Ángeles

¡COMO PRÍNCIPE DE LOS EJÉRCITOS CELESTIALES OS HAGO UNA LLAMADA, MILICIA TERRENAL, PARA QUE ESTÉIS LISTOS Y PREPARADOS, PORQUE LA HORA DEL COMBATE ESPIRITUAL EN VUESTRO MUNDO ESTA POR COMENZAR!

ENERO 15 2017 – 1: 20 P.M

 

San miguel

LLAMADA URGENTE DE SAN MIGUEL Y LA MILICIA CELESTIAL AL PUEBLO DE DIOS

Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad. Quien como Dios, Quien como Dios, Quien como Dios. Aleluya, Aleluya, Aleluya

Hermanos en el amor de Dios, que la paz del Altísimo esté con vosotros y mi humilde intercesión y protección os acompañe

Días de batalla espiritual están llegando y a la inmensa mayoría de la humanidad va a coger sin estar preparada. La maldad y el pecado tienen cegada esta humanidad, viven en un letargo espiritual y de no despertar, os aseguro que muchos van a morir eternamente. Estamos hermanos en combate espiritual con las huestes del mal en los lugares celestes; dentro de poco estos combates se trasladarán a la tierra, porque será en ella, donde se librará la batalla final por vuestra libertad.

Como Príncipe de los Ejércitos Celestiales os hago un llamado Milicia Terrenal, para que estéis listos y preparados, porque la hora del combate espiritual en vuestro mundo está por comenzar. Que vuestra Armadura Espiritual esté aceitada con la oración y reforzada con el ayuno y la penitencia. Que el sellamiento con la Sangre del Divino Cordero, esté siempre con vosotros; que no os falte la invocación al Santo Espíritu, ni la protección y asistencia de nuestra Amada , Reina y Señora..

¡Mortales, llegó la hora de vuestra liberación; no os relajéis con la oración! Formad fortines con vuestros hermanos y manteneos firmes en la fe; llevando siempre en vuestras manos el poder del Santo Rosario, con el cual vais a salir victoriosos en el combate espiritual de cada día. Las horas nocturnas serán las más activas en la lucha espiritual; mi Padre va a tomar el espíritu de muchos de sus instrumentos para que combatan con la Milicia Celestial y conmigo a las fuerzas del mal en las horas de las tinieblas.

Hermanos, no olvidéis colocaros la Armadura Espiritual a mañana y noche, haciéndola extensiva a vuestros familiares, para que los espíritus malignos no puedan apoderarse de sus cuerpos. Os digo, el que se aparte de la oración y de Dios, va a correr el riesgo de perderse, si no hay quien ore por él. Hemos sido enviados a proteger el Pueblo de Dios, pero es vuestra responsabilidad espiritual, orar, ayunar y hacer penitencia. Acordaos que respetamos vuestro libre albedrío; si no oráis y os apartáis de Dios, no podremos libraros de los ataques del enemigo de vuestra alma.

Nuevamente os digo: no os acostéis sin vuestra Armadura Espiritual puesta, porque los demonios van a estar buscando cuerpos para apoderarse de ellos y llevar el combate a vuestros hogares. Haced de vuestros hogares fortalezas espirituales; que todo este sellado con la Sangre del Cordero de Dios, para que ninguna fuerza del mal pueda robaros la paz. Llevad siempre en vuestro cuello el poder del Rosario e imágenes y medallas benditas,

Queridos y Santos

Ángeles de la Guarda

Yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te conduzca hasta el lugar que te he preparado.
Respétalo y escucha su voz. No te rebeles contra él, porque no les perdonará las transgresiones, ya que mi Nombre está en él.
Si tú escuchas realmente su voz y haces todo lo que te diga, seré enemigo de tus enemigos y adversario de tus adversarios.
Entonces mi ángel irá delante de ti y te introducirá en el país de los amorreos, los hititas, los perizitas, los cananeos, los jivitas y los jebuseos, y los exterminará.

Ángeles Custodios cuídanos en esta vida y después acompáñanos hasta el Cielo


Las LLagas de San Francisco


Subida al monte de la Verna

(Julio-agosto, 1224). Si Francisco visitó el eremitorio de la Verna antes de 1224, de ello no hay memoria alguna. Es más, a juzgar por lo que cuentan los biógrafos, se diría que sólo estuvo allí ese año. Se dice, en efecto, que Francisco salió de Asís con algunos compañeros y tomó el camino que sube por el valle superior del Tíber. Después de pasar una mala noche en el eremitorio de Montecasale, sus compañeros contrataron a un campesino de la villa de Tiso, para que los acompañara con su jumento hasta La Verna. “Eres tú Francisco, de quien todos hablan“, le preguntó el buen hombre, nada más verlo. “Sí, soy yo”, le respondió él. “Pues procura ser tan bueno como la gente cree que eres, y no la defraudes“, sentenció el labriego, lo que hizo que el santo se apeara enseguida del burro y le besara los pies.

Era casi a mediados de agosto. En la subida, el calor se hacía insoportable y el campesino, muerto de sed, pedía a gritos un poco de agua. “Vete allí y la encontrarás-le dijo Francisco- El Señor la ha hecho brotar para ti”. Así fue; y añaden los cronistas que en aquella ladera nunca hubo manantial alguno.

Cerca ya del eremitorio, el grupo se detuvo a  descansar bajo una encina y, mientras el santo contemplaba el lugar, se vió rodeado de una multitud de pájaros de toda especie, que manifestaban su alegría con sus trinos y el batir de alas. Alguno incluso se posó sobre él, lo que hizo exclamar: “Me parece que el Señor le agrada que vengamos a este monte“. Reemprendida la marcha, enseguida llegaron a un repecho cercano a la cima, donde vivían no más de dos o tres compañeros, en un pequeño eremitorio rodeado de bosques, al borde de una enorme grieta en las peñas, desde donde se divisaba un espectacular panorama.

El conde Orlando, apenas supo de la llegada del santo subió a saludarlo y, a petición suya, ordenó a sus hombres que le hicieran una choza o celda al pie de un haya grande, al borde del precipicio y como a un tiro de piedra del oratorio. Al despedirse, esa misma tarde, el conde se ofreció a los hermanos para lo que necesitaran, de modo que pudieran dedicarse enteramente a la oración, libres de preocupaciones, pero Francisco después, a solas, aconsejó a los suyos que no tuviesen muy en cuenta su generoso ofrecimiento, alegando que “hay un contrato entre el mundo y los frailes menores: vosotros le debéis buen ejemplo y él, a cambio, os debe el sustento; mas si un día faltaseis al compromiso, el mundo, con razón, os volverá la espalda”. Y añadió: “Tengo intención de quedarme aquí, sólo con Dios y llorando mis pecados. No permitáis que se me acerque ningún seglar. Responded vosotros por mí. Fray León me traerá algo de comer, cuando lo crea conveniente“.

 

Cuaresma en honor de San Miguel

(15 agosto – 29 septiembre, 1224). Al cabo de unos días Francisco, queriendo conocer lo que el Señor quería de él, tomó, como de costumbre, los evangelios, oró y lo abrió por tres veces. En las tres ocasiones el texto hablaba del anuncio de la pasión de Jesús, como dándole a entender que tenía que seguir soportando angustias, combates y tribulaciones, mas no por eso se acobardó, pues jamás regateó sufrimiento o sacrificio alguno, con tal que la voluntad de Dios se cumpliera en él. Su sabiduría y mayor aspiración fueron siempre esas.

Atraído por los signos que el Señor le iba manifestando, Francisco decidió prolongar su estancia allí durante toda una cuaresma de ayuno, entre las fiestas de la Asunción de la Virgen (15 de agosto) y del Arcángel San Miguel (29 de septiembre), de quienes era especialmente devoto. Según su costumbre, buscó el lugar más apartado que pudo, donde no pudiera ser visto ni oído por sus propios compañeros. Lo encontró al otro lado del precipicio, a donde se podía acceder sólo mediante un tronco atravesado a modo de puente. Entonces pidió a los hermanos que le prepararan una celda, y les dio estas instrucciones: “Ninguno de vosotros debe de acercarse aquí, ni ningún seglar. Sólo tú, fray León, vendrás una vez, durante el día, a traerme agua y un poco de pan, y otra vez por la noche, para rezar maitines. Te acercarás a la pasarela y dirás: Señor, ábreme los labios. Y si no te respondo, márchate enseguida“. Tales precauciones eran debidas a que no le gustaba que lo sorprendieran en uno de sus frecuentes éxtasis.

Apenas se quedó solo, temiendo que aquel retiro fuese sólo un pretexto para descansar y huir de las fatigas de la predicación, pidió al Señor otra señal de que aquello era voluntad suya. A la mañana siguiente, mientras rezaba, creyó ver la respuesta en los pájaros de toda especie que, uno por uno, sobrevolaban la celda, alegrándolo con sus trinos. Entre ellos había un halcón, que tenía su nido junto a su choza, y cada noche lo despertaba a la hora de maitines, excepto cuando no se encontraba bien; entonces lo dejaba dormir hasta el amanecer.

Mas no todo fueron consuelos en aquel monte. El santo confesó al compañero que el demonio lo molestaba mucho por la noche, por eso ayunaba con mayor rigor, a pan y agua, y pasaba las noches en vela, orando y mortificándose.

Fray León, cada mañana preparaba el fuego en una choza donde el Santo solía comer, y luego iba a su celda, a leerle el Evangelio del día, pues aún no estaba permitido a los hermanos Menores celebrar la Misa de campaña. Después de las lecturas, tomadas de un breviario que ahora se conserva en Asís, en el monasterio de Santa Clara, Francisco besaba la página con respeto, y luego se iba a comer. Pero un día, el fuego prendió en la choza y él, por el gran respeto que sentía por las criaturas, en especial por el “hermano fuego“, no quiso ayudar a los hermanos a apagarlo, limitándose a poner a salvo una piel con la que se tapaba por las noches; mas luego confesó al compañero: “He pecado de avaricia. No la usaré más“.

Otro día estuvo a punto de despeñarse por el precipicio, mientras buscaba un lugar más recogido para orar en una cavidad formada por enormes bloques de piedra desprendidos y atravesados sobre la hendidura del monte. Una de las piedras cedió y se salvó de puro milagro. según él, era una más de las insidias del diablo.

En cierta ocasión, mientras observaba aquella espantosa grieta, se le reveló que la produjo el mismo terremoto que resquebrajó el Calvario en el momento de la muerte de Jesucristo, y que Dios lo había dispuesto así porque en ese monte debía renovarse su Pasión. Francisco quedó tan impresionado, que se refugió enseguida a su celda, a tratar de descifrar aquel misterio. Desde entonces se hizo más frecuente la intensidad y dulzura de la contemplación.

 

Visión del Serafín e impresión de las llagas

(13-14 septiembre, 1224). El verano tocaba a su fin. Una noche de luna llena, fray León fue, como siempre, a rezar maitines con Francisco, mas éste no respondió a la contraseña. Entre preocupado y curioso, el hermano cruzó la pasarela y fue a buscarlo. Lo encontró en un claro del bosque, de rodillas, en medio de un gran resplandor, con el rostro levantado, mientras decía: “¿Quién eres tú, mi Señor, y quién soy yo, gusano despreciable e inútil siervo tuyo“, y levantaba las manos por tres veces. El ruido de sus pasos sobre la hojarasca delató a fray León, que tuvo que confesar su culpa y explicar al Santo lo que había visto. Entonces éste decidió explicarle lo sucedido: “Yo estaba viendo por un lado el abismo infinito de la sabiduría, bondad y poder de Dios, pero también mi lamentable estado de miseria. Y el Señor, desde aquella luz, me  pidió que le ofreciera tres dones. Le dije que sólo tenía el hábito, la cuerda y los calzones, y que aún eso era suyo. Entonces me hizo buscar en el pecho, y encontré tres bolas de oro, y se las ofrecí, comprendiendo enseguida que representaban los votos de obediencia, pobreza y castidad, que el Señor me ha concedido cumplir de modo irreprochable. Y me ha dejado tal sensación, que no dejo de alabarlo y glorificarlo por todos sus dones. Mas tú guárdate de seguir espiándome y cuida de mí, porque el Señor va a obrar en este monte cosas admirables y maravillosas como jamás ha hecho con criatura alguna“. Fray León no pudo dormir aquella noche, pensando en lo que había visto y oído.

Uno de aquellos días se apareció un ángel  a Francisco y le dijo: “Vengo a confortarte y avisarte para que te prepares con humildad y paciencia a recibir lo que Dios quiere hacer de ti“. “Estoy preparado para lo que él quiera“, fue su respuesta. La madrugada del 14 de septiembre, fiesta de la Santa Cruz, antes del amanecer, estaba orando delante de la celda, de cara a Oriente, y pedía al Señor “experimentar el dolor que sentiste a la hora de tu Pasión y, en la medida de los posible, aquel amor sin medida que ardía en tu pecho, cuando te ofreciste para sufrir tanto por nosotros, pecadores“; y también, “que la fuerza dulce y ardiente de tu amor arranque de mi mente todas las cosas, para yo muera por amor a ti, puesto que tú te has dignado morir por amor a mi”. De repente, vio bajar del cielo un serafín con seis alas. Tenía figura de hombre crucificado. Francisco quedó absorto, sin entender nada, envuelto en la mirada bondadosa de aquel ser, que le hacía sentirse alegre y triste a la vez. Y mientras se preguntaba la razón de aquel misterio, se le fueron formando en las manos y pies los signos de los clavos, tal como los había visto en el crucificado. En realidad no eran llagas o estigmas, sino clavos, formados por la carne hinchada por ambos lados y ennegrecida. En el costado, en cambio, se abrió una llaga sangrante, que le manchaba la túnica y los calzones.

Explicaba fray León que el fenómeno fue más palpable y real de lo muchos creen, y que estuvo acompañado de otros signos extraordinarios corroborados por testigos, que creyeron ver el monte en llamas, iluminando el contorno como si ya hubiese salido el sol. Algunos pastores de la comarca se asustaron, y unos arrieros que dormían se levantaron y aparejaron sus mulas para proseguir su viaje, creyendo que era de día. La aparición de Francisco con los brazos en cruz y bendiciendo a los frailes reunidos en Arlés, mientras San Antonio de Lisboa o de Padua predicaba acerca de la inscripción de la cruz (Jesús Nazareno Rey de los Judíos) debió de ser una confirmación del prodigio, pues los capítulos provinciales, según la Regla, se celebraban en septiembre, en torno a la fiesta de San Miguel (San Antonio estuvo en Provenza del 1224 al 1226). Así parece darlo a entender San Buenaventura, cuando escribe que “más tarde se comprobó la veracidad del hecho, no sólo por los signos evidentes, sino también por el testimonio explícito del Santo“.

Cuando fray León acudió aquella mañana a prepararle la comida, Francisco no pudo ocultarle lo sucedido. Desde aquel instante, él será su enfermero, encargado de lavarle cada día las heridas y cambiarle las vendas, para amortiguarle el dolor y las hemorragias; excepto el viernes, ya que el Santo no quería que nadie mitigara sus sufrimientos ese día.

 

Las cuatro prerrogativas de la Orden

(septiembre, 1224). Francisco aún permaneció dos semanas en aquella celda, hasta concluir la cuaresma, el 29 de septiembre. Uno de aquellos días, sintiéndose triste por el mal ejemplo de algunos hermanos de la Orden, y de otros que abandonaban su vocación, el Señor lo consoló con estas palabras: “¿Por qué te entristeces? ¿No soy yo quien hace que el hombre se convierta y haga penitencia en tu Orden? ¿quién le da fuerzas para perseverar, sino yo? Yo no te he escogido por que seas sabio, ni elocuente, sino por tu sencillez, para que todos sepan que soy yo quien cuida de mi rebaño. Yo te he puesto entre ellos como un signo, para que vean lo que hago en ti, y te imiten. Los que me siguen me tendrán a mí; los que no, perderán lo que creían tener. Por eso, no te aflijas; haz bien lo que haces, trabaja bien lo que trabajas, pues yo he plantado tu Orden en el amor perpetuo. La amo tanto, que si alguno la abandona y muere fuera de ella, yo llamaré a otro, para que ocupe su lugar. Y si aún no ha nacido, yo haré que nazca. Tanto la amo que, aunque sólo quedasen dos o tres hermanos, no la abandonaré jamás“.

Después de esta revelación, cuando el compañero fue a prepararle la mesa a Francisco, lo encontró sentado delante de la piedra grande y cuadrada que le servía de mesa, y éste le ordenó lavarla, primero con agua, luego con vino y, finalmente, con aceite, porque, según le dijo, “sobre esta piedra ha estado sentado un ángel. Estaba yo pensando en la suerte que correría mi Orden cuando yo no exista, y el ángel me aseguró estas cuatro cosas: que la Orden de los Menores durará hasta el fin del mundo; que ningún hermano de mala voluntad perseverará mucho tiempo en ella; que no vivirá mucho quien la persiga de propósito; y que ningún hermano que la ame acabará mal“.

 

Alabanzas al Dios Altísimo y Bendición a fray León

(septiembre 1224). Durante su estancia en La Verna, fray León atravesó un momento de crisis espiritual y pensó que una palabra del Señor acompañada por una breve nota manuscrita del santo le aliviaría, como ya ocurrió unos meses antes, cuando recibió de él una cariñosa carta autógrafa. Él no le dijo nada a San Francisco, pero éste lo llamó un día y le dijo: “Tráeme papel y tinta, que quiero escribir unas alabanzas que he compuesto para dar gracias a Dios por los beneficios recibidos“. Y escribió las Alabanzas del Dios Altísimo (ver el texto en la columna  izquierda). Luego, por la otra casa escribió la bendición sacerdotal que se encuentra en la Biblia (Num 6, 24-26) y debajo trazó elsigno de la Tau, con que solía firmar sus escritos, y se lo entregó diciéndole: “Consérvalo cuidadosamente, hasta el día de tu muerte“. Fray León recuperó la paz y desde entonces conservó la nota en una bolsita que llevaba colgada al cuello, debajo del hábito. Ahora forma parte parte de las reliquias del Sacro Convento de Asís, donde fray León murió y está sepultado, a dos pasos de la tumba de San Francisco.

Los engaños de Satanás

ROMA, 13 May. 15 / 02:18 am (ACI).- El diablo ataca a la humanidad haciéndole creer que no hay un bien objetivo y que puede decidir qué es bueno y qué es malo, y esto “se llama relativismo”, advirtió el sacerdote y exorcista Cesar Truqui, quien añadió que el “padre de la mentira” también engaña a los fieles oponiendo “un Jesús bienhechor” con “una Iglesia mala que no dejaría al hombre la libertad de hacer lo que quiere”.

Para Satanás “es más fácil separar y distorsionar la imagen de Dios, que negar su existencia. El diablo separa siempre y opone un Jesús ‘bueno’ a una Iglesia ‘mala’, que no dejaría al hombre la libertad de hacer lo que quiere”, señaló el sacerdote en declaraciones al semanario italiano Tempi.

El P. Truqui, que participó en el reciente curso sobre exorcismo realizado en Roma, indicó que el demonio actúa siempre de la misma manera, tentando al santo “en su santidad” y “al pecador en su pecado”. Sin embargo, hay otro modo “más difundido en nuestros días: se llama relativismo”.

“Jesús en el Evangelio de Juan define al diablo como el ‘padre de la mentira’, porque nos convence que debemos ser nosotros quienes decidan qué está bien y qué está mal. Nos persuade que no existe un bien objetivo. Hoy esta visión es impuesta globalmente y por ello Benedicto XVI hablaba de la ‘dictadura del relativismo’: la imposibilidad de establecer con seguridad qué es bueno y malo para todos, y que cualquiera puede escoger qué es legal y qué no, qué es delito y qué no”, explicó.

Además, advirtió, “hay otro error que deriva de esto: pensar que si alejásemos la verdad para aceptar a las personas, llenaremos finalmente las iglesias. En realidad es al contrario. Hoy es claro que mientras más la Iglesia se vuelve ‘mundana’, más el mundo se aleja”.

En ese sentido, el P. Truqui indicó que para disminuir la fe de las personas, el diablo usa “las ideologías, la tecnología y todos los medios audiovisuales por la fuerza de propagación que tienen”. “El medio más poderoso es internet. Porque si la televisión es más fácil de manejar y además se mira juntos”, internet es un instrumento que se puede usar “en la soledad”, donde frente al computador “se puede tener acceso a todo sin límite o control”.

Sin embargo, el sacerdote recordó que los fieles pueden combatir al diablo con los medios que le brinda la Iglesia. “Para darse cuenta de las tentaciones diarias, crecientes y difundidas a causa del contexto social, y para superarlas, los medios son los que nos dejó Jesús, quien vino a salvarnos para estar con Él: en el fondo es simple prevenirlo, basta la frecuencia en los sacramentos de la Eucaristía y la Confesión, el rezo diario y el Rosario”, afirmó.

Cardenal italiano Mauro Piacenza

ROMA, 16 Abr. 15 / 04:03 am (ACI).- En el marco del curso que se realiza en Roma para exorcistas, el Cardenal italiano Mauro Piacenza alertó y explicó la estrategia que usan el demonio y el mundo contra la Iglesia.

En la introducción del curso promovido por el Instituto Sacerdos, que se realiza 13 al 18 de abril en la Universidad Europea de Roma, el Penitenciario Mayor de la Iglesia explicó que “los medios operados por el demonio para resistir a la omnipotencia de Nuestro Señor Jesucristo se revelan como los mismos medios que el ‘mundo’ usa desde hace dos mil años contra la Iglesia”.

En el texto enviado a ACI Prensa, el Cardenal señala que entre estos están: “el silencio ante las exigencias de la verdad, de la justicia y de la infinita misericordia de Dios, cuando estas no son relativizadas, negadas, ofendidas o distorsionadas, reivindicar de modo irresponsable derechos inexistentes ya sea respecto al orden de la naturaleza, ya sea respecto a la gracia”.

El Purpurado italiano dijo además que otros medios son “atacar, con la mentira, a los hijos de Dios y, en modo particular, a los pastores de la Iglesia en el intento vano de debilitar el anuncio luminoso de la verdad de la creación y de la salvación, defendiéndose detrás de un falso ‘respeto humano’, impugnado como escudo contra el poder purificador de la oración, la verdad de la Encarnación del Verbo y la exigencia de recapitular todas las cosas en Él”.

El Penitenciario Mayor de la Iglesia afirmó luego que “la buena batalla de la fe, que ve en el ministerio del exorcismo un ámbito de particular intensidad, se realiza viviendo en austeridad y amor, teniendo lúcidamente presente que Satanás es el ‘enemigo del género humano’ para poder así servir a la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, con la gratitud y la certeza propias del pueblo de los redimidos”.

Sobre la división en el mundo a causa del pecado, el Purpurado italiano dijo que eso se traduce actualmente en “términos de desorientación doctrinal y moral, comprometiendo el destino eterno de las personas” lo que se “hace visible y por eso ‘identificable’ justamente en el ministerio del sacerdote exorcista cuando, especialmente en el caso de la posesión, el demonio muestra la propia deliberada e ‘intratable’ voluntad de matar o poseer, de engañar y usurpar, de humillar y ofender”.

El Cardenal Piacenza afirma asimismo que la división que se origina en el mal también puede verse claramente en el mundo occidental secularizado “en todos los ambientes y niveles” incluso “al interior del equipo eclesial”, algo que “goza de todo el apoyo de no pocos de los poderosos medios de comunicación masivos que generan, sin ninguna restricción, una cultura siempre más antihumana y por ello profundamente anticristiana”.

El pecado y el mal, explicó, son “obra del diablo, es mortífera y degradante de la naturaleza humana. Es la división que separa al hombre de Dios. Es la división en la que el demonio ‘homicida desde el principio (…) mentiroso y padre de la mentira’ ha ingresado irremediablemente, idolatrándose a sí mismo y afirmándose desesperadamente contra el Absoluto Dios y su santísima voluntad”.

Esa división hace que el ser humano, continuó, “se sustraiga del poder unificador de la verdad, separándolo de la que es la verdad fundamental del ser: la relación con Dios creador y redentor. El hombre es hecho así esclavo de estas mismas pequeñas realidades que, en comunión con Dios, está llamado a gobernar y a orientar al servicio del Reino de Dios”.

Tras alentar a los sacerdotes, especialmente a los exorcistas, a una intensa vida de oración a ejemplo de la Virgen María, centrados siempre en el misterio de la Eucaristía y la Reconciliación, el Purpurado se refirió a la postura de muchos cristianos que creen que la salvación puede encontrarse de distintos modos. Al respecto dijo que “Dios nuestro Padre no ha pensado en Cristo como un ‘redentor facultativo’ casi opcional, sino (…) como un salvador sustancial e insustituible. El designio del Creador no es esquizofrénico: todo está unificado en Cristo, en el cual subsisten todas las cosas”.

“Jesús es entonces el Salvador indispensable para todos los hombres sin excepción”, concluyó.