles concedido un medio tan fácil de rescatar sus pecados con sus limosnas; no han de despreciar nunca a los que son pobres, antes al contrario, han de respetarlos viendo en ellos una gran semejanza con Jesucristo. Así es cómo, con su gran pobreza, nos enseña Jesucristo  a combatir nuestro  apego  a los bienes de este mundo;  por  ella nos cura la segunda llaga que nos ha causado el pecado. Pero nuestro tierno Salvador quiere todavía curarnos una tercera llaga producida en nosotros por el pecado, que es la sensualidad.

 

III.-Esta pasión consiste en el apetito desordenado  de los placeres que se gozan por los sentidos. Esta funesta pasión nace del exceso en el comer y beber, del excesivo amor al descanso, a las regalos y comodidades  de la vida, a los espectáculos,  a las reuniones profanas; en una palabra, a todos los placeres que dan gusto a los sentidos.

¿ Qué hace Jesucristo para curarnos de esta peligrosa enfermedad? Vedlo: nace en los sufrimientos, las lágrimas y la mortificación; nace durante la noche, en la estación más rigurosa del año. Apenas nacido, se le tiende sobre unos manojos de paja, en un establo. ¡Oh, Dios mío!

¡qué estado para un Dios! Cuando el Eterno Padre crió a Adán, le puso en un jardín de delicias; nace ahora su Hijo, y le pone sobre un puñado  de paja. ¡Oh, Dios mío! Aquel que hermosea el cielo y la tierra, Aquel que constituye toda la felicidad de los ángeles y de los santos,  quiere nacer y vivir y morir  entre sufrimientos.  ¿Puede acaso mostrarnos  de una manera más elocuente el desprecio que debemos tener a nuestro  cuerpo,  y cómo debemos  tratarlo  duramente  por  temor  de  perder  el  alma?  ¡Oh,  Dios  mío!  ¡qué contradicción!  Un  Dios  sufre  por  nosotros,  un  Dios  derrama  lágrimas  por  nuestros pecados, y nosotros nada quisiéramos sufrir, quisiéramos toda suerte de comodidades…

Pero también, ¡qué terribles  amenazas no nos hacen las lágrimas y los sufrimientos  de este divino Niño! «¡Ay de vosotros -nos dice Él- que pasáis vuestra vida riendo,  porque día vendrá en que derramaréis lágrimas sin fin!» «El reino de los cielos -nos dice- sufre violencia, y sólo lo arrebatarán los que se la hacen continuamente.» Sí, si nos acercamos confiadamente a la cuna de Jesucristo, si mezclamos nuestras lágrimas con las de nuestro tierno  Salvador,   en  la  hora  de  la  muerte  escucharemos  aquellas  dulces  palabras:

«¡Dichosos los que lloraron, porque serán consolados!»

Tal  es,  pues,  la  tercera  llaga  que  Jesucristo  vino  a  curar  haciéndose  hombre   :  la sensualidad,  es decir,  ese maldito  pecado  de  la  impureza.¡Con  qué  ardor  hemos  de querer, amar y buscar todo lo que puede procurarnos o conservar en nosotros una virtud que  nos  hace  tan agradables  a  Dios!  Sí,  antes  del  nacimiento  de  Jesucristo,  había demasiada distancia  entre Dios y nosotros  para que  pudiésemos atrevernos  a rogarle. Pero  el  Hijo  de  Dios,  haciéndose  hombre,   quiere  aproximarnos   sobremanera  a  Él  y forzarnos a amarle hasta la ternura. ¿Cómo, viendo a un Dios en estado de tierno infante, podríamos  negarnos a amarle con todo nuestro  corazón? Él  quiere ser, por  sí mismo, nuestro Mediador,  se encarga de pedirlo todo al Padre por nosotros; nos llama hermanos e  hijos  suyos;  ¿podía  tornar  otros  nombres  que  nos  inspirasen  mayor  confianza? Vayamos, pues,  a Él  plenamente confiados  cada vez que  hayamos pecado;  Él  pedirá nuestro perdón, y nos obtendrá la dicha de perseverar.

 

Mas, para merecer esta grande y preciosa gracia, es preciso que sigamos las huellas de nuestro modelo;  que amemos, a ejemplo suyo, la pobreza, el desprecio y la pureza; que nuestra  vida responda  a nuestra  alta  cualidad  de hijos y hermanos  de un  Dios hecho hombre.   No,   no   podemos   considerar   la   conducta  de   los  judíos   sin  quedarnos sobrecogidos de asombro. Este pueblo estaba esperando al Salvador hacía ya cientos de años, había  estado rogando  siempre; movido  por el deseo que tenía  de recibirle;  y, al presentarse,  nadie  se encuentra  que  le  ofrezca  un  pequeño   albergue;  siendo  Dios omnipotente vese precisado  a  que  le  presten  su morada  unos  pobres  animales.  No obstante, en la conducta de los judíos,  criminal  como  es, hallo  yo, no  un  motivo  de excusa para aquel pueblo,  sino un motivo de condenación  para la mayor parte de los cristianos. Sabemos que los judíos se habían formado de su libertador una idea que no se avenía  con  el  estado  de  humillación   en  que  Él  se presentaba;  parecían  no  poder persuadirle de que Él fuese el que había de ser su libertador; pues, como nos dice muy bien  San  Pablo: «Si  los judíos  le hubiesen  reconocido  Dios, jamás le hubieran  dado muerte.» (Cor. 2, 8). Pequeña excusa es ésta para los judíos. Mas nosotros, ¿ qué excusa podemos  tener para nuestra  frialdad y nuestro  desprecio de Jesucristo  ? Sí,  sin duda, nosotros creemos verdaderamente que Jesucristo apareció en la tierra, y que dio pruebas las más convincentes  de su divinidad:  he aquí  el objeto de nuestra  solemnidad.  Este mismo  Dios  quiere,  por  la  efusión  de  su  gracia,  nacer  espiritualmente  en  nuestros corazones:  he aquí  los motivos  de nuestra  confianza. Nosotros  nos gloriamos,  y con razón, de reconocer a Jesucristo por nuestro Dios, nuestro Salvador y nuestro modelo:  he aquí  el fundamento de nuestra  fe. Pero, con  todo esto,  decidme,  ¿qué homenaje  le rendimos? ¿Acaso hacemos por ÉL algo más que si todo esto no creyéramos? Decidme,

¿responde a nuestra  creencia nuestra  conducta? Mirémoslo  un  poco  más de cerca, y veremos   que   somos   todavía   más   culpables   que   los   judíos   en   su   ceguera   y endurecimiento.

 

  1. Por de pronto, no hablamos de aquellos que, habiendo perdido la fe, no la profesan ya exteriormente; hablamos de aquellos que creen todo lo que la Iglesia nos enseña, y, sin embargo, nada o casi nada hacen de lo que la religión nos manda. Hagamos acerca de esto  algunas  reflexiones  apropiadas  a los tiempos  en  que  vivimos.  Censuramos a los judíos  por  haber  rehusado  un  asilo a Jesucristo,  a quien  no  conocían.  Pero ¿hemos

reflexionado bien,  que  nosotros  le hacemos  igual  afrenta cada vez que  descuidamos recibirlo  en nuestros  corazones por  la santa  comunión?  Censuramos a los judíos  por haberle crucificado, a pesar de no haberles hecho más que bien; y decidme, ¿a nosotros qué  mal  nos ha hecho?  O, por  mejor  decir,  ¿qué bien  ha dejado  de hacernos? Y en recompensa ¿no le hacemos nosotros el mismo ultraje cada vez que tenemos la audacia de entregarnos  al pecado? Y nuestros pecados ¿no son mucho  más dolorosos para su corazón  que lo que los judíos  le hicieron  sufrir? No podemos  leer sin horror  todas  las persecuciones que sufrió de parte de los judíos, que con ello creían hacer una obra grata a  Dios. Pero ¿no hacemos nosotros  una  guerra  mil  veces más cruel a la santidad  del Evangelio con nuestras costumbres desarregladas? Todo nuestro cristianismo se reduce a una  fe  muerta;  y  parece  que  no  creemos  en  Jesucristo  sino  para  ultrajarle  más  y deshonrarle con una vida tan miserable a los ojos de Dios. Juzgad, según esto, qué deben pensar de nosotros los judíos, y con ellos todos los enemigos de nuestra santa religión. Cuando ellos examinan  las costumbres  de la mayor parte de los cristianos,  encuentran una gran multitud de éstos que viven poco más o menos como si nunca hubiesen sido cristianos.

 

Me limitaré a dos puntos esenciales, que son: el culto exterior de nuestra santa religión y los deberes de la caridad cristiana. No, nada debiera sernos más humillante y más amargo que los reproches que los enemigos de nuestra fe nos echan en cara a este propósito; porque   todo  ello  no  tiende  sino  a  demostrarnos   cómo  nuestra  conducta  está  en contradicción con nuestras creencias. Vosotros os gloriáis -nos dicen- de poseer en cuerpo y alma la persona de ese mismo Jesucristo, que en otro tiempo vivió en la tierra, y a quien adoráis como a vuestro Dios y Salvador; vosotros creéis que Él baja a vuestros altares, que mora  en vuestros sagrarios, que su carne, es verdadero  manjar  y su sangre verdadera bebida para vuestras almas; mas, si ésta es vuestra fe, entonces sois vosotros los impíos, ya que os presentáis en las iglesias con menos respeto, compostura y decencia de los que usaríais  para  visitar  en  su casa a una  persona  honesta.  Los paganos  ciertamente no habrían  permitido que  se cometiesen  en  sus templos  y en  presencia  de  sus ídolos, mientras se ofrecían los sacrificios, las inmodestias que cometéis vosotros en presencia de Jesucristo, en el momento mismo en que decís que desciende sobre vuestros altares. Si verdaderamente creéis lo que afirmáis creer, debierais estar sobrecogidos de un temblor santo.

 

Estas  censuras son muy merecidas. ¿Qué puede pensarse, en efecto, viendo la manera como  la mayor  parte de los cristianos  se portan en nuestras iglesias? Los unos están pensando en sus negocios temporales,los otros en sus placeres; éste duerme, a ese otro se le hace el tiempo interminable; el uno vuelve la cabeza, el otro bosteza, el otro se está rascando, o revolviendo las hojas de su devocionario,  o mirando  con impaciencia si falta todavía  mucho  para que terminen los santos  oficios. La presencia de Jesucristo  es un martirio, mientras que se pasarán cinco o seis horas en el teatro, en la taberna, en la caza, sin que este  tiempo se les haga largo;  y podéis observar que, durante los ratos que se conceden al mundo  y a sus placeres, no hay quien se acuerde de dormir;  ni de bostezar, ni de fastidiarse.  Pero ¿es posible  que la presencia de Jesucristo  sea tan ingrata a los cristianos, que debieran hacer consistir toda su dicha en venir a pasar unos momentos en

compañía  de  tan  buen  padre?  Decidme,  qué  debe  pensar  de  nosotros  el  mismo Jesucristo, que ha querido hallarse presente en nuestros sagrarios sólo por nuestro amor, al  ver que su santa  presencia, que debiera constituir toda nuestra felicidad o más bien nuestro paraíso en este mundo,  parece ser un suplicio y un martirio para nosotros? ¿No hay razón para creer que esta clase de cristianos no irá jamás al cielo, donde debería estar toda la eternidad en presencia de este  mismo  Salvador?  Vosotros  no  conocéis vuestra ventura cuando tenéis la dicha de presentaros delante de vuestro Padre, que os ama más que a sí mismo, y os llama al pie de sus altares, como en otro tiempo llamó a los pastores, para colmaros  de toda suerte  de beneficios.  Si  estuviésemos bien  penetrados  de esto,

¡con qué amor y con qué diligencia vendríamos aquí como los Reyes Magos, para hacerle ofrenda de todo lo que poseemos, es decir, de nuestros corazones y de nuestras almas!

¿No vendrían los padres y madres con mayor solicitud  a ofrecerle toda su familia, para que la bendijese y le diese las gracias de la santificación? ¡Y con qué gusto no acudirían los ricos a ofrecerle  una parte de sus bienes en la persona de los pobres!  ¡Dios mío!

¡cuántos bienes nos hace perder para la eternidad nuestra poca fe!

 

Pero  escuchad  todavía   a  los  enemigos   de  nuestra   santa   religión:   nada  digamos

-continúan ellos- de vuestros Sacramentos,  con respecto  a los cuales vuestra conducta dista tanto de vuestra creencia como el cielo dista de la tierra. Tenéis el bautismo, por el cual quedáis convertidos en otros tantos dioses, elevados a un grado  de honor  que no puede comprenderse,  porque  supone que sólo Dios os sobrepuja.  Mas ¿qué se puede pensar de vosotros, viendo cómo la mayor parte os entregáis a crímenes que os colocan por   debajo   de   las  bestias  desprovistas   de   razón?.   Tenéis  el   sacramento   de   la Confirmación, por el cual quedáis convertidos en otros tantos soldados de Jesucristo, que valerosamente sientan plaza bajo el estandarte de la cruz, que jamás deben ruborizarse de las humillaciones y oprobios de su Maestro, que en toda ocasión deben dar testimonio de la verdad del Evangelio. Y no obstante, ¿quién lo dijera?; se hallan entre vosotros yo no sé cuántos cristianos que por respeto humano  no son capaces de hacer públicamente sus actos de piedad; que quizás no se atreverían a tener un crucifijo  en su cuarto o una pila de agua bendita a la cabecera de su cama; que se avergonzarían de hacer la señal de la cruz antes y después de la comida, o se esconden para hacerla. ¿Veis, por consiguiente, cuán lejos estáis  de vivir conforme vuestra religión  os exige? Tocante  a la confesión y comunión,   nos  decís   vosotros,   es  verdad,   que   son  cosas  muy  hermosas  y  muy consoladoras; pero ¿de qué manera os aprovecháis de ellas?, ¿cómo las recibís  ? Para unos no son más que una costumbre, una rutina y un juego;  para otros, un suplicio: no van mas que, por decirlo así, arrastrados. Mirad  cómo es preciso que vuestros ministros os insten y estimulen  para que os lleguéis al tribunal de la penitencia, donde  se os da, según decís, el perdón  de vuestros pecados, o a la sagrada mesa, donde  creéis que se come el pan de los ángeles, que es vuestro Salvador. Si creyeseis lo que decís, ¿no sería más bien necesario enfrenaros, considerando  cuán grande  es vuestra dicha de recibir a vuestro Dios, que debe constituir vuestro consuelo en este mundo  y vuestra gloria en el otro? Todo esto que, según vuestra fe, constituye una fuente de gracia y de santificación, para la mayor parte de vosotros no es en realidad más que una ocasión de irreverencias, de desprecios, de profanaciones y de sacrilegios. O sois unos impíos, o vuestra religión es falsa;  pues,  si estuvieseis bien  convencidos  de  que  vuestra  religión  es santa,  no  os

conduciríais de esta manera en todo lo que ella os manda. Vosotros tenéis, además del domingo, otras fiestas, establecidas, decís, unas para honrar  lo que vosotros llamáis los misterios  de vuestra religión;  otras,  para celebrar la memoria  de vuestros apóstoles, las virtudes  de vuestros mártires,  que tanto se sacrificaron  por  establecer vuestra religión. Pero estas fiestas,  estos domingos,  ¿cómo los celebráis? ¿No son principalmente estos días los que escogéis para entregaros a toda suerte de desórdenes, excesos y libertinaje:

¿No cometéis  más maldades en estos días,  tan santos,  según decís,  que en todo otro tiempo? Respecto a los divinos oficios, que para vosotros son una reunión con los santos del cielo, donde comenzáis a gustar de su misma felicidad, ved el caso que hacéis de ellos; una  gran  parte, no  asiste casi nunca;  los demás, van  a ellos como  los criminales  al tormento; ¿qué podría  pensarse de vuestros misterios,  a juzgar  por  la manera  como celebráis  sus  fiestas?   Pero  dejemos   a  un  lado  este  culto  exterior,  que,  por   una extravagancia singular; por una inconsecuencia llena de irreligión,  confiesa y desmiente al mismo tiempo vuestra fe. ¿Dónde se halla entre vosotros esa caridad fraterna, que, según los  principios   de  vuestra  creencia,  se  funda  en  motivos   tan  sublimes  y  divinos?. Examinemos algo más de cerca este punto, y veremos si son o no bien fundados  esos reproches. ¡Qué religión  tan hermosa la vuestra -nos dicen los judíos y aun los mismos paganos- si practicaseis lo que ella ordena ! No solamente sois todos hermanos, sino que juntos -y esto es lo más hermoso-  no hacéis más que un mismo cuerpo con Jesucristo, cuya carne y sangre os sirven de alimento todos los días; sois todos miembros  unos de otros. Hay que convenir en que este artículo de vuestra fe es admirable,  y tiene algo de divino. Si obraseis según vuestra fe, seríais capaces de atraer a vuestra religión  todas las demás naciones; así es ella de hermosa y consoladora,  y así son de grandes los bienes que promete para la otra vida. Pero lo que hace creer a todas las naciones que vuestra religión no es como decís vosotros, es que vuestra conducta está en abierta oposición con lo que ella os manda. Si se preguntase a vuestros pastores y pudiesen ellos revelar lo que hay de más secreto,  nos mostrarían  vuestras querellas, vuestras enemistades, vuestras venganzas,  vuestras envidias,  vuestras maledicencias,  vuestras  chismorrerías,  vuestros pleitos y tantos otros vicios, qué causan horror  a todos los pueblos, aun a aquellos cuya religión  tanto dista,  según  vosotros,  de  la  santidad  de  la  vuestra.  La corrupción   de costumbres que reina entre vosotros impide a los que no son de vuestra religión abrazarla porque, si estuvieseis bien persuadidos de que ella es buena y divina, os portaríais muy de otra manera.

 

¡Qué  bochorno   para  nosotros   oír  de  los  enemigos  de  nuestra  religión   semejante lenguaje!. Pero ¿no tienen razón  sobrada para usarlo?. Examinando  nosotros  mismos nuestra conducta, vemos positivamente que nada hacemos de lo que aquélla nos manda. Parece, al contrario, que no pertenecemos a una religión tan santa sino para deshonrarla y  desviar a los que la quisieran  abrazar: una religión  que nos prohíbe  el pecado,  que nosotros cometemos con tanto gusto y al cual nos precipitamos  con tal furor que parece no vivimos sino para multiplicarlo; una religión  que cada día presenta ante nuestros ojos a Jesucristo como un buen padre que quiere colmarnos de beneficios, y nosotros huimos su  santa  presencia, o si nos presentamos  ante Él,  en el templo, no  es más que  para despreciarle y hacernos aún más culpables; una  religión  que  nos ofrece el perdón  de nuestros pecados por el ministerio  de sus sacerdotes, y, lejos de aprovecharnos de estos

recursos, o los profanamos o los rehuimos;  una religión  que nos descubre tantos bienes en la otra vida, y nos muestra medios tan seguros y fáciles de conseguirlos, y nosotros no parece que conozcamos todo esto sino para convertirlo en objeto de un cierto desprecio y chanza de mal gusto…  ¡En qué abismo de ceguera hemos caído!  Una religión  que no cesa nunca  de  advertirnos  que  debemos  trabajar  sin  descanso en  corregir  nuestros defectos,  y  nosotros,  lejos  de  hacerlo  así,  yendo  en  busca  de  todo  lo  que  puede enardecer nuestras pasiones; una religión  que nos advierte que no hemos de obrar sino por Dios, y siempre con la intención de agradarle,  y nosotros, no teniendo en nuestras obras más que miras humanas, queriendo siempre que el mundo sea testigo del bien que hacemos, que nos aplauda y felicite por ello. ¡Oh!, Dios mío! ¡ qué ceguera y qué pobreza la  nuestra!.  ¡Y pensar  que  podríamos  allegar  tantos  tesoros  para  el  cielo,  con  sólo portarnos según las reglas que nos da nuestra religión santa!

 

Pero escuchad todavía cómo los enemigos de nuestra santa y divina religión nos abruman con sus reproches: decís  vosotros  que vuestro Jesús;  a quien  consideráis como  vuestro Salvador, os asegura que mirará como hecho a sí propio todo cuanto hiciereis por vuestro hermano;  ésta es una de vuestras creencias, por cierto, muy hermosa. Pero, si esto es así como vosotros nos decís, ¿es que no lo creéis sino para insultar al mismo Jesucristo? es que no lo creéis sino para maltratarle y ultrajarle de la manera más cruel en la persona de vuestro prójimo?  Según vuestros principios,  las menores faltas contra la caridad han de ser consideradas como  otros  tantos  ultrajes  hechos a Jesucristo.  Pero entonces,  decid, cristianos,  ¿qué  nombre   daremos  a  esas maledicencias,  a  esas calumnias,  a  esas venganzas, a esos odios con que os devoráis los unos a los otros?. He aquí que vosotros sois mil veces más culpables con la persona de Jesucristo, que los mismos judíos a quienes echáis en  cara  su  muerte.  No;  las acciones  de  los  pueblos  más  bárbaros  contra  la humanidad  nada son comparadas con lo que todos los días hacemos nosotros contra los principios dé la caridad cristiana. Aquí tenéis una parte de los reproches que nos echan en rostro los enemigos de nuestra santa religión.

 

No me siento  con fuerzas  para proseguir  tan triste es esto y deshonroso  para nuestra santa religión,  tan hermosa, tan consoladora, tan capaz de hacernos felices, aun en este mundo,  mientras nos prepara una dicha infinita para la eternidad. Y si esos reproches son ya tan humillantes para un cristiano cuando no salen más que de boca de los hombres, dejo a vuestra consideración qué será cuando tengamos la desventura de oírlos de boca del mismo  Jesucristo,  al comparecer  delante de Él, para darle cuenta de las obras que nuestra fe debiera haber producido  en nosotros. Miserable cristiano -nos dirá Jesucristo (Mat.11. 24)- ¿dónde están los frutos de la fe con que yo había enriquecido  tu alma?.

¿De aquella  fe en la cual viviste y cuyo Símbolo  rezabas todos  los días?.  Me  habías tomado por  tu Salvador  y tu modelo.  He aquí  mis lágrimas y mis penitencias;  ¿dónde están las tuyas?. ¿Qué fruto sacaste de mi sangre adorable, que hacía manar sobre ti por mis  Sacramentos?  ¿De  qué  te  ha  servido  esta  cruz,  ante  la  cual  tantas  veces te prosternaste?.  ¿Qué  semejanza  hay  entré  tú  y  Yo?.  ¿Qué  hay  de  común  entre  tus penitencias y las mías?, ¿entre tu vida y mi vida?. ¡Ah, miserable! Dame cuenta de todo el bien que esta fe hubiera producido  en ti, si hubieses tenida la dicha de hacerla fructificar. Ven, depositario infiel e indolente, dame cuenta de esta fe preciosa e inestimable,  que

podía y debía haberte producido  riquezas eternas, si no la hubieses indignamente ligado con una vida toda carnal y pagana. ¡Mira, desgraciado, qué semejanza hay entre tú y Yo! Considera mi Evangelio, considera tu fe. Considera mi humildad  y mi anonadamiento, y considera tu orgullo,  tu ambición y tu vanidad. Mira tu avaricia, y mi desasimiento de las cosas de este mundo.  Compara  tu dureza con los pobres  y el desprecio que  de ellos tuviste, con mi caridad y mi amor; tus destemplanzas, con mis ayunos y mortificaciones; tu frialdad y todas tus irreverencias en el templo, tus profanaciones, tus sacrilegios y los escándalos que diste a mis hijos, todas las almas que perdiste, con los dolores y tormentos que por salvarlas yo pasé. Si tu fuiste la causa de que mis enemigos blasfemasen de mi santo Nombre, yo sabré castigarlos a ellos como merecen; pero a ti quiero hacerte probar todo el rigor  de mi  justicia.  Sí  -nos dice Jesucristo-(S.  Mat. 11,24),  los moradores  de Sodoma y de Gomorra  serán tratados con menos severidad que este pueblo desdichado, a quien tantas gracias concedí, y para quien mis luces, mis favores y todos mis beneficios fueron inútiles, pagándome con la más negra ingratitud.

 

Sí,  los  malvados  maldecirán  eternamente  el  día  en  que  recibieron  el  bautismo,  los pastores  que los instruyeron,  los Sacramentos  que les fueron administrados.  ¡Ay!  ¿Que digo?  este  confesonario, este comulgatorio, estas sagradas fuentes, este púlpito, este altar, esta cruz, este Evangelio, o para que lo entendáis mejor, todo lo que ha sido objeto de su fe, será objeto de sus imprecaciones, de sus maldiciones, de sus blasfemias y de su desesperación eterna. ¡Oh, Dios mio! ¡qué vergüenza y qué desgracia para un cristiano, no haber sido cristiano sino para mejor  condenarse y para mejor  hacer sufrir a un Dios que no quería sino su eterna felicidad, a un Dios que nada perdonó para ello, que dejo el seno de su Padre, y vino a la tierra a vestirse de nuestra carne, y pasó toda su vida en el sufrimiento y las lágrimas , y murió en la cruz para salvarle! Dios no ha cesado, se dirá el mísero,  de perseguirme  con tantos  buenos pensamientos,  con tantas  instrucciones  de parte de  mis  pastores,  con  tantos  remordimientos  de  mi  conciencia.  Después de  mi pecado, se me ha dado a sí mismo para servirme de modelo; ¿qué más podía hacer para procurarme  el cielo? Nada, no, nada más; si hubiese yo querido,  todo esto me hubiera servido para ganar  el cielo,  que  no  es ya para mi.  Volvamos de nuestros  extravíos,  y tratemos de obrar mejor que hasta el presente.

 

 

 

 

 

San Juan  María Vianney (Cura de Ars).

FELIZ NOCHE BUENA

 

A Belén Pastores, a Belén chiquitos, que ha nacido el Rey de los Ángelitos.
Que gozo aquellos pastorcitos que fueron testigos del nacimiento del niño Jesús en el portal de Belén
la impronta de sus primeras muecas infantiles y sonrisas, permanecerían como un gran tesoro en sus corazones.
Benditos pastores.

pastorcillos

Evangelio según San Lucas 2,1-14.
En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;
y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.
De pronto, se les apareció el Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor,
pero el Angel les dijo: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo:
Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.
Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.
Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!”.

En una noche como la de hoy, en un pueblecito llamado Belén, la Virgen María y San José Se acomodaron en un portal junto a un buey, para pasar la noche y refugiarse, pues no habían encontrado posada y María estaba de parto.

Habían recorrido unos 115 Kilómetros, distancia que separa Nazaret, ciudad situada en el Distrito Norte de Israel, en las estribaciones meridionales de los montes de la Baja Galilea, a 10 km al norte del monte Tabor y a 23 km al oeste del mar de Galilea de Belén, ciudad de la actual palestina en la región conocida como Cisjordania, situada a unos 9 km al sur de Jerusalén y enclavada en los montes de Judea.

Debió de ser un viaje incomodo, a pie y en mula o borrico Con María santísima embarazada y Próximo el parto.

Pero María nuestra Madre sabía que su Rey estaba cerca de ella como lo supo su prima Isabel desde el principio de la gestación de María. Se sabía con su Hijo su Señor, dando testimonio de su Fe, de su Humildad, su Entrega y Abnegación, he aquí la esclava del Señor, no puso trabas a los inconvenientes y los acato con amor.

gracias Santa Virgen María por Ser Nuestra Madre, Nuestro Consuelo , la Portadora de la Luz de Nuestra Redención. gracias por ser Corredentora Nuestra y gracias San José Santo Protector y Señor Nuestro, por tu Abnegación Amor y tu Protección.


Inmaculada Concepción

7 de Diciembre de 1585 en Empel, Países Bajos. Un Tercio viejo español rodeado de ingleses y holandeses. La rendición parecía la única salida. El almirante Holak propone a los españoles la rendición con honores conservando armas y estandarte. El maestre del tercio español responde: “los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra, ya hablaremos de capitulación después de Muertos”. Ante tal respuesta el almirante Holak abrió los diques de los ríos para inundar el campamento enemigo. Sólo quedó el pequeño monte de Empel donde se refugiaron los soldados del Tercio. Un soldado del Tercio cavando una trinchera encuentra una tabla flamenca con la imagen de la Inmaculada Concepción. Considerando el hecho como una señal divina los soldados se encomiendan a la Virgen. Aquella noche un viento helado hace que las aguas del río se hielen (insólito). Entonces los soldados españoles marchando sobre hielo atacaron a la escuadra enemiga al amanecer del 8 de diciembre y obtuvieron una victoria tan completa que el almirante Hollak llegó a decir: “tal parece que Dios es español al obrar contra mí tan gran milagro”. Desde entonces la Inmaculada Concepción fue patrona de los tercios españoles y más tarde de la Infantería española. POR ESO ES FIESTA EN ESPAÑA QUE LO SEPAN LOS ESPA
ÑOLES!🇪🇸🇪🇸

LA HORA DE GRACIA
María Rosa Mística –

“ El día 8 de diciembre de 1947, en la Iglesia de Montichiari, ante una gran multitud, la Virgen apareció sonriente y, dijo: “¡Yo soy la Inmaculada Concepción! “Yo soy María de la Gracia, esto es, la llena de gracia, Madre de mi divino Hijo Jesucristo”.

“Por mi venida a Montichiari deseo ser invocada y venerada como “Rosa Mistica.

“Deseo que cada año, el 8 de Diciembre al mediodía, se celebre la hora de gracia para todo el mundo; mediante esta devoción se alcanzarán numerosas gracias para el alma y para el cuerpo. Nuestro Señor, mi divino Hijo Jesús, enviará su desbordante misericordia si los buenos oran por sus hermanos pecadores”

La Hora de Gracia producirá grandes y numerosas conversiones. Los corazones fríos y endurecidos, serán tocados por la gracia divina, y se volverán a nuestro Señor en amor fiel”.

Nuestra Señora pidió penitencia. Dijo:

“Penitencia es aceptar todas nuestras cruces diarias voluntariamente.
No importa que sean pequeñas, acéptenlas con amor”.

Le dijo a Pierina (la vidente) que regresará el 8 de Diciembre al mediodía.

“Esta será mi Hora de Gracia”.

Pierina le preguntó cómo habría de prepararse para esta Hora de Gracia, a lo cual la Santísima Virgen le respondió:

“Con oración y penitencia. Reza el salmo 51 tres veces, con los brazos extendidos. Durante la Hora de Gracia, muchas gracias espirituales serán concedidas. Los pecadores con los corazones más endurecidos, Serán tocados por la gracia de Dios”.

La Santísima Virgen prometió que lo que fuera que una persona le pidiera durante la Hora de Gracia, (aún en casos imposibles) le sería concedido, si la petición estaba de acuerdo con la voluntad del Padre Eterno.

“El Santo Padre Pío XII debe ser pronto notificado que es mi deseo que la HORA DE GRACIA PARA EL MUNDO, sea conocida y extendida al mundo entero. Los que les sea difícil visitar una Iglesia, podrán orar en su casa al mediodía, y también recibirán gracias a través de Mí.” Y si alguien viniera a orar con lágrimas de arrepentimiento sobre estas losas, encontrará una escala segura para ir al cielo, junto con la protección y los favores de mí Corazón maternal”.

Entonces Nuestra Señora mostró a Pierina Su Corazón y le dijo:

“Mira este Corazón que tanto ama a la humanidad, y sin embargo no recibe más que ofensas de la mayoría de Mis hijos.
Si los buenos y los malos se unen en oración, obtendrán paz y misericordia a través de este Corazón.
El Señor aún protege a los buenos, y está deteniendo un gran castigo a causa de Mi intercesión.
Pronto será reconocida la grandeza de esta Hora de Gracia”.

“Tengo preparada una sobreabundancia de gracia para todos aquellos hijos que escuchan mi voz y toman mis deseos”.

LO QUE PIDE NUESTRA MADRE PARA LA HORA DE GRACIA

Día y Hora de Gracia: Diciembre 8, Fiesta de la Inmaculada Concepción.

Se empezará a las 12 del mediodía, y continuará hasta la 1:00 p.m. (una hora completa de oración). Durante esta hora, bien sea en casa o en la iglesia, se evitarán toda clase de distracciones (no conteste el teléfono ni la puerta, ni haga nada, sino concéntrense totalmente en su unión con Dios, durante esta especial Hora de Gracia). Empiece la Hora de Gracia rezando tres veces el Salmo 51, El resto de la hora puede ser empleado en comunicación silenciosa con Dios, meditando acerca de la Pasión de Jesús, rezando el Rosario, alabando a Dios a su manera, o utilizando sus oraciones favoritas, cantando himnos, leyendo otros salmos y meditándolos, etc.

La Santísima Virgen María ha pedido que Su mensaje sea conocido en el mundo entero. Ayudemos a la Sma. Virgen María a cumplir su misión: que todas las almas se acerquen a Dios y se salven👼👼