¿Qué es la confesión?

“Mi misericordia es más grande que todas las miserias de tu alma y las del mundo entero. Por tu alma bajé del cielo a la tie­ rra, me dejé clavar en la Cruz, y permití que mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, para así poder abrir la Fuente de mi Misericordia”

(Diario Santa Faustina, V, 80) .

“Cuando te acerques a la Confesión, sumérgete en mi Misericordia con gran confianza…  Al confesarte, debes saber que Yo mismo te espero en el confesionario, oculto en el sacer­ dote. .. Si tu confianza es grande, mi generosidad no tendrá lími ­ tes” (lbid., VI, 6) “Ningún pecado, aunque sea un abismo de corrupción agotará mi Misericordia.  Aunque el alma sea como un cadáver en plena putrefacción, y no tenga humanamente ningún remedio, ante Dios sí lo tiene”

(lbid, v, 60).

Para el Cura de Ars –se deduce de sus lecciones de catecismo– una buena confesión ha de ser humilde, sencilla, prudente y total. Hay que «evitar todas esas acusaciones inútiles, todos esos escrúpulos que hacen repetir cien veces lo mismo, que le hacen perder tiempo al confesor y ponen nerviosos a los que están esperando para confesarse». Hay que «confesar lo que es incierto como incierto, y lo que es cierto como cierto». Lo esencial es «evitar toda simulación: que vuestro corazón esté en vuestro labios. Podéis engañar a vuestro confesor, pero acordaros de que nunca engañaréis a Dios, que ve y conoce vuestros pecados mejor que vosotros». Él mismo pasaba poco tiempo con los que iban a arrodillarse ante su confesonario, para que hubiera tiempo para todos. Confesiones breves, pocas palabras. Y, sin embargo, todos los penitentes se sentían objeto de interés y solicitud especial, de una dedicación siempre atenta a aprovechar cualquier mínima apertura a la acción del Espíritu, que «como un jardinero no acaba nunca de trabajar la tierra» (Caratgé), también las de los corazones más endurecidos. «Para mí», dice san Juan María respecto a la reparación que se ha de pedir a los penitentes, «le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos». Lo importante, dice el Cura de Ars, es tener por lo menos un poco de contrición de los pecados propios . Con una contrición perfecta somos perdonados «incluso antes de recibir la absolución». Por tanto «hay que dedicar más tiempo a pedir la contrición que a examinar los pecados ». 
Para el Cura de Ars, la confesión es el don inimaginable que Dios saca por sorpresa para salvar a sus hijos en peligro: «Hijos míos, no se puede comprender la bondad que ha tenido Dios para instituir este gran sacramento
. Si hubiéramos tenido una gracia que pedir a Nuestro Señor, nunca se nos habría ocurrido pedirle esta. Pero él ha previsto nuestra fragilidad y nuestra inconstancia en el bien, y su amor le ha llevado a hacer lo que nosotros no nos habríamos atrevido a pedirle nunca».
Aún más, es un don que revela de la manera más íntima la naturaleza misma del misterio de la Trinidad. Encerrado en su confesonario, el corazón sencillo del Cura de Ars saborea de manera incomparable el misterio del corazón mismo de Dios. Los perdones imperfectos de los hombres parecen a veces dadivas concedidas a caro precio, hechas cuando queremos parecer buenos. El perdón de Dios es algo totalmente distinto. «Cómo podemos desesperar de su misericordia, desde el momento que su mayor gozo es perdonarnos», escribe el Cura. Por eso el tesoro de la misericordia divina es inagotable, y nadie puede computar los dones de la gracia. Como si fueran deudas que antes o después se han de pagar, y que saldamos con nuestras acciones. Porque para Dios mismo perdonar es el máximo goce. Y esto lo convierte en mendigo del corazón del hombre. «Su paciencia nos espera», asegura el santo Cura de Ars. Más aún: «No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él»

¿QUÉ ES CONFESARSE?

¿Qué es confesarse? Es mirar mi vida delante de Dios. No que­dándome sólo en mis sentimientos, sino en lo que verdadera­ mente ocurre en ella. Dándole una unidad. Para ello es impor­tante “recordar”, pero “recordar delante de Dios”. Mirar  hacia lo alto para descubrir el amor de Dios, ¡Cuánto me ha amado y ha hecho por mí!; abriendo el corazón a la gratitud y a la con­fianza en Él. Mirar hacia  mi pasado  para descubrir el hilo con­ductor de mi vida, cómo Dios ha estado junto a mí y me ha ido guiando, cómo ha actuado a través de mí; y, junto a esto, cuan­tas veces yo me he alejado de Él ofendiéndole y ofendiendo a “sus otros hijos”, mis hermanos. El contraste entre su Amor y mi pobre respuesta abre al arrepentimiento ,  a pedir perdón  y, al mismo tiempo, a mirar  el futuro de otro modo: confiando en la ayuda de Dios lo vemos como una oportunidad de amar más y mejor a Dios y a los demás. De hacer de nuestra vida algo real­mente bello y grande. ¡Porque es eterna su Misericordia!.

El arrepentimiento y la confesión no son un mero tranquilizar la conciencia quitándonos  un sentimiento  de culpabilidad. Significa reconocer que he consentido deseos, pensamientos, acciones u omisiones que han hecho un daño real a Dios, los demás y a mí mismo.  Significa pedir perdón por ello y, al mismo tiempo, confiar en que Dios Misericordioso no sólo me perdona sino que me da su Gracia para cambiar de vida, para convertir­me; para retomar, con ánimo y fuerzas renovadas, el hilo con­ductor de mi vida.

La confesión es un camino de conversión y esperanza que Dios nos ofrece en la Iglesia y podemos concretar en cinco pasos:

1.- Examen de conciencia.

2.- Dolor de l os pecados.

3. – Propósito de no volver a pecar

4.- Decir los pecados al sacerdote.

5.- Cumplir la penitencia.

 

“Como  e/ Padre me  ha enviado,  asr también  os envio yo. . . Recibid el Espfritu Santo;  a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos

(Jn 20, 21-23).