En una de las últimas audiencias del Santo Padre, escuchábamos como decía desde la Plaza de San Pedro, “No ir a visitar a tus padres ancianos, es pecado mortal”. Nuestro actual Papa, es un hombre mediático, sus palabras no dejan indiferentes y resulta curioso, como incluso a muchas personas les parece que lanza un mensaje nuevo o distinto a sus antecesores. Sin embargo, los pecados no cambian en función de los Pontífices, más bien los que cambiamos somos nosotros, que vamos a peor y nos tienen que recordar, hasta lo básico.

¿Quién abandonaba hace años a sus ancianos en una residencia geriátrica y se olvidaba de ellos, como cuando bajamos la basura al contenedor y la dejamos para que la recojan los servicios de limpieza? Contesten Vds. en su interior, eso, antes, era impensable. Se respetaba a nuestros padres, a nuestros abuelos y ellos eran un pilar fundamental: Familia Católica.

Desde el momento en que el concepto de familia empieza a desaparecer o a tergiversarse, es normal que lleguemos a lo que está sucediendo hoy en día. La familia como tal, está en vías de desaparición, se considera normal la unión de personas del mismo sexo, los amancebamientos y demás. Hay que tratar todo con normalidad, si tu hijo se presenta con su pareja por la puerta, hay que sonreírles, invitarles al café y si es necesario pagarles el alquiler del piso, ya que están sin trabajo. No obstante, cuando hablas de llevar al abuelo para casa porque ya no se vale por si mismo, esas mismas voces que hablan de derechos y deberes, te dicen que lo lleves a una residencia, que es un estorbo. ANCIANO=ESTORBO.

La pregunta es ¿A qué pecado se refiere el Papa Francisco? Sin lugar a dudas, al cuarto mandamiento “honrarás a tu padre y a tu madre”. No es que sea un pecado nuevo, es que a veces, necesitamos que nos digan exactamente de que se está hablando, porque algunos creen que los mandamientos o se amplían o se cambian al gusto del Papa actual y en absoluto es así, es lo mismo de siempre. El pecado no varía, es el hombre el que se aleja de Dios.

A lo largo de la semana, en las Iglesias, me encuentro personas mayores, solas, sentadas en el banco, llorando, buscando el consuelo de Nuestro Señor…sus hijos, sus nietos, sus sobrinos, ni si quiera los llaman por teléfono, ni una palabra en toda la semana. Después vamos de Católicos de bandera los Domingos. A poco que le preguntes a estas personas que le sucede, te cuentan su vida y el por qué de su tristeza. Se resume en  una palabra: “abandono”. Después nos vienen hablando de los derechos de los animales, pero a las personas, como si les pegas una patada y las mandas a la luna. Curiosamente el otro día en Madrid, veía un restaurante para perros…Ya ven Vds. tratamos al chucho como un milord y al abuelo, que se cocine su sopa, si puede y sino, ayuno, que estamos en Cuaresma.

Recuerdo hace años, una feligresa de una Iglesia en la que yo solía tocar, siempre se quedaba a esperarme para departir un rato de agradable conversación. Un día desapareció y cuando pregunté por ella, me dijeron que los hijos ya no se podían hacer cargo y la habían llevado a una residencia. Nunca más la vi, no la volvieron a traer, ni siquiera de visita. Por lo menos espero que la llevaran a una residencia religiosa, ya que para ella lo más importante era la Santa Misa.

Las residencias geriátricas están llenas de personas desasistidas por sus familias. Incluso, los más optimistas dicen, “se fue voluntariamente”, no es raro que lo hagan, viendo la patada que les van a dar, deciden coger antes la maleta.

No nos engañemos, por muy bien que estén estos sitios, no son hoteles de cinco estrellas, no obstante, si es cierto, que muchas personas están mejor atendidas que en sus hogares y en las residencias religiosas, en concreto, las “hermanas”, no sólo trabajan, sino que ven a Dios en el enfermo y en el abandonado. Se convierten en su verdadera familia, qué conjuntamente con el Capellán, suplen a la familia de sangre en su totalidad.

Es curioso, cuando yo era niña, mis abuelos, no se hacían cargo de nosotros, nuestro cuidado, estaba al cargo de nuestros padres, que en mi caso, además, trabajaban los dos, es decir, lo contrario de hoy en día, que apenas hay trabajo y se delega el cuidado de los hijos en los abuelos. Recuerdo que los fines de semana nos reuníamos con ellos y cuando mis abuelos no pudieron valerse por si mismos, vinieron a nuestra casa, con toda la naturalidad, no se planteó nada, simplemente se hizo lo que era normal, acoger a un miembro de la familia que ya no puede valerse por sí mismo. En absoluto recuerdo a mi abuela como un estorbo, al contrario, me aportó tantas enseñanzas, tantos valores, tantos silencios, tantas palabras, tantas discusiones y tantos abrazos que es imposible entender la palabra “familia”, prescindiendo de nuestros mayores. Si de verdad somos Católicos, esto es de lo que nos habla la Biblia, en el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Hoy en día, que los abuelos están, literalmente explotados, se multiplican para ser cuidadores de sus nietos, llevarlos a las actividades, al parque, al catecismo, bañarlos y vestirlos, cuando ya no sirven, se les franquea, sello en la frente y a la residencia a morirte, que en casa somos muchos y ya no pintas nada.

¡A lo que hemos llegado! ¡Qué niveles de ignorancia! Necesitamos que el Papa nos recuerde que esto es pecado, abandonar a nuestros padres, a nuestros mayores.Que pobreza espiritual la que nos acompaña a los Católicos.

Hace poco me comentaba una “Hermanita”, lo abandonados que están los ancianos, por sus familias. Resulta asombroso que vayan a ser visitados por personas a las que no conocen de nada y que desde algún grupo parroquial o por iniciativa personal, deciden compartir su tiempo con estas personas de las que nadie se acuerda. Es normal que la gente hable de la eutanasia con esa frialdad, cuando ni siquiera reconoces a un familiar que aún habla y camina. Una visita al mes de media hora, los más valientes y ya cumpliste, mero “cumplimiento”, sí: cumplo y miento.

Si cerráramos los ojos y nos imagináramos a nosotros mismos en esa silla, con nuestro cuerpo lleno de arrugas, nuestro pelo encanecido y mendigando una sonrisa a un desconocido, nos haría pensar y nos haría reflexionar sobre nuestra pobre existencia y nuestras prioridades. Nuestros padres fueron nuestros primeros educadores, nos enseñaron todo en la vida, mientras nosotros llorábamos sin cesar, con paciencia infinita nos acurrucaron en sus brazos, nos enseñaron a caminar, renunciaron a sus momentos de ocio, en muchos casos a realizarse laboralmente y nosotros, pobres miserables decimos “se quiso ir voluntariamente a la residencia, está muy bien atendido allí”. Y necesitamos que el Santo Padre nos diga que esto, es pecado, ¡Católicos de media pluma!

(Pablo VI en la Santa Misa de Canonización de Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars)

“Hoy más que nunca, en esta época de gigantescos progresos, estamos asistiendo al drama humano, a veces desolador, de tantas personas llegadas al umbral de la tercera edad y que ven aparecer a su alrededor las densas nieblas de la pobreza material o de la indiferencia, del abandono, de la soledad. Nadie mejor que vosotras, amadísimas hijas, Hermanitas de los Ancianos Desamparados, conoce lo que ocultan los pliegues recónditos de tan triste realidad. Vosotras habéis sido y sois las confidentes de esa especie de vacío interior que no pueden llenar, ni siquiera con la abundancia de recursos materiales, quienes están desprovistos y necesitados de afecto humano, de calor familiar. Vosotras habéis devuelto al rostro angustiado de personas venerables por su ancianidad, la serenidad y la alegría de experimentar de nuevo los beneficios de un hogar. Vosotras habéis sido elegidas por Dios para reiterar ante el mundo la dimensión sagrada de la vida, para repetir a la sociedad con vuestro trabajo, inspirado en el espíritu del evangelio y no en meros cálculos de eficiencia o comodidad humanas.

¡Oh! Si pudiéramos penetrar en vuestras comunidades y residencias, allí sorprenderíamos a tantas hijas de la nueva Santa que, como ella, están difundiendo caridad: caridad encerrada en un gesto de bondad, en una palabra de consuelo, en la compañía comprensiva, en el servicio incondicional, en la solidaridad que solicita de otros una ayuda para el más necesitado. Bien sabemos que vuestra entrega a los ancianos, cuyos achaques requieren de vosotras atenciones delicadas y humanamente no gratas, tienen un ideal, una pauta, un sostén: el amor a Cristo que todo lo soporta, todo lo supera, todo lo vence, hasta lo que para tantas mentalidades de hoy, empapadas de egoísmo o prisioneras del placer, es considerado una locura. Ese amor que se alimenta en la oración y que adquiere un ulterior dinamismo en la Eucaristía llevó a vuestra Santa Fundadora y os impulsa a vosotras a ver en los ancianos una mística prolongación de Cristo, a atenuar en ellos sus fatigas, sus enfermedades, sus sufrimientos, cuyo alivio repercute con cadencias de evangelio en el mismo Cristo: «a Mí me lo hicisteis». ¡Esta es la respuesta de la caridad! ¡Ese es el sentido de lo que humanamente sería inexplicable !