Cura

NAVIDAD

Sermón

“Sobre la Navidad”

Santo Cura de Ars

 

Evangelizo vobis gaudium magnun:

natus est vobis hodie Salvator. Vengo a daros una feliz nueva: que os ha nacido hoy un Salvador.

(S. Luc. 2, 10)

 

¿A un moribundo sumamente apegado a la vida puede acaso dársele más dichosa nueva que  decirle  que  un  médico  hábil  va  a  sacarle de  las  puertas  de  la  muerte?  Pues infinitamente más dichosa, es la que el ángel anuncia a todos los hombres en la persona de los pastores. Sí, el demonio  había inferido, por el pecado, las más crueles y mortales heridas a nuestras pobres almas. Había plantado en ellas las tres pasiones más funestas, de  donde  dimanan  todas  las demás,  que  son  el  orgullo,   la  avaricia,  la  sensualidad. Habiendo quedado esclavos de estas vergonzosas pasiones, éramos todos nosotros como enfermos desahuciados, y no podíamos esperar más que la muerte eterna, si Jesucristo, nuestro  verdadero  médico,  no  hubiese venido  a socorrernos.  Pero no,  conmovido  por nuestra  desdicha,  dejó  el  seno  de  su  Padre  y  vino  al  mundo,   abrazándose  con  la humillación, la pobreza y los sufrimientos, a fin de destruir la obra del demonio  y aplicar eficaces remedios a las crueles heridas que nos había causado esta antigua serpiente. Sí, viene este tierno Salvador para curarnos de todos estos males, para merecernos la gracia de llevar una vida humilde,  pobre  y mortificada; y, a fin de mejor  conducirnos  a ella, quiere Él mismo darnos ejemplo.  Esto es lo que vemos de una manera admirable  en su nacimiento.

 

Vemos que  Él  nos prepara:  1º. con  sus humillaciones  y obediencia,  un  remedio  para nuestro orgullo;  2.° con su extremada pobreza, un remedio a nuestra afición a los bienes de este mundo,  y 3.°  con su estado de sufrimiento y de mortificación, un  remedio  a nuestro amor a los placeres de los sentidos. Por este medio, nos devuelve la vida espiritual que el pecado de Adán nos había  arrebatado; o, por  mejor  decir, viene a abrirnos  las puertas  del cielo que el pecado nos había  cerrado.  Conforme a esto, pensad vosotros mismos cuál debe ser el gozo y la gratitud de un cristiano a la vista de  tantos beneficios.

¿Se necesita más para movernos a amar a este tierno y dulce Jesús, que viene a cargar con todos nuestros pecados, y va a satisfacer a la justicia de su Padre por todos nosotros? ¡Oh, Dios mío! ¿puede un cristiano considerar todas estas cosas sin morir de amor y gratitud?.

 

I.-Digo, pues, que la primera llaga que el pecado causó en nuestra alma es el orgullo,  esa pasión tan peligrosa, que consiste en el fondo de amor y estima de nosotros mismos, el cual hace: 1.° que no queramos depender de nadie ni obedecer; 2.° que nada temamos tanto como vernos humillados a los ojos de los hombres; 3.° que busquemos todo lo que nos puede ensalzar en su estimación.

Pues bien, ved lo que Jesucristo viene a combatir en su nacimiento por  la humildad  más profunda. No solamente  quiere Él  depender  de su Padre celestial y obedecerle en todo, sino que quiere también obedecer a los hombres y en alguna  manera depender  de su voluntad. En efecto: el emperador  Augusto  ordena que se haga el censo de todos sus súbditos, y que cada uno de ellos se haga inscribir en el lugar donde nació. Y vemos que, apenas publicado este edicto, la Virgen Santísima y San José  se ponen  en camino,  y Jesucristo,  aunque  en el seno de su madre,  obedece con conocimiento y elección esta orden. Decidme; ¿podemos encontrar ejemplo de humildad más grande y más capaz de movernos a practicar esta virtud con amor y diligencia? ¡Qué!

¿un  Dios obedece  a sus criaturas  y quiere  depender  de  ellas, y nosotros,  miserables pecadores, que, en vista de nuestras miserias espirituales, debiéramos escondernos en el polvo,   ¿podemos   aun   buscar   mil   pretextos   para   dispensarnos   de   obedecer   los mandamientos de Dios y de su Iglesia a nuestros superiores, que ocupan en esto el lugar del mismo Dios? ¡Que bochorno  para nosotros, si comparamos nuestra conducta con la de Jesucristo! Otra lección de humildad  que nos da Jesucristo es la de haber querido sufrir la repulsa del mundo.  Después de un viaje de cuarenta leguas, María y José llegaron  a Belén. Con qué honor  no  debía  ser recibido  Aquel  a quien  esperaban hacía  miles de años!  Más  como  venía  para  curarnos  de  nuestro  orgullo  y enseñarnos  la  humildad, permite que todo el mundo lo rechace y nadie le quiera hospedar. Ved, pues, al Señor del universo, al Rey de cielos y tierra  despreciado, rechazado de los hombres, por los cuales viene a dar la vida a fin de salvarnos. Preciso es, pues, que el Salvador se vea reducido a que  unos  pobres  animales  le  presten  su  morada.  ¡Dios  mío!  ¡qué  humildad   y  qué anonadamiento para un Dios! Sin duda, nada nos es tan sensible como las afrentas, los desprecios y las repulsas; pero  si nos paramos a considerar los que padeció  Jesucristo,

¿podremos  nunca  quejarnos,  por  grandes  que  sean  los  nuestros?  ¡Qué  dicha  para nosotros, tener ante los ojos tan hermoso modelo,  al cual podemos seguir sin temor de equivocarnos!.

Digo  que  Jesucristo,  muy  lejos de buscar lo que  podía  ensalzarle en la estima  de los hombres, quiere, por el contrario, nacer en la oscuridad y en el olvido;  quiere que unos pobres pastores sean secretamente avisados de su nacimiento por un ángel, a fin de que las primeras adoraciones que reciba vengan de los más humildes entre los hombres. Deja en su reposo y en su abundancia a los grandes y a los dichosos del siglo, para enviar sus embajadores  a los pobres,  a fin de que  sean consolados en su estado,  viendo  en un pesebre,  tendido sobre  un  manojo  de  paja;  a  su Dios y Salvador.  Los ricos  no  son llamados  sino  mucho  tiempo después, para  darnos  a entender  que  de  ordinario  las riquezas y comodidades suelen alejarnos de Dios. Después de tal ejemplo, ¿podremos ser ambiciosos y conservar el corazón henchido  de orgullo  y lleno de vanidad? ¿Podremos todavía buscar la estimación y el aplauso de los hombres, si volvemos los ojos al pesebre?

¿No nos parecerá oír al tierno y amable Jesús que nos dice a todos: «Aprended de mí, que soy manso y humilde  de corazón»? (Mat., 10. 10). Gustemos, pues, de vivir en el olvido  y desprecio  del mundo;  nada temamos  tanto, nos dice San Agustín,  como  los honores  y las riquezas de este mundo,  porque,  si fuera permitido amarlas, las hubiera amado también Aquél que se hizo hombre por amor nuestro. Si Él huyó y despreció todo esto,  nosotros  debemos  hacer otro tanto, amar  lo  que  Él  amó  y despreciar lo  que  Él despreció: tal es la lección que Jesucristo  nos da al venir al mundo,  y tal es, al propio tiempo, el remedio  que aplica a nuestra primera  llaga, que es el orgullo.  Pero hay, en nosotros una segunda llaga no menos peligrosa: la avaricia.

II.-Digo, que la segunda llaga que el pecado ha abierto en el corazón del hombre,  es la avaricia, es decir, el amor desordenado de las riquezas y bienes terrenales.

¡Qué estragos causa esta pasión en el mundo! Razón tiene San Pablo en decirnos que ella es la fuente de  todos  los males. ¿No es, en  efecto, de  este maldito interés  de  donde  vienen  las injusticias, las envidias, los odios, los perjurios, los pleitos, las riñas, las animosidades y la dureza con los pobres? Según esto, ¿podemos extrañarnos de que Jesucristo, que viene a la tierra para curar las pasiones de los hombres, quiera nacer en la más grande pobreza y en la privación  de todas las comodidades,  aun de aquellas que parecen necesarias a la vida humana?  Y por esto vemos que comienza por escoger una Madre  pobre  y quiere pasar por hijo de un pobre artesano; y, como los profetas habían anunciado que nacería de la familia real de David, a fin de conciliar este noble origen con su grande amor a la pobreza, permite que, en el tiempo de su nacimiento, esta ilustre familia haya caído en la indigencia. Va todavía más lejos. María y José, aunque hartó pobres, tenían, con todo, una pequeña casa en Nazaret; esto era todavía demasiado para Él : no quiere nacer en un lugar que le pertenezca; y por esto obliga a su santa Madre, a que haga con José un viaje a Belén en el tiempo preciso en que ha de ponerle  en el mundo.  ¿Pero a lo menos en Belén, patria de su padre David, no hallará parientes que le reciban en su casa? Nada de esto, nos dice el Evangelio; no  hay quien  le quiera  recibir;  todo el mundo  le rechaza. Decidme, ¿a dónde irá este tierno Salvador, si nadie le quiere recibir para resguardarle de las inclemencias  de  la  estación?  No  obstante, queda  todavía  un  recurso:  irse a una posada. José  y María  se presentan,  en efecto. Pero Jesús,  que todo lo tenia previsto, permitió que el concurso fuese tan grande que no quedase ya sitio para ellos. ¿A dónde irá, pues, nuestro amable Salvador? San José y la Santísima Virgen, buscando por todos los lados,  divisan  una  vieja  casucha donde  se recogen  las bestias  cuando  hace  mal tiempo. ¡Oh, cielos! ¡asombraos! ¡un Dios en un establo! Podía escoger el más espléndido palacio;  mas, como  ama tanto la pobreza,  no  lo hará. Un establo  será su palacio,  un pesebre su cuna, un poco de paja su lecho, míseros pañales serán todo su ornamento, y pobres pastores formarán su corte.

 

Decidme, ¿podía enseñarnos de una manera más eficaz el desprecio que debemos tener a los bienes y riquezas de este mundo,  y, al propio  tiempo, la estima en que hemos de tener la pobreza  y a los pobres? Venid, miserables, dice San Bernardo,  venid vosotros, todos los que tenéis el corazón apegado a los bienes de este mundo,  escuchad lo que os dicen  este  establo,  esta  cuna  y  estos  pañales  que  envuelven  a  vuestro  Salvador!

¡Desdichados de vosotros los que amáis los bienes de este mundo! ¡Cuán difícil es que los ricos se salven! ¿Por qué? -me preguntaréis- ¿Por qué? Os lo diré:

 

1.° Porque ordinariamente la persona rica está llena de orgullo;  es menester que todo el mundo  le haga  acatamiento; es menester  que  las voluntades  de todos  los demás se sometan a la suya

2.° Porque las riquezas apegan nuestro corazón a la vida presente: así vemos todos los días que los ricos temen en gran manera la muerte.

3.° Porque las riquezas son la ruina del amor de Dios y extinguen todo sentimiento de compasión con los pobres, o, por mejor decir, las riquezas son un instrumento que pone en juego  todas  las demás pasiones. Si  tuviésemos  abiertos  los ojos del alma,  ¡cuanto temeríamos  que nuestro  corazón se apegase a las cosas de este mundo!  Si  los pobres llegaran a entender bien cuánto los acerca a Dios su estado y de qué modo  les abre el cielo,  ¡cómo  bendecirían  al Señor  por  haberlos  puesto  en una  posición  que  tanto les aproxima a su Salvador !Si ahora me preguntáis: ¿cuáles son esos pobres a quienes tanto ama Jesucristo? Son, los que sufren su pobreza con espíritu de penitencia, sin murmurar  y sin quejarse. Sin esto, su pobreza no les serviría sino para hacerlos aun más culpables que los ricos. Entonces, -me diréis- ¿qué han de hacer los ricos para imitar a un Dios tan pobre y despreciado? Os lo diré: no han de apegar su corazón a los bienes que poseen; han de emplear esos bienes en buenas obras en cuanto puedan;  han de dar gracias a Dios por haberles concedido un medio tan fácil de rescatar sus pecados con sus limosnas; no han de despreciar nunca a los que son pobres, antes al contrario, han de respetarlos viendo en ellos una gran semejanza con Jesucristo. Así es cómo, con su gran pobreza, nos enseña Jesucristo  a combatir nuestro  apego  a los bienes de este mundo;  por  ella nos cura la segunda llaga que nos ha causado el pecado. Pero nuestro tierno Salvador quiere todavía curarnos una tercera llaga producida en nosotros por el pecado, que es la sensualidad.

 

III.-Esta pasión consiste en el apetito desordenado  de los placeres que se gozan por los sentidos. Esta funesta pasión nace del exceso en el comer y beber, del excesivo amor al descanso, a las regalos y comodidades  de la vida, a los espectáculos,  a las reuniones profanas; en una palabra, a todos los placeres que dan gusto a los sentidos.

¿ Qué hace Jesucristo para curarnos de esta peligrosa enfermedad? Vedlo: nace en los sufrimientos, las lágrimas y la mortificación; nace durante la noche, en la estación más rigurosa del año. Apenas nacido, se le tiende sobre unos manojos de paja, en un establo. ¡Oh, Dios mío!

¡qué estado para un Dios! Cuando el Eterno Padre crió a Adán, le puso en un jardín de delicias; nace ahora su Hijo, y le pone sobre un puñado  de paja. ¡Oh, Dios mío! Aquel que hermosea el cielo y la tierra, Aquel que constituye toda la felicidad de los ángeles y de los santos,  quiere nacer y vivir y morir  entre sufrimientos.  ¿Puede acaso mostrarnos  de una manera más elocuente el desprecio que debemos tener a nuestro  cuerpo,  y cómo debemos  tratarlo  duramente  por  temor  de  perder  el  alma?  ¡Oh,  Dios  mío!  ¡qué contradicción!  Un  Dios  sufre  por  nosotros,  un  Dios  derrama  lágrimas  por  nuestros pecados, y nosotros nada quisiéramos sufrir, quisiéramos toda suerte de comodidades…

Pero también, ¡qué terribles  amenazas no nos hacen las lágrimas y los sufrimientos  de este divino Niño! «¡Ay de vosotros -nos dice Él- que pasáis vuestra vida riendo,  porque día vendrá en que derramaréis lágrimas sin fin!» «El reino de los cielos -nos dice- sufre violencia, y sólo lo arrebatarán los que se la hacen continuamente.» Sí, si nos acercamos confiadamente a la cuna de Jesucristo, si mezclamos nuestras lágrimas con las de nuestro tierno  Salvador,   en  la  hora  de  la  muerte  escucharemos  aquellas  dulces  palabras:

«¡Dichosos los que lloraron, porque serán consolados!»

Tal  es,  pues,  la  tercera  llaga  que  Jesucristo  vino  a  curar  haciéndose  hombre   :  la sensualidad,  es decir,  ese maldito  pecado  de  la  impureza.¡Con  qué  ardor  hemos  de querer, amar y buscar todo lo que puede procurarnos o conservar en nosotros una virtud que  nos  hace  tan agradables  a  Dios!  Sí,  antes  del  nacimiento  de  Jesucristo,  había demasiada distancia  entre Dios y nosotros  para que  pudiésemos atrevernos  a rogarle. Pero  el  Hijo  de  Dios,  haciéndose  hombre,   quiere  aproximarnos   sobremanera  a  Él  y forzarnos a amarle hasta la ternura. ¿Cómo, viendo a un Dios en estado de tierno infante, podríamos  negarnos a amarle con todo nuestro  corazón? Él  quiere ser, por  sí mismo, nuestro Mediador,  se encarga de pedirlo todo al Padre por nosotros; nos llama hermanos e  hijos  suyos;  ¿podía  tornar  otros  nombres  que  nos  inspirasen  mayor  confianza? Vayamos, pues,  a Él  plenamente confiados  cada vez que  hayamos pecado;  Él  pedirá nuestro perdón, y nos obtendrá la dicha de perseverar.

 

Mas, para merecer esta grande y preciosa gracia, es preciso que sigamos las huellas de nuestro modelo;  que amemos, a ejemplo suyo, la pobreza, el desprecio y la pureza; que nuestra  vida responda  a nuestra  alta  cualidad  de hijos y hermanos  de un  Dios hecho hombre.   No,   no   podemos   considerar   la   conducta  de   los  judíos   sin  quedarnos sobrecogidos de asombro. Este pueblo estaba esperando al Salvador hacía ya cientos de años, había  estado rogando  siempre; movido  por el deseo que tenía  de recibirle;  y, al presentarse,  nadie  se encuentra  que  le  ofrezca  un  pequeño   albergue;  siendo  Dios omnipotente vese precisado  a  que  le  presten  su morada  unos  pobres  animales.  No obstante, en la conducta de los judíos,  criminal  como  es, hallo  yo, no  un  motivo  de excusa para aquel pueblo,  sino un motivo de condenación  para la mayor parte de los cristianos. Sabemos que los judíos se habían formado de su libertador una idea que no se avenía  con  el  estado  de  humillación   en  que  Él  se presentaba;  parecían  no  poder persuadirle de que Él fuese el que había de ser su libertador; pues, como nos dice muy bien  San  Pablo: «Si  los judíos  le hubiesen  reconocido  Dios, jamás le hubieran  dado muerte.» (Cor. 2, 8). Pequeña excusa es ésta para los judíos. Mas nosotros, ¿ qué excusa podemos  tener para nuestra  frialdad y nuestro  desprecio de Jesucristo  ? Sí,  sin duda, nosotros creemos verdaderamente que Jesucristo apareció en la tierra, y que dio pruebas las más convincentes  de su divinidad:  he aquí  el objeto de nuestra  solemnidad.  Este mismo  Dios  quiere,  por  la  efusión  de  su  gracia,  nacer  espiritualmente  en  nuestros corazones:  he aquí  los motivos  de nuestra  confianza. Nosotros  nos gloriamos,  y con razón, de reconocer a Jesucristo por nuestro Dios, nuestro Salvador y nuestro modelo:  he aquí  el fundamento de nuestra  fe. Pero, con  todo esto,  decidme,  ¿qué homenaje  le rendimos? ¿Acaso hacemos por ÉL algo más que si todo esto no creyéramos? Decidme,

¿responde a nuestra  creencia nuestra  conducta? Mirémoslo  un  poco  más de cerca, y veremos   que   somos   todavía   más   culpables   que   los   judíos   en   su   ceguera   y endurecimiento.

 

  1. Por de pronto, no hablamos de aquellos que, habiendo perdido la fe, no la profesan ya exteriormente; hablamos de aquellos que creen todo lo que la Iglesia nos enseña, y, sin embargo, nada o casi nada hacen de lo que la religión nos manda. Hagamos acerca de esto  algunas  reflexiones  apropiadas  a los tiempos  en  que  vivimos.  Censuramos a los judíos  por  haber  rehusado  un  asilo a Jesucristo,  a quien  no  conocían.  Pero ¿hemos

reflexionado bien,  que  nosotros  le hacemos  igual  afrenta cada vez que  descuidamos recibirlo  en nuestros  corazones por  la santa  comunión?  Censuramos a los judíos  por haberle crucificado, a pesar de no haberles hecho más que bien; y decidme, ¿a nosotros qué  mal  nos ha hecho?  O, por  mejor  decir,  ¿qué bien  ha dejado  de hacernos? Y en recompensa ¿no le hacemos nosotros el mismo ultraje cada vez que tenemos la audacia de entregarnos  al pecado? Y nuestros pecados ¿no son mucho  más dolorosos para su corazón  que lo que los judíos  le hicieron  sufrir? No podemos  leer sin horror  todas  las persecuciones que sufrió de parte de los judíos, que con ello creían hacer una obra grata a  Dios. Pero ¿no hacemos nosotros  una  guerra  mil  veces más cruel a la santidad  del Evangelio con nuestras costumbres desarregladas? Todo nuestro cristianismo se reduce a una  fe  muerta;  y  parece  que  no  creemos  en  Jesucristo  sino  para  ultrajarle  más  y deshonrarle con una vida tan miserable a los ojos de Dios. Juzgad, según esto, qué deben pensar de nosotros los judíos, y con ellos todos los enemigos de nuestra santa religión. Cuando ellos examinan  las costumbres  de la mayor parte de los cristianos,  encuentran una gran multitud de éstos que viven poco más o menos como si nunca hubiesen sido cristianos.

 

Me limitaré a dos puntos esenciales, que son: el culto exterior de nuestra santa religión y los deberes de la caridad cristiana. No, nada debiera sernos más humillante y más amargo que los reproches que los enemigos de nuestra fe nos echan en cara a este propósito; porque   todo  ello  no  tiende  sino  a  demostrarnos   cómo  nuestra  conducta  está  en contradicción con nuestras creencias. Vosotros os gloriáis -nos dicen- de poseer en cuerpo y alma la persona de ese mismo Jesucristo, que en otro tiempo vivió en la tierra, y a quien adoráis como a vuestro Dios y Salvador; vosotros creéis que Él baja a vuestros altares, que mora  en vuestros sagrarios, que su carne, es verdadero  manjar  y su sangre verdadera bebida para vuestras almas; mas, si ésta es vuestra fe, entonces sois vosotros los impíos, ya que os presentáis en las iglesias con menos respeto, compostura y decencia de los que usaríais  para  visitar  en  su casa a una  persona  honesta.  Los paganos  ciertamente no habrían  permitido que  se cometiesen  en  sus templos  y en  presencia  de  sus ídolos, mientras se ofrecían los sacrificios, las inmodestias que cometéis vosotros en presencia de Jesucristo, en el momento mismo en que decís que desciende sobre vuestros altares. Si verdaderamente creéis lo que afirmáis creer, debierais estar sobrecogidos de un temblor santo.

 

Estas  censuras son muy merecidas. ¿Qué puede pensarse, en efecto, viendo la manera como  la mayor  parte de los cristianos  se portan en nuestras iglesias? Los unos están pensando en sus negocios temporales,los otros en sus placeres; éste duerme, a ese otro se le hace el tiempo interminable; el uno vuelve la cabeza, el otro bosteza, el otro se está rascando, o revolviendo las hojas de su devocionario,  o mirando  con impaciencia si falta todavía  mucho  para que terminen los santos  oficios. La presencia de Jesucristo  es un martirio, mientras que se pasarán cinco o seis horas en el teatro, en la taberna, en la caza, sin que este  tiempo se les haga largo;  y podéis observar que, durante los ratos que se conceden al mundo  y a sus placeres, no hay quien se acuerde de dormir;  ni de bostezar, ni de fastidiarse.  Pero ¿es posible  que la presencia de Jesucristo  sea tan ingrata a los cristianos, que debieran hacer consistir toda su dicha en venir a pasar unos momentos en

compañía  de  tan  buen  padre?  Decidme,  qué  debe  pensar  de  nosotros  el  mismo Jesucristo, que ha querido hallarse presente en nuestros sagrarios sólo por nuestro amor, al  ver que su santa  presencia, que debiera constituir toda nuestra felicidad o más bien nuestro paraíso en este mundo,  parece ser un suplicio y un martirio para nosotros? ¿No hay razón para creer que esta clase de cristianos no irá jamás al cielo, donde debería estar toda la eternidad en presencia de este  mismo  Salvador?  Vosotros  no  conocéis vuestra ventura cuando tenéis la dicha de presentaros delante de vuestro Padre, que os ama más que a sí mismo, y os llama al pie de sus altares, como en otro tiempo llamó a los pastores, para colmaros  de toda suerte  de beneficios.  Si  estuviésemos bien  penetrados  de esto,

¡con qué amor y con qué diligencia vendríamos aquí como los Reyes Magos, para hacerle ofrenda de todo lo que poseemos, es decir, de nuestros corazones y de nuestras almas!

¿No vendrían los padres y madres con mayor solicitud  a ofrecerle toda su familia, para que la bendijese y le diese las gracias de la santificación? ¡Y con qué gusto no acudirían los ricos a ofrecerle  una parte de sus bienes en la persona de los pobres!  ¡Dios mío!

¡cuántos bienes nos hace perder para la eternidad nuestra poca fe!

 

Pero  escuchad  todavía   a  los  enemigos   de  nuestra   santa   religión:   nada  digamos

-continúan ellos- de vuestros Sacramentos,  con respecto  a los cuales vuestra conducta dista tanto de vuestra creencia como el cielo dista de la tierra. Tenéis el bautismo, por el cual quedáis convertidos en otros tantos dioses, elevados a un grado  de honor  que no puede comprenderse,  porque  supone que sólo Dios os sobrepuja.  Mas ¿qué se puede pensar de vosotros, viendo cómo la mayor parte os entregáis a crímenes que os colocan por   debajo   de   las  bestias  desprovistas   de   razón?.   Tenéis  el   sacramento   de   la Confirmación, por el cual quedáis convertidos en otros tantos soldados de Jesucristo, que valerosamente sientan plaza bajo el estandarte de la cruz, que jamás deben ruborizarse de las humillaciones y oprobios de su Maestro, que en toda ocasión deben dar testimonio de la verdad del Evangelio. Y no obstante, ¿quién lo dijera?; se hallan entre vosotros yo no sé cuántos cristianos que por respeto humano  no son capaces de hacer públicamente sus actos de piedad; que quizás no se atreverían a tener un crucifijo  en su cuarto o una pila de agua bendita a la cabecera de su cama; que se avergonzarían de hacer la señal de la cruz antes y después de la comida, o se esconden para hacerla. ¿Veis, por consiguiente, cuán lejos estáis  de vivir conforme vuestra religión  os exige? Tocante  a la confesión y comunión,   nos  decís   vosotros,   es  verdad,   que   son  cosas  muy  hermosas  y  muy consoladoras; pero ¿de qué manera os aprovecháis de ellas?, ¿cómo las recibís  ? Para unos no son más que una costumbre, una rutina y un juego;  para otros, un suplicio: no van mas que, por decirlo así, arrastrados. Mirad  cómo es preciso que vuestros ministros os insten y estimulen  para que os lleguéis al tribunal de la penitencia, donde  se os da, según decís, el perdón  de vuestros pecados, o a la sagrada mesa, donde  creéis que se come el pan de los ángeles, que es vuestro Salvador. Si creyeseis lo que decís, ¿no sería más bien necesario enfrenaros, considerando  cuán grande  es vuestra dicha de recibir a vuestro Dios, que debe constituir vuestro consuelo en este mundo  y vuestra gloria en el otro? Todo esto que, según vuestra fe, constituye una fuente de gracia y de santificación, para la mayor parte de vosotros no es en realidad más que una ocasión de irreverencias, de desprecios, de profanaciones y de sacrilegios. O sois unos impíos, o vuestra religión es falsa;  pues,  si estuvieseis bien  convencidos  de  que  vuestra  religión  es santa,  no  os

conduciríais de esta manera en todo lo que ella os manda. Vosotros tenéis, además del domingo, otras fiestas, establecidas, decís, unas para honrar  lo que vosotros llamáis los misterios  de vuestra religión;  otras,  para celebrar la memoria  de vuestros apóstoles, las virtudes  de vuestros mártires,  que tanto se sacrificaron  por  establecer vuestra religión. Pero estas fiestas,  estos domingos,  ¿cómo los celebráis? ¿No son principalmente estos días los que escogéis para entregaros a toda suerte de desórdenes, excesos y libertinaje:

¿No cometéis  más maldades en estos días,  tan santos,  según decís,  que en todo otro tiempo? Respecto a los divinos oficios, que para vosotros son una reunión con los santos del cielo, donde comenzáis a gustar de su misma felicidad, ved el caso que hacéis de ellos; una  gran  parte, no  asiste casi nunca;  los demás, van  a ellos como  los criminales  al tormento; ¿qué podría  pensarse de vuestros misterios,  a juzgar  por  la manera  como celebráis  sus  fiestas?   Pero  dejemos   a  un  lado  este  culto  exterior,  que,  por   una extravagancia singular; por una inconsecuencia llena de irreligión,  confiesa y desmiente al mismo tiempo vuestra fe. ¿Dónde se halla entre vosotros esa caridad fraterna, que, según los  principios   de  vuestra  creencia,  se  funda  en  motivos   tan  sublimes  y  divinos?. Examinemos algo más de cerca este punto, y veremos si son o no bien fundados  esos reproches. ¡Qué religión  tan hermosa la vuestra -nos dicen los judíos y aun los mismos paganos- si practicaseis lo que ella ordena ! No solamente sois todos hermanos, sino que juntos -y esto es lo más hermoso-  no hacéis más que un mismo cuerpo con Jesucristo, cuya carne y sangre os sirven de alimento todos los días; sois todos miembros  unos de otros. Hay que convenir en que este artículo de vuestra fe es admirable,  y tiene algo de divino. Si obraseis según vuestra fe, seríais capaces de atraer a vuestra religión  todas las demás naciones; así es ella de hermosa y consoladora,  y así son de grandes los bienes que promete para la otra vida. Pero lo que hace creer a todas las naciones que vuestra religión no es como decís vosotros, es que vuestra conducta está en abierta oposición con lo que ella os manda. Si se preguntase a vuestros pastores y pudiesen ellos revelar lo que hay de más secreto,  nos mostrarían  vuestras querellas, vuestras enemistades, vuestras venganzas,  vuestras envidias,  vuestras maledicencias,  vuestras  chismorrerías,  vuestros pleitos y tantos otros vicios, qué causan horror  a todos los pueblos, aun a aquellos cuya religión  tanto dista,  según  vosotros,  de  la  santidad  de  la  vuestra.  La corrupción   de costumbres que reina entre vosotros impide a los que no son de vuestra religión abrazarla porque, si estuvieseis bien persuadidos de que ella es buena y divina, os portaríais muy de otra manera.

 

¡Qué  bochorno   para  nosotros   oír  de  los  enemigos  de  nuestra  religión   semejante lenguaje!. Pero ¿no tienen razón  sobrada para usarlo?. Examinando  nosotros  mismos nuestra conducta, vemos positivamente que nada hacemos de lo que aquélla nos manda. Parece, al contrario, que no pertenecemos a una religión tan santa sino para deshonrarla y  desviar a los que la quisieran  abrazar: una religión  que nos prohíbe  el pecado,  que nosotros cometemos con tanto gusto y al cual nos precipitamos  con tal furor que parece no vivimos sino para multiplicarlo; una religión  que cada día presenta ante nuestros ojos a Jesucristo como un buen padre que quiere colmarnos de beneficios, y nosotros huimos su  santa  presencia, o si nos presentamos  ante Él,  en el templo, no  es más que  para despreciarle y hacernos aún más culpables; una  religión  que  nos ofrece el perdón  de nuestros pecados por el ministerio  de sus sacerdotes, y, lejos de aprovecharnos de estos

recursos, o los profanamos o los rehuimos;  una religión  que nos descubre tantos bienes en la otra vida, y nos muestra medios tan seguros y fáciles de conseguirlos, y nosotros no parece que conozcamos todo esto sino para convertirlo en objeto de un cierto desprecio y chanza de mal gusto…  ¡En qué abismo de ceguera hemos caído!  Una religión  que no cesa nunca  de  advertirnos  que  debemos  trabajar  sin  descanso en  corregir  nuestros defectos,  y  nosotros,  lejos  de  hacerlo  así,  yendo  en  busca  de  todo  lo  que  puede enardecer nuestras pasiones; una religión  que nos advierte que no hemos de obrar sino por Dios, y siempre con la intención de agradarle,  y nosotros, no teniendo en nuestras obras más que miras humanas, queriendo siempre que el mundo sea testigo del bien que hacemos, que nos aplauda y felicite por ello. ¡Oh!, Dios mío! ¡ qué ceguera y qué pobreza la  nuestra!.  ¡Y pensar  que  podríamos  allegar  tantos  tesoros  para  el  cielo,  con  sólo portarnos según las reglas que nos da nuestra religión santa!

 

Pero escuchad todavía cómo los enemigos de nuestra santa y divina religión nos abruman con sus reproches: decís  vosotros  que vuestro Jesús;  a quien  consideráis como  vuestro Salvador, os asegura que mirará como hecho a sí propio todo cuanto hiciereis por vuestro hermano;  ésta es una de vuestras creencias, por cierto, muy hermosa. Pero, si esto es así como vosotros nos decís, ¿es que no lo creéis sino para insultar al mismo Jesucristo? es que no lo creéis sino para maltratarle y ultrajarle de la manera más cruel en la persona de vuestro prójimo?  Según vuestros principios,  las menores faltas contra la caridad han de ser consideradas como  otros  tantos  ultrajes  hechos a Jesucristo.  Pero entonces,  decid, cristianos,  ¿qué  nombre   daremos  a  esas maledicencias,  a  esas calumnias,  a  esas venganzas, a esos odios con que os devoráis los unos a los otros?. He aquí que vosotros sois mil veces más culpables con la persona de Jesucristo, que los mismos judíos a quienes echáis en  cara  su  muerte.  No;  las acciones  de  los  pueblos  más  bárbaros  contra  la humanidad  nada son comparadas con lo que todos los días hacemos nosotros contra los principios dé la caridad cristiana. Aquí tenéis una parte de los reproches que nos echan en rostro los enemigos de nuestra santa religión.

 

No me siento  con fuerzas  para proseguir  tan triste es esto y deshonroso  para nuestra santa religión,  tan hermosa, tan consoladora, tan capaz de hacernos felices, aun en este mundo,  mientras nos prepara una dicha infinita para la eternidad. Y si esos reproches son ya tan humillantes para un cristiano cuando no salen más que de boca de los hombres, dejo a vuestra consideración qué será cuando tengamos la desventura de oírlos de boca del mismo  Jesucristo,  al comparecer  delante de Él, para darle cuenta de las obras que nuestra fe debiera haber producido  en nosotros. Miserable cristiano -nos dirá Jesucristo (Mat.11. 24)- ¿dónde están los frutos de la fe con que yo había enriquecido  tu alma?.

¿De aquella  fe en la cual viviste y cuyo Símbolo  rezabas todos  los días?.  Me  habías tomado por  tu Salvador  y tu modelo.  He aquí  mis lágrimas y mis penitencias;  ¿dónde están las tuyas?. ¿Qué fruto sacaste de mi sangre adorable, que hacía manar sobre ti por mis  Sacramentos?  ¿De  qué  te  ha  servido  esta  cruz,  ante  la  cual  tantas  veces te prosternaste?.  ¿Qué  semejanza  hay  entré  tú  y  Yo?.  ¿Qué  hay  de  común  entre  tus penitencias y las mías?, ¿entre tu vida y mi vida?. ¡Ah, miserable! Dame cuenta de todo el bien que esta fe hubiera producido  en ti, si hubieses tenida la dicha de hacerla fructificar. Ven, depositario infiel e indolente, dame cuenta de esta fe preciosa e inestimable,  que

podía y debía haberte producido  riquezas eternas, si no la hubieses indignamente ligado con una vida toda carnal y pagana. ¡Mira, desgraciado, qué semejanza hay entre tú y Yo! Considera mi Evangelio, considera tu fe. Considera mi humildad  y mi anonadamiento, y considera tu orgullo,  tu ambición y tu vanidad. Mira tu avaricia, y mi desasimiento de las cosas de este mundo.  Compara  tu dureza con los pobres  y el desprecio que  de ellos tuviste, con mi caridad y mi amor; tus destemplanzas, con mis ayunos y mortificaciones; tu frialdad y todas tus irreverencias en el templo, tus profanaciones, tus sacrilegios y los escándalos que diste a mis hijos, todas las almas que perdiste, con los dolores y tormentos que por salvarlas yo pasé. Si tu fuiste la causa de que mis enemigos blasfemasen de mi santo Nombre, yo sabré castigarlos a ellos como merecen; pero a ti quiero hacerte probar todo el rigor  de mi  justicia.  Sí  -nos dice Jesucristo-(S.  Mat. 11,24),  los moradores  de Sodoma y de Gomorra  serán tratados con menos severidad que este pueblo desdichado, a quien tantas gracias concedí, y para quien mis luces, mis favores y todos mis beneficios fueron inútiles, pagándome con la más negra ingratitud.

 

Sí,  los  malvados  maldecirán  eternamente  el  día  en  que  recibieron  el  bautismo,  los pastores  que los instruyeron,  los Sacramentos  que les fueron administrados.  ¡Ay!  ¿Que digo?  este  confesonario, este comulgatorio, estas sagradas fuentes, este púlpito, este altar, esta cruz, este Evangelio, o para que lo entendáis mejor, todo lo que ha sido objeto de su fe, será objeto de sus imprecaciones, de sus maldiciones, de sus blasfemias y de su desesperación eterna. ¡Oh, Dios mio! ¡qué vergüenza y qué desgracia para un cristiano, no haber sido cristiano sino para mejor  condenarse y para mejor  hacer sufrir a un Dios que no quería sino su eterna felicidad, a un Dios que nada perdonó para ello, que dejo el seno de su Padre, y vino a la tierra a vestirse de nuestra carne, y pasó toda su vida en el sufrimiento y las lágrimas , y murió en la cruz para salvarle! Dios no ha cesado, se dirá el mísero,  de perseguirme  con tantos  buenos pensamientos,  con tantas  instrucciones  de parte de  mis  pastores,  con  tantos  remordimientos  de  mi  conciencia.  Después de  mi pecado, se me ha dado a sí mismo para servirme de modelo; ¿qué más podía hacer para procurarme  el cielo? Nada, no, nada más; si hubiese yo querido,  todo esto me hubiera servido para ganar  el cielo,  que  no  es ya para mi.  Volvamos de nuestros  extravíos,  y tratemos de obrar mejor que hasta el presente.

 

 

 

 

 

San Juan  María Vianney (Cura de Ars).


Jesús a sus Sacerdotes


Dice Jesús:

«Es doloroso dictar, escribir, leer esta página. Pero es la verdad y hay que decirla. Escribe. Es para los sacerdotes.

Se acusa  mucho a los fieles de ser  poco fieles y muy  tibios. Se acusa mucho a los hombres de no tener caridad, ni pureza, ni desape­ go por las riquezas,  ni espíritu  de fe. Mas, así como los hijos, salvo raras  excepciones, son como les forman los padres (no tanto con las represiones cuanto  con el ejemplo), también  los fieles son, salvo las excepciones siempre presentes, tal como les forman los sacerdotes, no tanto con las palabras cuanto con el ejemplo.

Las iglesias, esparcidas en medio de las casas de los hombres, deberían ser como un faro y un centro de purificación. De ellas debería emanar  una luz dulce y potente,  penetrante y atrayente  que, como sucede con la luz del día, penetrara, a pesar de todas las barreras, en los corazones.

Imaginad  un hermoso día de verano. Una luz radiante  emana del sol y abraza la tierra. Es tan potente e invencible que aun en el cuar­ to más cerrado  la oscuridad  nunca  es completa.  Siempre  habrá  en ese cuarto un rayo sutil como el cabello de un niño, un punto tembloroso sobre la pared, un polvillo de oro que danza en el aire, para testimoniar que afuera brilla el refulgente sol de Dios.

Del mismo modo, si de las iglesias esparcidas entre las casas se di­ fundiera una “luz” igual a la que Yo os he indicado como vuestro sig­no, ¡oh, sacerdotes  a quienes denomino “luz del mundo” !(os llamé así cuando  os creé)!, aun en los corazones más cerradbs  penetraría una hebra,  un punto,  un polvillo de luz, lo suficiente  para recordar

que en el mundo existe “una  Luz“, lo suficiente para  engendrar  en los corazones hambre de luz, de “esa Luz”.

Mas, ¿cuántas son las Iglesias de las que emana una luz tan viva que es capaz de forzar las puertas cerradas de los corazones y pene­trar  en ellos para llevarles a Dios, a Dios que es Luz? Mas, ¿cuántos sois vosotros, los párrocos y clérigos; vosotros, los sacerdotes y mon­jes; vosotros, todos los que Yo he designado para  que fuerais porta­dores de Mí hacia los corazones; cuántos de vosotros, las almas de la iglesia, estáis inflamados por la Caridad hasta tal punto que lográis vencer el hielo de las almas  y llevar  al corazón  de los hombres el amor de Dios y el amor a Dios, a Dios que es Caridad?

Los dolores de los hombres son diversos de los vuestros. O, al me­nos, los vuestros deberían ser diversos, porque tendrían  que consistir en las penas provocadas en el celo hacia vuestro Señor Dios, que no es amado lo bastante;  provocadas por los fieles que se pierden; por los pecadores que no se convierten. Sólo éstos, no otros, deberían ser vuestros dolores porque, al llamaros, no os asigné una mansión, una mesa, una fortuna,  una familia, sino una cruz, mi Cruz, ésa en la que perecí desnudo; ésa en la que expiré solo; ésa a la que subí despojado de todo, despojado hasta de mi pobreza, que era riqueza comparada con mi miseria de ajusticiado  al que sólo le queda el patíbulo  hecho con poca madera y tres clavos, y un puñado de espinas entrelazadas formando una corona. Esto lo recuerdo para decirles a todos  y a vo­sotros en particular  que las almas se salvan con el sacrificio, con la generosidad en el sacrificio llevado hasta el despojo total, absoluto, de los afectos, de las comodidades, de lo necesario, de la vida.

En cambio los hombres, acosados por sus dolores  ¡y sólo Yo sé cuántos son!, tendrían  que poder mirar hacia su iglesia como a una madre en cuyo regazo se va a llorar y a escuchar ,palabras de consue­lo tras  haberle  narrado  las propias angustias,  con la certeza de ser  escuchados y comprendidos. En los momentos en que les envuelven las tinieblas provocadas por tantas causas no siempre originadas en su voluntad  sino impuestas por voluntad  ajena, por un complejo de circunstancias que les inducen a creer en el error o a dudar de Dios los hombres tendrían  que encontraros  a vosotros, los portadores  de luz, de mi luz; a vosotros, los piadosos como el samaritanos ; a voso­tros, que sois maestros  como vuestro  Maestro; a  vosotros, que sois padres como vuestro Padre.

La Tierra, corrompida por tantas cosas, fermenta como un cuerpo que se pudre y contamina las almas con su hedor de pecado. Mas, si las iglesias esparcidas entre las casas fueran  incensarios en los que un sacerdote vive ardiendo y se inflama amando, el hedor del mundo quedaría  equilibrado  por el perfume de Dios, que emana del corazónde los sacerdotes que viven en total “fusión”  con Dios, anulados en Dios hasta ser únicamente semejantes a Mí, Dios, que estoy en el Sa­cramento a disposición del hombre en todo momento, sin desfalleci­mientos,  sin soberbias,  sin resistencias;  entonces,  los corazones se purificarían.

Los sacerdotes que son así, es decir, perfectos, son como el sol. As­piran las almas hacia el Cielo como si fueran gotas de agua y las pu­rifican en la atmósfera celeste para ser luego como nubes que se di­suelven blandamente en benéfico rocío, de noche, recatadamente, pa­ra llevar refrigerio a las heridas y las quemazones de los corazones, pobres flores heridas por tantas cosas.

Aspiran, atraen a : para ello es necesario tener una fuerza muy grande.  Sólo el amor vivísimo  hacia el Señor  y hacia los hermanos puede dárosla. Si lo queréis, permaneciendo  firmes en Dios y en lo alto, muy en lo alto respecto a la tierra,  vosotros podéis atraer las al­ mas a vosotros, o sea a Dios, en quien vivís. Es una operación que re­quiere generosidad y constancia. Hasta un parpadear  debe servir pa­ra este fin. Todas vuestras acciones deben proponerse esta meta. Hay miradas  que pueden convertir  un corazón,  si en tales miradas res­plandece Dios. Disolverse: sacrificarse, de todas  las maneras,  recatadamente,llevando  a las almas abrasadas  el refrigerio  celeste, que. se difunde tan dulcemente que ellas no saben cuándo les ha llegado; aunque se encuentran regadas por él. Tal como lo hace el rocío que, silencioso y púdico, desciende mientras todo reposa: los hombres, los animales y  las flores; limpia el aire de las impurezas del día, sacia la sed de los tallos y las frondas y los cubre de perlas. Sacrificio, más y más sacrificio, ¡oh, sacerdotes!  Plegaria, más y más plegaria, ¡oh, pastores!

Os he llamado  pastores  No os he llamado “solitarios”  ni tampo­co “capitanes”. El solitario  vive por su cuenta. El capitán  marcha a la cabeza de los suyos. En cambio, el “pastor” está en medio de su re­ baño y lo guarda. No se aísla, porque el rebaño se dispersaría.  No ca­ mina a la cabeza de él, porque las ovejas distraídas quedarían reza­ gadas en el camino y a la merced de los lobos y los ladrones.

Si no es un enajenado,  el pastor vive en medio  de su rebaño, lo llama, lo reúne, va incansablemente  de un extremo al otro del mismo, lo precede en los puntos difíciles, es el primero en tantear las dificul­tades, las allana  en lo posible, se afana por hacer seguros los tramos dificultosos,  luego permanece en el punto más arduo para controlar el paso de sus ovejillas y si ve alguna temerosa o débil, se la pone so­bre los hombros y la lleva más allá del punto peligroso; si aparece el lobo, no huye: al contrario, se arroja sobre él, poniéndose delante de sus ovejas, y las defiende, aun a costa de morir por salvarlas.  Se in­ mola por ellas, para saciar el hambre de la fiera, de tal modo que ésta no sienta  ya la necesidad de devorar. ¡Cuántas  fieras  acechan a las almas!  El pastor  no pierde tiempo en inútiles  diálogos con los que pasan, no se distrae con cosas que no le competen. Se ocupa de sure­ baño y nada más.

Ahora poned atención. ¿No parece estar leyendo el capítulo  8° de Ezequiel?

Primer ídolo: los celos.

Tendríais que ser caridad,  ¿no es verdad? Tendríais que ser cari­ dad para inducir a otros a la caridad.  Y, en cambio, ¿qué sois? Tenéis celos el uno del otro. Os ofendéis si un laico os critica.  Mas, ¿no os criticáis recíprocamente y, a menudo, injustamente? El superior critica a los inferiores. El inferior critica a los superiores. Tenéis celos si uno de vosotros se destaca, si uno de vosotros tiene éxito, si uno de vosotros se enriquece. Es más: esto, que tendría que horrorizaras, es lo que más os apetece. ¿Acaso era rico Yo, el Sacerdote  eterno? Sed perfectos y os notarán  y alabarán,  aun cuando tendría que interesaros sólo la alabanza de vuestro  Dios. Sed perfectos y alcanzaréis  el único fin digno de vuestro hábito: el de llevar almas a Dios. 

Segundo  ídolo, o mejor, numerosos ídolos: las diversas herejías que en vosotros sustituyen el culto que deberíais practicar.

También vosotros,  como los setenta  ancianos  que nombra  Eze­quiel\  incensáis a los ídolos, cada uno al que prefiere. Y lo hacéis en la oscuridad, esperando que los ojos del hombre no os vean. Pero os ven. Y le escandalizáis.  Porque los fieles, y los hombres en general, son como los niños que, aunque parezca que no observan, no pierden nunca de vista ni de oídos a los mayores.

Mas, ¿es que no sabéis  que,  aun  cuando  el hombre no os viera, Dios os ve? Y entonces, ¿por qué esparcís vuestro incienso ante el po­ der del oro o ante el poder del hombre? ¿Es que acaso no veo desde lo alto de mi trono que demasiados sacerdotes míos ocupan su tiempo ese tiempo que Yo les otorgo para que lo empleen en la propia misión sacerdotal dedicándose a tratos humanos, aptos para aumentar su bienestar? Sí, lo veo. ¿Es que acaso no observo  y, al hacerlo, mi co­razón siente un profundo disgusto  que demasiados sacerdotes míos abjuran mi Ley para obedecer a la ley de hombres desgraciados, por­que así esperan obtener honores y ganancias? Sí, lo veo.

¡Oh, sacerdotes politicastros!  ¡Sois los miembros del Sanedrín  de hoy! Mas, recordad cuál fue el final del Sanedrín,  precisamente por obra de aquéllos a cuyos pies habían prosternado su conciencia y vio­lado mi Ley. Y no os digo nada más. Todo esto os acaeció por parte de los hombres.  Lo demás os llegará después,  por el Juez eterno  y justo.

Tercer ídolo: la sensualidad.

Sí, veo también esto. Y no agrego nada más por respeto hacia mi “portavoz”. Mas, que cada uno de vosotros se examine para compro­bar si en lugar de las únicas criaturas femeninas que le es permitido a un sacerdote recordar con amor es decir, mi Madre y la propia , no existe una diosa pagana. Recordad que me tocáis, que me recibís. Nada más. No pongáis al Purísimo en contacto con una carne man­ chada por la lujuria.

Cuarto ídolo: la adoración del oriente.

Las sectas. Sí, veo también esto. ¿Y no tendría que mirar con des­dén a muchos de vosotros y dirigir a muchos las invectivas que dirigía los fariseos y a los doctores de mi época? ¿Y no tendría  que suscitar “luces” entre los laicos que me aman como muchos de vosotros no me aman, por piedad hacia las almas que dejáis en el hielo, en la oscuridad,  en la impureza, hacia las almas para las que no sois un camino hacia Dios, sino un sendero que lleva hacia abajo? ¿Cómo osáis repetir  mi Palabra  y predicar  mi Ley cuando dicha Palabra  y dicha Ley son una condena para vosotros? El que es puro, que sea aún más puro; el que no es puro, que se purifique.

La humanidad se encuentra  ante  una  gran  encrucijada. De allí parten dos caminos: uno sube y lleva a Dios; el otro baja y conduce a Satanás. En la encrucijada  hay una piedra.  Sois vosotros. Si hacéis de vosotros un baluarte  y un estímulo hacia el primer camino, Sata­nás no irrumpirá y las almas serán impulsadas  hacia  Dios. Mas, si sois vosotros  los primeros  en rodar  por la pendiente  de Satanás, arrastraréis a la humanidad, con anticipación, hacia los horrores del  Anticristo.

Y si éste debe venir, ¡ay de los que anticipan su venida y la prolongan!, porque él cesará de existir a la hora eterna fijada y cuanto más largo sea el tiempo  de su permanencia, mayor será el número de las almas que se perderán. Mas, recordáoslo: ni siquiera una de ellas de­ jará de ser vengada, pues si vuestro Dios ve hasta el pájaro que mue­re, ¿cómo puede no ver un alma que muere? A sus asesinos, quienes­ quiera que sean, exigiré la razón y decretaré mi condena».


El Rebaño


EL REBAÑO


El Rebaño


EL REBAÑO

Las ovejas se quedaron sin pastor. Y estaban tristes, todo  lo tristes que puedan estar unas ovejas. Unas se apiñaban junto  a la cerca,sorbiendo lagrimas bajito  y entrecortado; otras deambulaban por el patio con ojos dilatados  de sorpresa permanente; había quienes balaban furiosas contra no se sabe qué. Y  también estaban las otras, pocas pero contentas, declaradas a sí mismas vencedoras de otro  no se sabe qué.

El pastor se lo dijo al rebaño hace unos pocos días. Las llevó a pastar donde siempre, las acompañó  con su eterna sonrisa, y cuando hubieron saciado su hambre, les dijo que se marchaba,que le mandaban  a otro  rebaño. Así. De repente. Y tampoco  les comentó mucho más. Sois un gran rebaño, permaneced unidas, este día tenía que llegar… Palabras que llegaban a través de una niebla que se pegaba a .los ojos y que hacia sordina en los oídos. El pastor se iba. Se iba. De repente, comían tranquilas y, de repente, el suelo se estremecía bajo sus patas.

No era la primera vez ni sería la última. Ya tuvieron otros pastores: todos cuidaron del rebaño, y les procuraron alimento. Todos las contaban a la salida y a la entrada, y se preocupaban de que ninguna cayera enferma, o se perdiera, o tuviera  un accidente; sacaban adelante  a las pequeñas,  rendían cuentas por su trabajo… Son las tareas de un buen pastor. Pero ya lo sabe el rebaño: los hay que tratan a las ovejas como ovejas, y quienes las tratan como algo más.

El pastor era de éstos últimos. Su amor, su pasión por su oficio le obligaba a ir más allá. Sus palabras, sus gestos, sus herramientas, sus miradas… eran todas medidas, sopesadas, planificadas  para glorificar su trabajo y llevarlo  a su más alta cota. Como si el ser pastor fuera el trabajo  más importante y delicado del mundo.

Siempre hablaba sonriente al rebaño,siempre intentaba que entendiera. De dónde provenía el rebaño, porque  pastaban en un sitio y no en otro, cuanto debían amarse y protegerse…  El pastor sabía esas cosas y muchísimas otras. Y casi todas las ovejas, por la forma  en que ladeaban la cabeza cuando hablaba, parecía que le entendían.

Y el rebaño cambió con el tiempo. Varias ovejas que vagaban por los bosques solitarias se les unieron, y otras más que rondaban los campos vecinos también; y otras que no querían salir del cercado se animaron a subir a pastar y escuchar al pastor. Y el pastor les quería llevar a otros sitios,y hablarles de otras cosas. No parecía tener fin en su oficio, de tanta ilusión que le ponía. Y esa ilusión la transmitió plenamente a las ovejas.

Menos a las otras. iAy las otras! Las hay en todos los rebaños, y sólo escuchan su propio balido.  Ni falta les hace pastor que las guíe y les hable, ni cerca que las proteja, ni nada. Van y vienen según el día. Rebaño a la izquierda, ellas a la derecha; todas trasquiladas, ellas lanosas. Quieren ser pastores,o gansas, o cualquier  cosa menos ovejas.

Y hay pastores que miran hacia otro lado, no vayan a espantarse y se vayan al bosque. O les dejan dormir en la gran casa del jefe no despierten a todo el mundo  con sus quejicosos

balidos. Pero este pastor nunca permitió esos desafíos, nunca les dejó ser más que el resto del rebaño.

Eso sí, cuando viene la época de  tormentas, esas otras pocas ovejas se pegan muy cerquita  de la falda del pastor, y tiemblan. ¿y qué hace el rebaño? Bueno, el rebaño son todas al fin y al cabo, unas y otras… El rebaño es uno en las tormentas.

Pero el pastor ya se fue. Y ahí queda el rebaño en el redil, unas desconfiadas, otras enfadadas, otras perplejas… Casi todas tristes, y todas miran al horizonte esperando  al nuevo pastor que les lleve a saciarse en los prados.

No hay un pastor igual a otro. Así debe ser, porque  así son. Pero el último pastor será para muchas y para siempre el pastor. Su recuerdo, sus palabras, su sonrisa, sus bromas, su buen hacer durará para siempre en la memoria de esas ovejas.

Porque siempre que estemos pastando, dondequiera que se nos lleve, se nos escapará la mirada hacia el camino. Hacia atrás. Deseando con toda la fuerza de nuestro  alma que la pequeña figura de nuestro pastor suba hacia nosotros, nos ahogue de alegría con su sonrisa y nos susurre todas esas bellas palabras que se nos ha quitado.

Porque le amamos.

Buen Pastor

Y  también estaban las otras, pocas pero contentas, declaradas a sí mismas vencedoras de otro  no se sabe qué.

El pastor se lo dijo al rebaño hace unos pocos días. Las llevó a pastar donde siempre, las acompañó  con su eterna sonrisa, y cuando hubieron saciado su hambre, les dijo que se marchaba,que le mandaban  a otro  rebaño. Así. De repente. Y tampoco  les comentó mucho más. Sois un gran rebaño, permaneced unidas, este día tenía que llegar… Palabras que llegaban a través de una niebla que se pegaba a .los ojos y que hacia sordina en los oídos. El pastor se iba. Se iba. De repente, comían tranquilas y, de repente, el suelo se estremecía bajo sus patas.

No era la primera vez ni sería la última. Ya tuvieron otros pastores: todos cuidaron del rebaño, y les procuraron alimento. Todos las contaban a la salida y a la entrada, y se preocupaban de que ninguna cayera enferma, o se perdiera, o tuviera  un accidente; sacaban adelante  a las pequeñas,  rendían cuentas por su trabajo… Son las tareas de un buen pastor. Pero ya lo sabe el rebaño: los hay que tratan a las ovejas como ovejas, y quienes las tratan como algo más.

El pastor era de éstos últimos. Su amor, su pasión por su oficio le obligaba a ir más allá. Sus palabras, sus gestos, sus herramientas, sus miradas… eran todas medidas, sopesadas, planificadas  para glorificar su trabajo y llevarlo  a su más alta cota. Como si el ser pastor fuera el trabajo  más importante y delicado del mundo.

Siempre hablaba sonriente al rebaño,siempre intentaba que entendiera. De dónde provenía el rebaño, porque  pastaban en un sitio y no en otro, cuanto debían amarse y protegerse…  El pastor sabía esas cosas y muchísimas otras. Y casi todas las ovejas, por la forma  en que ladeaban la cabeza cuando hablaba, parecía que le entendían.

Y el rebaño cambió con el tiempo. Varias ovejas que vagaban por los bosques solitarias se les unieron, y otras más que rondaban los campos vecinos también; y otras que no querían salir del cercado se animaron a subir a pastar y escuchar al pastor. Y el pastor les quería llevar a otros sitios,y hablarles de otras cosas. No parecía tener fin en su oficio, de tanta ilusión que le ponía. Y esa ilusión la transmitió plenamente a las ovejas.

Menos a las otras. iAy las otras! Las hay en todos los rebaños, y sólo escuchan su propio balido.  Ni falta les hace pastor que las guíe y les hable, ni cerca que las proteja, ni nada. Van y vienen según el día. Rebaño a la izquierda, ellas a la derecha; todas trasquiladas, ellas lanosas. Quieren ser pastores,o gansas, o cualquier  cosa menos ovejas.

Y hay pastores que miran hacia otro lado, no vayan a espantarse y se vayan al bosque. O les dejan dormir en la gran casa del jefe no despierten a todo el mundo  con sus quejicosos

balidos. Pero este pastor nunca permitió esos desafíos, nunca les dejó ser más que el resto del rebaño.

Eso sí, cuando viene la época de  tormentas, esas otras pocas ovejas se pegan muy cerquita  de la falda del pastor, y tiemblan. ¿y qué hace el rebaño? Bueno, el rebaño son todas al fin y al cabo, unas y otras… El rebaño es uno en las tormentas.

Pero el pastor ya se fue. Y ahí queda el rebaño en el redil, unas desconfiadas, otras enfadadas, otras perplejas… Casi todas tristes, y todas miran al horizonte esperando  al nuevo pastor que les lleve a saciarse en los prados.

No hay un pastor igual a otro. Así debe ser, porque  así son. Pero el último pastor será para muchas y para siempre el pastor. Su recuerdo, sus palabras, su sonrisa, sus bromas, su buen hacer durará para siempre en la memoria de esas ovejas.

Porque siempre que estemos pastando, dondequiera que se nos lleve, se nos escapará la mirada hacia el camino. Hacia atrás. Deseando con toda la fuerza de nuestro  alma que la pequeña figura de nuestro pastor suba hacia nosotros, nos ahogue de alegría con su sonrisa y nos susurre todas esas bellas palabras que se nos ha quitado.

Porque le amamos.

Buen Pastor

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Homilía:

¿No sabéis que la amistad con este mundo es enemistad con Dios?

Padre Alfonso Gálvez

Domingo después de la Ascensión
(Jn 16: 5-14)
“Se acerca la hora de que quien nos dé muerte piense que está haciendo un servicio a Dios”
“¿No sabéis que la amistad con este mundo es enemistad con Dios?”

Debido a la gran cantidad de doctrinas que se ofrecen hoy día como cristianas, lo mejor es atenerse a Cristo para así evitar la confusión e incluso la pérdida de fe. El Señor nos dice en el discurso de la Última Cena que el Espíritu Santo daría testimonio de Él. Hoy día el Espíritu Santo tiene tantas cosas que hacer que no tiene tiempo de dar testimonio de Cristo. Cuando no está convocando un concilio, está inspirando al carismático de turno…, cualquier otra cosa, salvo dar testimonio de Cristo. La misión del Espíritu Santo consistiría en recordarnos la palabras de Cristo y darnos fuerzas para poderlas poner en práctica. Él ha de configurar a Cristo en nosotros. Cristo es el eje básico en la Iglesia: “Sin mí, no podéis hacer nada”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, “sin mí no podéis ir al Padre”. Todo esto se ha olvidado en la predicación de hoy. Hoy día se habla de “ecología”, “fenómenos ambientales”, “la paz mundana”. Si no se pone a Cristo como punto central de la predicación, todo lo demás es inútil. ¿De qué vale tener las mejores piezas para fabricar un coche si olvidamos el motor? Sin el motor, el coche no arranca.
Y no digamos, cuando lo que se enseña es contrario a lo que Cristo nos dijo.Y todo esto comenzó cuando empezó a decirse que la Iglesia tenía que abrirse al mundo, y no ser diferente del mundo; para así no aparecer como obsoleta, anticuada e inservible para el hombre de hoy. Esta “apertura” condujo a un cambio de doctrina. Ya no había de condenar errores. Si la Iglesia no hubiera condenado los errores en el pasado ya habría desaparecido. Es lo mismo que un médico, si no cura una enfermedad que es mortal, el enfermo se muere.

Esta “inquietud” de abrirse al mundo y de que la Iglesia se “adapte” al mundo es intrínsecamente imposible, pues la Iglesia, de suyo, es opuesta al mundo. Como nos dice el apóstol Santiago (4,4): “Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad con este mundo es enemistad con Dios?”. Los discípulos de Cristo siguen los criterios del mundo; es más, las enseñanzas de Cristo son en muchas ocasiones totalmente contrarias al mundo. Si la Iglesia intenta ser amiga del mundo, el mundo la destruirá. La Iglesia es militante, lucha contra este mundo; por eso, predicar “abrirse” al mundo es contrario a lo que Cristo nos enseña. “Padre, yo no ruego por este mundo, sino por aquellos que tú me has dado”…
El Señor hace también en este evangelio una descripción de lo que será la vida del cristiano: “Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas (hoy, templos); más aún, se acerca la hora de que quien nos dé muerte piense que está haciendo un servicio a Dios”…

Adelante con la fe