El Rebaño


EL REBAÑO

Las ovejas se quedaron sin pastor. Y estaban tristes, todo  lo tristes que puedan estar unas ovejas. Unas se apiñaban junto  a la cerca,sorbiendo lagrimas bajito  y entrecortado; otras deambulaban por el patio con ojos dilatados  de sorpresa permanente; había quienes balaban furiosas contra no se sabe qué. Y  también estaban las otras, pocas pero contentas, declaradas a sí mismas vencedoras de otro  no se sabe qué.

El pastor se lo dijo al rebaño hace unos pocos días. Las llevó a pastar donde siempre, las acompañó  con su eterna sonrisa, y cuando hubieron saciado su hambre, les dijo que se marchaba,que le mandaban  a otro  rebaño. Así. De repente. Y tampoco  les comentó mucho más. Sois un gran rebaño, permaneced unidas, este día tenía que llegar… Palabras que llegaban a través de una niebla que se pegaba a .los ojos y que hacia sordina en los oídos. El pastor se iba. Se iba. De repente, comían tranquilas y, de repente, el suelo se estremecía bajo sus patas.

No era la primera vez ni sería la última. Ya tuvieron otros pastores: todos cuidaron del rebaño, y les procuraron alimento. Todos las contaban a la salida y a la entrada, y se preocupaban de que ninguna cayera enferma, o se perdiera, o tuviera  un accidente; sacaban adelante  a las pequeñas,  rendían cuentas por su trabajo… Son las tareas de un buen pastor. Pero ya lo sabe el rebaño: los hay que tratan a las ovejas como ovejas, y quienes las tratan como algo más.

El pastor era de éstos últimos. Su amor, su pasión por su oficio le obligaba a ir más allá. Sus palabras, sus gestos, sus herramientas, sus miradas… eran todas medidas, sopesadas, planificadas  para glorificar su trabajo y llevarlo  a su más alta cota. Como si el ser pastor fuera el trabajo  más importante y delicado del mundo.

Siempre hablaba sonriente al rebaño,siempre intentaba que entendiera. De dónde provenía el rebaño, porque  pastaban en un sitio y no en otro, cuanto debían amarse y protegerse…  El pastor sabía esas cosas y muchísimas otras. Y casi todas las ovejas, por la forma  en que ladeaban la cabeza cuando hablaba, parecía que le entendían.

Y el rebaño cambió con el tiempo. Varias ovejas que vagaban por los bosques solitarias se les unieron, y otras más que rondaban los campos vecinos también; y otras que no querían salir del cercado se animaron a subir a pastar y escuchar al pastor. Y el pastor les quería llevar a otros sitios,y hablarles de otras cosas. No parecía tener fin en su oficio, de tanta ilusión que le ponía. Y esa ilusión la transmitió plenamente a las ovejas.

Menos a las otras. iAy las otras! Las hay en todos los rebaños, y sólo escuchan su propio balido.  Ni falta les hace pastor que las guíe y les hable, ni cerca que las proteja, ni nada. Van y vienen según el día. Rebaño a la izquierda, ellas a la derecha; todas trasquiladas, ellas lanosas. Quieren ser pastores,o gansas, o cualquier  cosa menos ovejas.

Y hay pastores que miran hacia otro lado, no vayan a espantarse y se vayan al bosque. O les dejan dormir en la gran casa del jefe no despierten a todo el mundo  con sus quejicosos

balidos. Pero este pastor nunca permitió esos desafíos, nunca les dejó ser más que el resto del rebaño.

Eso sí, cuando viene la época de  tormentas, esas otras pocas ovejas se pegan muy cerquita  de la falda del pastor, y tiemblan. ¿y qué hace el rebaño? Bueno, el rebaño son todas al fin y al cabo, unas y otras… El rebaño es uno en las tormentas.

Pero el pastor ya se fue. Y ahí queda el rebaño en el redil, unas desconfiadas, otras enfadadas, otras perplejas… Casi todas tristes, y todas miran al horizonte esperando  al nuevo pastor que les lleve a saciarse en los prados.

No hay un pastor igual a otro. Así debe ser, porque  así son. Pero el último pastor será para muchas y para siempre el pastor. Su recuerdo, sus palabras, su sonrisa, sus bromas, su buen hacer durará para siempre en la memoria de esas ovejas.

Porque siempre que estemos pastando, dondequiera que se nos lleve, se nos escapará la mirada hacia el camino. Hacia atrás. Deseando con toda la fuerza de nuestro  alma que la pequeña figura de nuestro pastor suba hacia nosotros, nos ahogue de alegría con su sonrisa y nos susurre todas esas bellas palabras que se nos ha quitado.

Porque le amamos.

Buen Pastor