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El domingo, 30 de junio de 2019, en el Cerro de los Ángeles (considerado el centro geográfico de España, donde está el monumento al Sagrado Corazón de Jesús), se celebrará una Misa de acción de gracias por el centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús que tuvo lugar en 1919 y los presentes pronunciarán una .

«Oración de la renovación de la Consagración de España al Corazón de Jesús».

 

La diócesis de Getafe ha publicado ahora el documento Mirar al que traspasaron, una «Carta pastoral sobre el sentido de la renovación de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús», que recoge el texto exacto de la oración.

Según el documento, «la oración será rezada por todos los asistentes, siendo presidida por el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro Sierra, quien estará acompañado por el Nuncio de Su Santidad en España, don Renzo Fratini, por el obispo de Getafe, don Ginés García Beltrán, su obispo auxiliar [José Rico Pavés] y numerosos cardenales, arzobispos y obispos».

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La Basílica del Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles

 

Texto de la «Oración de la renovación de la Consagración de España al Corazón de Jesús»

 

 

Señor Jesucristo, Redentor del género humano,
Sacerdote eterno y Rey del Universo:
nos dirigimos a tu Sacratísimo Corazón con humildad y confianza,
con reverencia y esperanza, con profundo deseo de darte gloria, honor y alabanza.

Señor Jesucristo, Salvador del mundo,
al cumplirse el centenario de la consagración de España a tu Sagrado Corazón,
los fieles católicos volvemos a postrarnos en este lugar
donde se levanta este trono de tus bondades,
para expresar nuestra inmensa gratitud por los bienes innumerables
que has derramado sobre este pueblo de tu herencia y de tus predilecciones.

Señor Jesucristo, Hijo de Dios Vivo,
te alabamos por el amor que has revelado a través de tu Sagrado Corazón,
el cual, traspasado por nosotros, es fuente de nuestra alegría
y manantial del que brota la vida eterna.

Reunidos en tu Nombre, que está por encima de cualquier otro nombre,
renovamos la consagración que fue hecha aquí hace cien años
a tu Sacratísimo Corazón, en el cual habita la plenitud de la
verdad y la caridad.

Al renovar la consagración de España,
los fieles católicos expresamos nuestro ferviente deseo
de corresponder con amor a la rica efusión de tu misericordia,
impulsando, en comunión con toda la Iglesia,
una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría del Evangelio.

Cuando la Iglesia nos llama por la voz del Sucesor de Pedro
a impulsar una nueva evangelización, concédenos salir valerosos
al encuentro de las heridas de nuestros contemporáneos
para llevar a todos el bálsamo de la misericordia que brota de tu Corazón traspasado.

Que a todos anunciemos con mansedumbre y humildad: ¡sus heridas nos han curado!
Venga, pues, a nosotros Vuestro Santísimo Reino,
que es Reino de justicia y de amor.

Reinad en los corazones de los hombres, en el seno de los hogares,
en la inteligencia de los sabios, en las aulas de las ciencias y de las letras,
y en nuestras leyes e instituciones.

Concédenos permanecer siempre junto a María,
Madre tuya y Madre nuestra, como en la víspera de Pentecostés,
para que el Espíritu Santo produzca un profundo rejuvenecimiento de la fe en España.

Que nuestro pueblo, tierra de María, sepa recibir y custodiar
los frutos santos de su herencia católica para que pueda hacerlos crecer
afrontando con valentía los retos evangelizadores del presente y del futuro.

Líbranos del maligno
y llévanos a participar en la victoria de tu Sagrado Corazón.

Que al consagraros nuestra vida,
merezcamos recibir como premio de ella
el morir en la seguridad de vuestro amor
y en el regalado seno de vuestro Corazón adorable.
¡Que todos proclamemos y demos gloria a Ti,
al Padre y al Espíritu Santo,
único Dios que vive y reina por los siglos de los siglos!
Amén.

 

La carta pastoral explica su significado

La Carta Pastoral Mirar al que traspasaron explica el significado y la simbología de este acto.

«No pocos se preguntan, fuera y dentro de la Iglesia Católica, si tiene sentido renovar en nuestros días esta consagración toda vez que la situación social y religiosa dista tanto de la que vivía España hace cien años. Sin ignorar las connotaciones sociopolíticas de la consagración de 1919, formulada por S.M. el Rey Alfonso XIII en nombre del pueblo español, entendemos la renovación de la consagración como un acto de piedad de los fieles católicos en España que desean responder a las exigencias evangelizadoras del momento presente haciendo a todos partícipes del Amor de Dios que se nos ha revelado en el Corazón del Hijo de Dios hecho hombre. San Juan de Ávila lo proclamaba con decidida energía: «sepan todos que nuestro Dios es Amor y que sus deseos son amar y ser amado, sin buscar propio interés». La consagración no es, pues, un acto de reivindicación de una situación sociopolítica del pasado, sino un ejercicio de devoción mediante el cual confiamos la realidad de nuestra patria -sus miembros, familias, pueblos e instituciones- al Corazón de Jesús, pues a todos queremos que llegue el amor de Dios. La transformación de la sociedad, de la educación, de la cultura y de las instituciones comienza siempre por el corazón».

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«Para que el amor de Dios reine en el mundo se requieren corazones generosos que, dejándose amar por Él, le ofrezcan libremente una respuesta de amor. Entendemos, por tanto, la renovación de la consagración como una manifestación de piedad, desvinculada de cualquier lectura política o de nostalgias de épocas pasadas».

 

Lo que sucedió hace un siglo

 

El texto de Mirar al que traspasaron resume así los hechos del 30 de mayo de 1919:

«El Nuncio impartió la bendición papal y a continuación se expuso solemnemente el Santísimo Sacramento. Estando entonces arrodillados todos los presentes, el rey Alfonso XIII, de pie, en nombre del pueblo español, hizo lectura solemne de la oración mediante la cual se expresaba públicamente la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús: «España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones, se postra hoy reverente ante ese trono de tus bondades que para Ti se alza en el centro de la Península… Continuad con nosotros la obra de vuestra amorosa providencia».

 

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España salía a duras penas de la terrible epidemia de “gripe española” y había conseguido estar al margen de la Gran Guerra. El agradecimiento por estas circunstancias no faltó en la oración leída por el monarca.

En 1899 León XIII había consagrado la humanidad al Sagrado Corazón de Jesús. Antes lo habían hecho algunas naciones: Ecuador fue la primera, el 18 de octubre de 1873 (ratificada el 25 de marzo de 1874), El Salvador (1875), Guatemala (1895), Venezuela (1900) y Colombia (1902).

Mirar al que traspasaron explica que «lo sucedido hace cien años nos deja lecciones de valor permanente». El texto señala 3 «especialmente luminosas para el tiempo presente»:

– la creatividad e iniciativa de los fieles laicos (incluyendo asociaciones como Unión de Damas Españolas del Sagrado Corazón)

– la santidad sin alardes de quienes se empeñaron apostólicamente en la vivencia y difusión de la devoción y culto al Sagrado Corazón de Jesús, generando verdadera concordia eclesial

– la capacidad de aunar sentimientos en los diferentes ámbitos de la sociedad para proteger el bien precioso de la paz.

 

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Frutos y evangelización

«A la celebración de 1919 siguieron numerosísimos frutos de santidad: extensión del apostolado de la entronización del Corazón de Jesús en las casas; nacimiento de vocaciones consagradas, de diferentes carismas, que renovaron la vida eclesial; entrega de la vida como testimonio del Amor más grande por parte de muchos mártires, etc. De un Año jubilar destinado a renovar aquella consagración de 1919 esperamos el fruto visible de una renovación de la vida cristiana en nuestra diócesis y, desde ella, en toda España. Para que se produzca ese fruto, será suficiente la fiel entrega de unos pocos que pongan su confianza en el Corazón de Cristo para llevar a todos la grandeza infinita de su amor», afirma el texto en sus conclusiones.

 

El obispo de Getafe, Ginés García, y su obispo
auxiliar José Rico Pavés, junto con la periodista
Cristina López Schlichting; ambos obispos firman
la Carta Pastoral Mirar al que traspasaron

«La renovación de la consagración de España al Corazón de Jesús aparece así como oportunidad magnífica (“tiempo de gracia”) para impulsar la nueva etapa evangelizadoraque nuestro mundo, tantas veces sin saberlo, está esperando. Es providencial que nuestro Año jubilar se acerque a su fin precisamente cuando el Papa ha convocado un Mes misionero extraordinario, en octubre de este año 2019, «con el fin de alimentar el ardor de la actividad evangelizadora de la Iglesia ad gentes». Una de las columnas que sostiene la imagen del Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles representa la “España misionera”, para recordar que el ardor evangelizador se alimenta en el Amor de Dios revelado en Jesucristo», afirma la carta pastoral.

«Sólo habrá verdadera renovación en la Iglesia desde una actitud de conversión, de vuelta al Señor. No nos tienen que asustar nuestros pecados, sino la incapacidad para pedir perdón y seguir caminando. Del Corazón traspasado de Cristo ha nacido la Iglesia. A este Corazón debemos volver una y otra vez para renacer a la vida nueva que nos ha regalado y, como Iglesia, reflejar en el rostro la belleza que recibimos de Él»

Fuente: Religión en Libertad

Festividad de San Pedro y San Pablo

 

San Pedro y San Pablo

San Pedro y San Pablo, columnas de la Iglesia, patronos de ROMA y martirizados en ella: Pedro en la colina Vaticana y el apóstol de los gentiles en la Vía Ostiense ( Pedro en el año 67 y Pablo en el año 64. Los dos fueron mártires. El pontificado del primer vicario de Cristo estuvo al frente de la Iglesia durante 34-35 años ( el pontificado mas largo de la Iglesia) SAN pedro y San Pablo, rogad por la iglesia y por todos nosotros, sus piedras vivas.

Fuente :Angelines

Blog- Mater Nostra 

España renovará su consagración al Sagrado Corazón de Jesús

España renovará su consagración al Sagrado Corazón de Jesús con motivo del centenario de este acontecimiento que tuvo lugar el 30 de mayo de 1919 en el Cerro de los Ángeles, Diócesis de Getafe y centro geográfico del país, donde se levanta el monumento al Sagrado Corazón.

El Obispos de Getafe, Mons. Ginés García Beltrán, presentó en el Seminario Mayor del Cerro de los Ángeles el programa de actividades para la celebración de este Año Jubilar. La renovación, que será el acto principal de la conmemoración, se celebrará el 30 de junio de 2019 a las 10:00 a.m.

Entre los actos previstos para preparar el camino hacia ese día, destacan cuatro simposios académicos cuyo objetivo será formar y preparar a los fieles para la consagración. El primero se desarrollará del 22 al 24 de febrero y estará centrado en el legado del Beato Bernardo Hoyos en la España del siglo XXI.

El segundo simposio se realizará del 22 al 24 de marzo y se estudiará la historia de los cien años del monumento al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles.

Del 26 al 28 de abril habrá un simposio en dogmática con el título “El Corazón de Cristo, síntesis de la fe”. Por último, del 31 de mayo al 2 de junio se celebrará el cuarto simposio sobre Doctrina Social de la Iglesia, centrado en el análisis de la civilización del amor en una sociedad secularizada.

Asimismo, se ha organizado un Congreso de Evangelización del 27 al 29 de septiembre con la finalidad de estudiar el anuncio y la transmisión de la fe desde el amor de Cristo. También habrá un congreso infantil, peregrinaciones, conferencias y talleres.

Mons. Ginés García Beltrán recordó en la presentación que la celebración del Centenario de la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús es “un acto estrictamente religioso”.

Símbolo de martirio

Desde este histórico lugar, identificado como el centro geográfico de España, se consagró el país al Sagrado Corazón de Jesús el 30 de mayo de 1919 ante su monumento erigido poco antes.

A la Misa de consagración, durante la cual se leyó un telegrama de bendición del Papa Benedicto XV, asistió el rey Alfonso XIII, quien leyó la oración por medio de la cual España se consagraba al Sagrado Corazón de Jesús.

“España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones, se postra hoy reverente ante ese trono de tus bondades que para Ti se alza en el centro de la Península. Reinad en los corazones de los hombres, en el seno de los hogares, en la inteligencia de los sabios, en las aulas de las ciencias y de las letras y en nuestras leyes e instituciones patrias”, fue la oración leída por el monarca.

El monumento fue profanado y destruido con explosivos por las milicias de izquierdas leales al bando republicano durante la Guerra Civil española el 7 de agosto de 1936. De aquel episodio ha quedado como testigo la fotografía de los milicianos representando un fusilamiento contra el Sagrado Corazón.

Esa imagen se ha convertido en uno de los iconos de la persecución religiosa en España en el bando republicano, que costó la vida a cerca de diez mil personas por causa de su fe, entre obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos.

Además, las autoridades republicanas decidieron cambiar el nombre al lugar, que pasó a denominarse “Cerro Rojo” durante todo el tiempo que el enclave permaneció bajo control de las milicias comunistas.

Finalizada la Guerra Civil se inició la reconstrucción del monumento en el mismo Cerro de los Ángeles, que recuperó su nombre original, pero en frente de las ruinas del monumento antiguo, que se conservan como memoria de la persecución religiosa.

La edificación del nuevo monumento se inició en el año 1944 y se inauguró en 1965.

Además del monumento al Sagrado Corazón de Jesús, el conjunto cuenta con una basílica, un convento de carmelitas descalzas, una ermita y el seminario.

Fuente : Arciprensa

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, EN TÍ CONFÍO

Sagrado Corazón de Jesús

Adoramos el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre

Por: Teresa Vallés | Fuente: Catholic.net 

 

 

Explicación de la fiesta

La imagen del Sagrado Corazón de Jesús nos recuerda el núcleo central de nuestra fe: todo lo que Dios nos ama con su Corazón y todo lo que nosotros, por tanto, le debemos amar. Jesús tiene un Corazón que ama sin medida.
Y tanto nos ama, que sufre cuando su inmenso amor no es correspondido.

La Iglesia dedica todo el mes de junio al Sagrado Corazón de Jesús, con la finalidad de que los católicos lo veneremos, lo honremos y lo imitemos especialmente en estos 30 días.

Esto significa que debemos vivir este mes demostrándole a Jesús con nuestras obras que lo amamos, que correspondemos al gran amor que Él nos tiene y que nos ha demostrado entregándose a la muerte por nosotros, quedándose en la Eucaristía y enseñándonos el camino a la vida eterna.
Todos los días podemos acercarnos a Jesús o alejarnos de Él. De nosotros depende, ya que Él siempre nos está esperando y amando.

Debemos vivir recordándolo y pensar cada vez que actuamos: ¿Qué haría Jesús en esta situación, qué le dictaría su Corazón? Y eso es lo que debemos hacer (ante un problema en la familia, en el trabajo, en nuestra comunidad, con nuestras amistades, etc.).
Debemos, por tanto, pensar si las obras o acciones que vamos a hacer nos alejan o acercan a Dios.

Tener en casa o en el trabajo una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, nos ayuda a recordar su gran amor y a imitarlo en este mes de junio y durante todo el año.

Origen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Santa Margarita María de Alacoque era una religiosa de la Orden de la Visitación. Tenía un gran amor por Jesús. Y Jesús tuvo un amor especial por ella.

Se le apareció en varias ocasiones para decirle lo mucho que la amaba a ella y a todos los hombres y lo mucho que le dolía a su Corazón que los hombres se alejaran de Él por el pecado.
Durante estas visitas a su alma, Jesús le pidió que nos enseñara a quererlo más, a tenerle devoción, a rezar y, sobre todo, a tener un buen comportamiento para que su Corazón no sufra más con nuestros pecados.

El pecado nos aleja de Jesús y esto lo entristece porque Él quiere que todos lleguemos al Cielo con Él. Nosotros podemos demostrar nuestro amor al Sagrado Corazón de Jesús con nuestras obras: en esto precisamente consiste la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús:

Jesús le prometió a Santa Margarita de Alacoque, que si una persona comulga los primeros viernes de mes, durante nueve meses seguidos, le concederá lo siguiente:

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado (casado(a), soltero(a), viudo(a) o consagrado(a) a Dios).
2. Pondré paz en sus familias.
3. Los consolaré en todas las aflicciones.
4. Seré su refugio durante la vida y, sobre todo, a la hora de la muerte.
5. Bendeciré abundantemente sus empresas.
6. Los pecadores hallarán misericordia.
7. Los tibios se harán fervorosos.
8. Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección.
9. Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.
10. Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de Él.
12. La gracia de la penitencia final: es decir, no morirán en desgracia y sin haber recibido los Sacramentos.

Oración de Consagración al Sagrado Corazón de Jesús

Podemos conseguir una estampa o una figura en donde se vea el Sagrado Corazón de Jesús y, ante ella, llevar a cabo la consagración familiar a su Sagrado Corazón, de la siguiente manera:

Señor Jesucristo, arrodillados a tus pies,
renovamos alegremente la Consagración
de nuestra familia a tu Divino Corazón.

Sé, hoy y siempre, nuestro Guía,
el Jefe protector de nuestro hogar,
el Rey y Centro de nuestros corazones.

Bendice a nuestra familia, nuestra casa,
a nuestros vecinos, parientes y amigos.

Ayúdanos a cumplir fielmente nuestros deberes, y participa de nuestras alegrías y angustias, de nuestras esperanzas y dudas, de nuestro trabajo y de nuestras diversiones.

Danos fuerza, Señor, para que carguemos nuestra cruz de cada día y sepamos ofrecer todos nuestros actos, junto con tu sacrificio, al Padre.

Que la justicia, la fraternidad, el perdón y la misericordia estén presentes en nuestro hogar y en nuestras comunidades.
Queremos ser instrumentos de paz y de vida.

Que nuestro amor a tu Corazón compense,
de alguna manera, la frialdad y la indiferencia, la ingratitud y la falta de amor de quienes no te conocen, te desprecian o rechazan.

Sagrado Corazón de Jesús, tenemos confianza en Ti.
Confianza profunda, ilimitada.

Sugerencias para vivir la fiesta:

Poner una estampa del Sagrado Corazón de Jesús, algún pensamiento y la oración para la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús.

Hacer una oración en la que todos pidamos por tener un corazón como el de Cristo.

Leer en el Evangelio pasajes en los que se podamos observar la actitud de Jesús como fruto de su Corazón

Fuente: Catholic.net 

Mater Nostra

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

NATIVIDAD de SAN JUAN BAUTISTA, primo de JESÚS, el Precursor del. PROFETA de NAZARET. Hijo de Santa Isabel y de San Zacarias. Nació y vivió en AIN KAREN ( Fuente de la viña). Era un hombre lleno de Dios, modelo de valiente EVANGELIZADOR, ejemplo de hombre austero, entregado a su misión y muy amante de la VERDAD, a la que no traiciono nunca, aunque esto le llevara al martirio.. Hoy celebramos su nacimiento, medio año antes que el de nuestro divino. REDENTOR. Su padre Zacarias era sacerdote en el Templo de Jerusalén. Jesús dijo de Juan » nadie nacido de mujer es mas grande que el….» En el vientre de su madre Isabel salto de gozo al tener delante al Mesías, en el vientre de MARÍA. Isabel dirá a MARÍA :. Bendita tu eres entre todas las mujeres.» Juan,, con los años, vivirá en el desierto. Tenia discípulos. Señalara a Jesus como » ESTE es el CORDERO de Dios que quita el pecado del mundo..» Dirá » Es necesario que yo mengue para que El crezca y no soy digno de desatarle la correa de las sandalias.» Juan se alimentaba en el desierto con langostas y miel silvestre. Por denunciar el adulterio entre el rey Herodes y Herodías terminaría en el martirio. Fue degollado en el palacio de verano del rey Herodes, Maqueronte, donde estaba prisionero en la cárcel. Todos los que son fieles a la VERDAD ( y la VERDAD es CRISTO), tarde o temprano sufren alguna incomprensión, criticas, desprecios, envidias… ( alguna persecución). La fiesta de su martirio es el 29 de agosto. En España es patrono de las ciudades de León, Alicante, ‘ Badajoz…Su nombre ( Juan) significa. » Dios concede su favor.» Que Juan, un profeta intrépido y valiente,nos ayude a ser apóstoles de Xto. y a vivir nuestro profetismo bautismal con decisión, sin temor alguno. Nos respalda Jesús. Trabajamos para El, para su REINO..

Fuente: Hermano de Angelines

CORPUS CHRISTI

A fines del siglo XIII surgió en Lieja, Bélgica, un Movimiento Eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Cornillón fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja. Este movimiento dio origen a varias costumbres eucarísticas, como por ejemplo la Exposición y Bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante la elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi.

Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.

Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV.

El obispo Roberto se impresionó favorablemente y, como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; al mismo tiempo el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

Mons. Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez al año siguiente el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad. Más tarde un obispo alemán conoció la costumbre y la extendió por toda la actual Alemania.

El Papa Urbano IV, por aquél entonces, tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el Milagro de Bolsena:

 Milagro de Bolsena:

 

un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal.

La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales -donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa- en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.

El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula «Transiturus» del 8 septiembre del mismo año, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.

Luego, según algunos biógrafos, el Papa Urbano IV encargó un oficio -la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino; cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y, en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. En 1317 se promulga una recopilación de leyes -por Juan XXII- y así se extiende la fiesta a toda la Iglesia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV, y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.

La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

Finalmente, el Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

F:InfoIglesia

Hoy es San Antonio de Padua

San Antonio de Padua, Doctor de la Iglesia y patrono de los pobres solía decir: «Si predicas a Jesús, Él ablanda los corazones duros; si lo invocas, endulzas las tentaciones amargas; si piensas en él, te ilumina el corazón; si lo lees, te sacia la mente».

A continuación, presentamos diez datos curiosos de uno de los santos más queridos y populares entre los católicos cuya fiesta se celebra el 13 de junio.

1. Su verdadero nombre

Nació en 1195 en Lisboa, Portugal. Se llamaba Fernando de Bulloes y Taveira de Azevedo. A los 25 años adoptó el nombre de Antonio cuando se hizo franciscano.

2. Fue agustino antes de ser franciscano

A los 15 años ingresó a los Canónigos Regulares de San Agustín. Diez años después ingresó a los Frailes Menores Franciscanos.

3. Pudo ser mártir

Decidió ingresar a los Frailes Menores para predicar a los sarracenos y estaba dispuesto a morir por amor a Cristo. Se fue a Marruecos, pero una severa enfermedad lo obligó a retornar.

4. Era un gran predicador

Tenía una voz clara y fuerte, talante imponente, memoria prodigiosa y un profundo conocimiento, el espíritu de profecía y un extraordinario don de milagros.

5. Se le representa con un Niño Jesús en brazos

Fue testigo de una aparición del Niño Jesús a quien sostuvo en sus brazos. Por tal motivo, en las imágenes del santo se le representa junto al Niño.

6. Este es su milagro más famoso

En la ciudad de Padua (Italia), un joven de nombre Leonardo pateó a su propia madre en un arranque de ira. Arrepentido, confesó su falta a San Antonio quien le dijo: «El pie de aquel que patea a su propia madre, merece ser cortado».

Leonardo corrió a casa y se cortó el pie. Enterado de esto, San Antonio tomó el miembro amputado del joven y milagrosamente lo reunió al cuerpo.

7. Lo conocen como el santo más milagroso

Su fama de obrar actos prodigiosos nunca ha disminuido y aún en la actualidad es reconocido como el más grande taumaturgo de todos los tiempos.

8. Es conocido como “el Santo de todo el mundo»

León XII lo llamó “el Santo de todo el mundo” porque por todas partes se puede encontrar su imagen y devoción. Es patrón de los pobres, viajeros, albañiles, panaderos y papeleros.

9. Acuden a él para pedir un buen esposo o esposa

Por esta razón algunas personas llegan a poner su imagen de cabeza, sin embargo, esa es una superstición y una práctica no cristiana.

10. Su canonización fue la más rápida de la historia

El Papa Gregorio IX lo canonizó menos de un año después de su muerte en Pentecostés el 30 de Mayo de 1232.

Centenario de las Apariciones

y

Betificación de los pastorcillos

Santos, Jacinta y Francisco

MI INMACULADO CORAZÓN TRIUNFARÁ

Esta es una de las frases célebres del secreto de sor Lucía, uno de los tres pastorcitos que contemplaron a la Virgen en Fátima, hace cien años. He aquí un fragmento de la reflexión que hizo el entonces cardenal Joseph Ratzin­ ger (futuro Benedicto XVI) en el año 2000.
¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios,es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo (…) porque gra­ cias a este «SÍ» Dios pudo hacerse hombre (…) y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimenta­ mos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre ha­ cia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: «Padece­ réis tribulaciones en el mundo, pero tened confian­ za; yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33). El men­ saje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salva­ción mía!

NAVIDAD

Sermón

“Sobre la Navidad”

Santo Cura de Ars

 

Evangelizo vobis gaudium magnun:

natus est vobis hodie Salvator. Vengo a daros una feliz nueva: que os ha nacido hoy un Salvador.

(S. Luc. 2, 10)

 

¿A un moribundo sumamente apegado a la vida puede acaso dársele más dichosa nueva que  decirle  que  un  médico  hábil  va  a  sacarle de  las  puertas  de  la  muerte?  Pues infinitamente más dichosa, es la que el ángel anuncia a todos los hombres en la persona de los pastores. Sí, el demonio  había inferido, por el pecado, las más crueles y mortales heridas a nuestras pobres almas. Había plantado en ellas las tres pasiones más funestas, de  donde  dimanan  todas  las demás,  que  son  el  orgullo,   la  avaricia,  la  sensualidad. Habiendo quedado esclavos de estas vergonzosas pasiones, éramos todos nosotros como enfermos desahuciados, y no podíamos esperar más que la muerte eterna, si Jesucristo, nuestro  verdadero  médico,  no  hubiese venido  a socorrernos.  Pero no,  conmovido  por nuestra  desdicha,  dejó  el  seno  de  su  Padre  y  vino  al  mundo,   abrazándose  con  la humillación, la pobreza y los sufrimientos, a fin de destruir la obra del demonio  y aplicar eficaces remedios a las crueles heridas que nos había causado esta antigua serpiente. Sí, viene este tierno Salvador para curarnos de todos estos males, para merecernos la gracia de llevar una vida humilde,  pobre  y mortificada; y, a fin de mejor  conducirnos  a ella, quiere Él mismo darnos ejemplo.  Esto es lo que vemos de una manera admirable  en su nacimiento.

 

Vemos que  Él  nos prepara:  1º. con  sus humillaciones  y obediencia,  un  remedio  para nuestro orgullo;  2.° con su extremada pobreza, un remedio a nuestra afición a los bienes de este mundo,  y 3.°  con su estado de sufrimiento y de mortificación, un  remedio  a nuestro amor a los placeres de los sentidos. Por este medio, nos devuelve la vida espiritual que el pecado de Adán nos había  arrebatado; o, por  mejor  decir, viene a abrirnos  las puertas  del cielo que el pecado nos había  cerrado.  Conforme a esto, pensad vosotros mismos cuál debe ser el gozo y la gratitud de un cristiano a la vista de  tantos beneficios.

¿Se necesita más para movernos a amar a este tierno y dulce Jesús, que viene a cargar con todos nuestros pecados, y va a satisfacer a la justicia de su Padre por todos nosotros? ¡Oh, Dios mío! ¿puede un cristiano considerar todas estas cosas sin morir de amor y gratitud?.

 

I.-Digo, pues, que la primera llaga que el pecado causó en nuestra alma es el orgullo,  esa pasión tan peligrosa, que consiste en el fondo de amor y estima de nosotros mismos, el cual hace: 1.° que no queramos depender de nadie ni obedecer; 2.° que nada temamos tanto como vernos humillados a los ojos de los hombres; 3.° que busquemos todo lo que nos puede ensalzar en su estimación.

Pues bien, ved lo que Jesucristo viene a combatir en su nacimiento por  la humildad  más profunda. No solamente  quiere Él  depender  de su Padre celestial y obedecerle en todo, sino que quiere también obedecer a los hombres y en alguna  manera depender  de su voluntad. En efecto: el emperador  Augusto  ordena que se haga el censo de todos sus súbditos, y que cada uno de ellos se haga inscribir en el lugar donde nació. Y vemos que, apenas publicado este edicto, la Virgen Santísima y San José  se ponen  en camino,  y Jesucristo,  aunque  en el seno de su madre,  obedece con conocimiento y elección esta orden. Decidme; ¿podemos encontrar ejemplo de humildad más grande y más capaz de movernos a practicar esta virtud con amor y diligencia? ¡Qué!

¿un  Dios obedece  a sus criaturas  y quiere  depender  de  ellas, y nosotros,  miserables pecadores, que, en vista de nuestras miserias espirituales, debiéramos escondernos en el polvo,   ¿podemos   aun   buscar   mil   pretextos   para   dispensarnos   de   obedecer   los mandamientos de Dios y de su Iglesia a nuestros superiores, que ocupan en esto el lugar del mismo Dios? ¡Que bochorno  para nosotros, si comparamos nuestra conducta con la de Jesucristo! Otra lección de humildad  que nos da Jesucristo es la de haber querido sufrir la repulsa del mundo.  Después de un viaje de cuarenta leguas, María y José llegaron  a Belén. Con qué honor  no  debía  ser recibido  Aquel  a quien  esperaban hacía  miles de años!  Más  como  venía  para  curarnos  de  nuestro  orgullo  y enseñarnos  la  humildad, permite que todo el mundo lo rechace y nadie le quiera hospedar. Ved, pues, al Señor del universo, al Rey de cielos y tierra  despreciado, rechazado de los hombres, por los cuales viene a dar la vida a fin de salvarnos. Preciso es, pues, que el Salvador se vea reducido a que  unos  pobres  animales  le  presten  su  morada.  ¡Dios  mío!  ¡qué  humildad   y  qué anonadamiento para un Dios! Sin duda, nada nos es tan sensible como las afrentas, los desprecios y las repulsas; pero  si nos paramos a considerar los que padeció  Jesucristo,

¿podremos  nunca  quejarnos,  por  grandes  que  sean  los  nuestros?  ¡Qué  dicha  para nosotros, tener ante los ojos tan hermoso modelo,  al cual podemos seguir sin temor de equivocarnos!.

Digo  que  Jesucristo,  muy  lejos de buscar lo que  podía  ensalzarle en la estima  de los hombres, quiere, por el contrario, nacer en la oscuridad y en el olvido;  quiere que unos pobres pastores sean secretamente avisados de su nacimiento por un ángel, a fin de que las primeras adoraciones que reciba vengan de los más humildes entre los hombres. Deja en su reposo y en su abundancia a los grandes y a los dichosos del siglo, para enviar sus embajadores  a los pobres,  a fin de que  sean consolados en su estado,  viendo  en un pesebre,  tendido sobre  un  manojo  de  paja;  a  su Dios y Salvador.  Los ricos  no  son llamados  sino  mucho  tiempo después, para  darnos  a entender  que  de  ordinario  las riquezas y comodidades suelen alejarnos de Dios. Después de tal ejemplo, ¿podremos ser ambiciosos y conservar el corazón henchido  de orgullo  y lleno de vanidad? ¿Podremos todavía buscar la estimación y el aplauso de los hombres, si volvemos los ojos al pesebre?

¿No nos parecerá oír al tierno y amable Jesús que nos dice a todos: «Aprended de mí, que soy manso y humilde  de corazón»? (Mat., 10. 10). Gustemos, pues, de vivir en el olvido  y desprecio  del mundo;  nada temamos  tanto, nos dice San Agustín,  como  los honores  y las riquezas de este mundo,  porque,  si fuera permitido amarlas, las hubiera amado también Aquél que se hizo hombre por amor nuestro. Si Él huyó y despreció todo esto,  nosotros  debemos  hacer otro tanto, amar  lo  que  Él  amó  y despreciar lo  que  Él despreció: tal es la lección que Jesucristo  nos da al venir al mundo,  y tal es, al propio tiempo, el remedio  que aplica a nuestra primera  llaga, que es el orgullo.  Pero hay, en nosotros una segunda llaga no menos peligrosa: la avaricia.

II.-Digo, que la segunda llaga que el pecado ha abierto en el corazón del hombre,  es la avaricia, es decir, el amor desordenado de las riquezas y bienes terrenales.

¡Qué estragos causa esta pasión en el mundo! Razón tiene San Pablo en decirnos que ella es la fuente de  todos  los males. ¿No es, en  efecto, de  este maldito interés  de  donde  vienen  las injusticias, las envidias, los odios, los perjurios, los pleitos, las riñas, las animosidades y la dureza con los pobres? Según esto, ¿podemos extrañarnos de que Jesucristo, que viene a la tierra para curar las pasiones de los hombres, quiera nacer en la más grande pobreza y en la privación  de todas las comodidades,  aun de aquellas que parecen necesarias a la vida humana?  Y por esto vemos que comienza por escoger una Madre  pobre  y quiere pasar por hijo de un pobre artesano; y, como los profetas habían anunciado que nacería de la familia real de David, a fin de conciliar este noble origen con su grande amor a la pobreza, permite que, en el tiempo de su nacimiento, esta ilustre familia haya caído en la indigencia. Va todavía más lejos. María y José, aunque hartó pobres, tenían, con todo, una pequeña casa en Nazaret; esto era todavía demasiado para Él : no quiere nacer en un lugar que le pertenezca; y por esto obliga a su santa Madre, a que haga con José un viaje a Belén en el tiempo preciso en que ha de ponerle  en el mundo.  ¿Pero a lo menos en Belén, patria de su padre David, no hallará parientes que le reciban en su casa? Nada de esto, nos dice el Evangelio; no  hay quien  le quiera  recibir;  todo el mundo  le rechaza. Decidme, ¿a dónde irá este tierno Salvador, si nadie le quiere recibir para resguardarle de las inclemencias  de  la  estación?  No  obstante, queda  todavía  un  recurso:  irse a una posada. José  y María  se presentan,  en efecto. Pero Jesús,  que todo lo tenia previsto, permitió que el concurso fuese tan grande que no quedase ya sitio para ellos. ¿A dónde irá, pues, nuestro amable Salvador? San José y la Santísima Virgen, buscando por todos los lados,  divisan  una  vieja  casucha donde  se recogen  las bestias  cuando  hace  mal tiempo. ¡Oh, cielos! ¡asombraos! ¡un Dios en un establo! Podía escoger el más espléndido palacio;  mas, como  ama tanto la pobreza,  no  lo hará. Un establo  será su palacio,  un pesebre su cuna, un poco de paja su lecho, míseros pañales serán todo su ornamento, y pobres pastores formarán su corte.

 

Decidme, ¿podía enseñarnos de una manera más eficaz el desprecio que debemos tener a los bienes y riquezas de este mundo,  y, al propio  tiempo, la estima en que hemos de tener la pobreza  y a los pobres? Venid, miserables, dice San Bernardo,  venid vosotros, todos los que tenéis el corazón apegado a los bienes de este mundo,  escuchad lo que os dicen  este  establo,  esta  cuna  y  estos  pañales  que  envuelven  a  vuestro  Salvador!

¡Desdichados de vosotros los que amáis los bienes de este mundo! ¡Cuán difícil es que los ricos se salven! ¿Por qué? -me preguntaréis- ¿Por qué? Os lo diré:

 

1.° Porque ordinariamente la persona rica está llena de orgullo;  es menester que todo el mundo  le haga  acatamiento; es menester  que  las voluntades  de todos  los demás se sometan a la suya

2.° Porque las riquezas apegan nuestro corazón a la vida presente: así vemos todos los días que los ricos temen en gran manera la muerte.

3.° Porque las riquezas son la ruina del amor de Dios y extinguen todo sentimiento de compasión con los pobres, o, por mejor decir, las riquezas son un instrumento que pone en juego  todas  las demás pasiones. Si  tuviésemos  abiertos  los ojos del alma,  ¡cuanto temeríamos  que nuestro  corazón se apegase a las cosas de este mundo!  Si  los pobres llegaran a entender bien cuánto los acerca a Dios su estado y de qué modo  les abre el cielo,  ¡cómo  bendecirían  al Señor  por  haberlos  puesto  en una  posición  que  tanto les aproxima a su Salvador !Si ahora me preguntáis: ¿cuáles son esos pobres a quienes tanto ama Jesucristo? Son, los que sufren su pobreza con espíritu de penitencia, sin murmurar  y sin quejarse. Sin esto, su pobreza no les serviría sino para hacerlos aun más culpables que los ricos. Entonces, -me diréis- ¿qué han de hacer los ricos para imitar a un Dios tan pobre y despreciado? Os lo diré: no han de apegar su corazón a los bienes que poseen; han de emplear esos bienes en buenas obras en cuanto puedan;  han de dar gracias a Dios por haberles concedido un medio tan fácil de rescatar sus pecados con sus limosnas; no han de despreciar nunca a los que son pobres, antes al contrario, han de respetarlos viendo en ellos una gran semejanza con Jesucristo. Así es cómo, con su gran pobreza, nos enseña Jesucristo  a combatir nuestro  apego  a los bienes de este mundo;  por  ella nos cura la segunda llaga que nos ha causado el pecado. Pero nuestro tierno Salvador quiere todavía curarnos una tercera llaga producida en nosotros por el pecado, que es la sensualidad.

 

III.-Esta pasión consiste en el apetito desordenado  de los placeres que se gozan por los sentidos. Esta funesta pasión nace del exceso en el comer y beber, del excesivo amor al descanso, a las regalos y comodidades  de la vida, a los espectáculos,  a las reuniones profanas; en una palabra, a todos los placeres que dan gusto a los sentidos.

¿ Qué hace Jesucristo para curarnos de esta peligrosa enfermedad? Vedlo: nace en los sufrimientos, las lágrimas y la mortificación; nace durante la noche, en la estación más rigurosa del año. Apenas nacido, se le tiende sobre unos manojos de paja, en un establo. ¡Oh, Dios mío!

¡qué estado para un Dios! Cuando el Eterno Padre crió a Adán, le puso en un jardín de delicias; nace ahora su Hijo, y le pone sobre un puñado  de paja. ¡Oh, Dios mío! Aquel que hermosea el cielo y la tierra, Aquel que constituye toda la felicidad de los ángeles y de los santos,  quiere nacer y vivir y morir  entre sufrimientos.  ¿Puede acaso mostrarnos  de una manera más elocuente el desprecio que debemos tener a nuestro  cuerpo,  y cómo debemos  tratarlo  duramente  por  temor  de  perder  el  alma?  ¡Oh,  Dios  mío!  ¡qué contradicción!  Un  Dios  sufre  por  nosotros,  un  Dios  derrama  lágrimas  por  nuestros pecados, y nosotros nada quisiéramos sufrir, quisiéramos toda suerte de comodidades…

Pero también, ¡qué terribles  amenazas no nos hacen las lágrimas y los sufrimientos  de este divino Niño! «¡Ay de vosotros -nos dice Él- que pasáis vuestra vida riendo,  porque día vendrá en que derramaréis lágrimas sin fin!» «El reino de los cielos -nos dice- sufre violencia, y sólo lo arrebatarán los que se la hacen continuamente.» Sí, si nos acercamos confiadamente a la cuna de Jesucristo, si mezclamos nuestras lágrimas con las de nuestro tierno  Salvador,   en  la  hora  de  la  muerte  escucharemos  aquellas  dulces  palabras:

«¡Dichosos los que lloraron, porque serán consolados!»

Tal  es,  pues,  la  tercera  llaga  que  Jesucristo  vino  a  curar  haciéndose  hombre   :  la sensualidad,  es decir,  ese maldito  pecado  de  la  impureza.¡Con  qué  ardor  hemos  de querer, amar y buscar todo lo que puede procurarnos o conservar en nosotros una virtud que  nos  hace  tan agradables  a  Dios!  Sí,  antes  del  nacimiento  de  Jesucristo,  había demasiada distancia  entre Dios y nosotros  para que  pudiésemos atrevernos  a rogarle. Pero  el  Hijo  de  Dios,  haciéndose  hombre,   quiere  aproximarnos   sobremanera  a  Él  y forzarnos a amarle hasta la ternura. ¿Cómo, viendo a un Dios en estado de tierno infante, podríamos  negarnos a amarle con todo nuestro  corazón? Él  quiere ser, por  sí mismo, nuestro Mediador,  se encarga de pedirlo todo al Padre por nosotros; nos llama hermanos e  hijos  suyos;  ¿podía  tornar  otros  nombres  que  nos  inspirasen  mayor  confianza? Vayamos, pues,  a Él  plenamente confiados  cada vez que  hayamos pecado;  Él  pedirá nuestro perdón, y nos obtendrá la dicha de perseverar.

 

Mas, para merecer esta grande y preciosa gracia, es preciso que sigamos las huellas de nuestro modelo;  que amemos, a ejemplo suyo, la pobreza, el desprecio y la pureza; que nuestra  vida responda  a nuestra  alta  cualidad  de hijos y hermanos  de un  Dios hecho hombre.   No,   no   podemos   considerar   la   conducta  de   los  judíos   sin  quedarnos sobrecogidos de asombro. Este pueblo estaba esperando al Salvador hacía ya cientos de años, había  estado rogando  siempre; movido  por el deseo que tenía  de recibirle;  y, al presentarse,  nadie  se encuentra  que  le  ofrezca  un  pequeño   albergue;  siendo  Dios omnipotente vese precisado  a  que  le  presten  su morada  unos  pobres  animales.  No obstante, en la conducta de los judíos,  criminal  como  es, hallo  yo, no  un  motivo  de excusa para aquel pueblo,  sino un motivo de condenación  para la mayor parte de los cristianos. Sabemos que los judíos se habían formado de su libertador una idea que no se avenía  con  el  estado  de  humillación   en  que  Él  se presentaba;  parecían  no  poder persuadirle de que Él fuese el que había de ser su libertador; pues, como nos dice muy bien  San  Pablo: «Si  los judíos  le hubiesen  reconocido  Dios, jamás le hubieran  dado muerte.» (Cor. 2, 8). Pequeña excusa es ésta para los judíos. Mas nosotros, ¿ qué excusa podemos  tener para nuestra  frialdad y nuestro  desprecio de Jesucristo  ? Sí,  sin duda, nosotros creemos verdaderamente que Jesucristo apareció en la tierra, y que dio pruebas las más convincentes  de su divinidad:  he aquí  el objeto de nuestra  solemnidad.  Este mismo  Dios  quiere,  por  la  efusión  de  su  gracia,  nacer  espiritualmente  en  nuestros corazones:  he aquí  los motivos  de nuestra  confianza. Nosotros  nos gloriamos,  y con razón, de reconocer a Jesucristo por nuestro Dios, nuestro Salvador y nuestro modelo:  he aquí  el fundamento de nuestra  fe. Pero, con  todo esto,  decidme,  ¿qué homenaje  le rendimos? ¿Acaso hacemos por ÉL algo más que si todo esto no creyéramos? Decidme,

¿responde a nuestra  creencia nuestra  conducta? Mirémoslo  un  poco  más de cerca, y veremos   que   somos   todavía   más   culpables   que   los   judíos   en   su   ceguera   y endurecimiento.

 

  1. Por de pronto, no hablamos de aquellos que, habiendo perdido la fe, no la profesan ya exteriormente; hablamos de aquellos que creen todo lo que la Iglesia nos enseña, y, sin embargo, nada o casi nada hacen de lo que la religión nos manda. Hagamos acerca de esto  algunas  reflexiones  apropiadas  a los tiempos  en  que  vivimos.  Censuramos a los judíos  por  haber  rehusado  un  asilo a Jesucristo,  a quien  no  conocían.  Pero ¿hemos

reflexionado bien,  que  nosotros  le hacemos  igual  afrenta cada vez que  descuidamos recibirlo  en nuestros  corazones por  la santa  comunión?  Censuramos a los judíos  por haberle crucificado, a pesar de no haberles hecho más que bien; y decidme, ¿a nosotros qué  mal  nos ha hecho?  O, por  mejor  decir,  ¿qué bien  ha dejado  de hacernos? Y en recompensa ¿no le hacemos nosotros el mismo ultraje cada vez que tenemos la audacia de entregarnos  al pecado? Y nuestros pecados ¿no son mucho  más dolorosos para su corazón  que lo que los judíos  le hicieron  sufrir? No podemos  leer sin horror  todas  las persecuciones que sufrió de parte de los judíos, que con ello creían hacer una obra grata a  Dios. Pero ¿no hacemos nosotros  una  guerra  mil  veces más cruel a la santidad  del Evangelio con nuestras costumbres desarregladas? Todo nuestro cristianismo se reduce a una  fe  muerta;  y  parece  que  no  creemos  en  Jesucristo  sino  para  ultrajarle  más  y deshonrarle con una vida tan miserable a los ojos de Dios. Juzgad, según esto, qué deben pensar de nosotros los judíos, y con ellos todos los enemigos de nuestra santa religión. Cuando ellos examinan  las costumbres  de la mayor parte de los cristianos,  encuentran una gran multitud de éstos que viven poco más o menos como si nunca hubiesen sido cristianos.

 

Me limitaré a dos puntos esenciales, que son: el culto exterior de nuestra santa religión y los deberes de la caridad cristiana. No, nada debiera sernos más humillante y más amargo que los reproches que los enemigos de nuestra fe nos echan en cara a este propósito; porque   todo  ello  no  tiende  sino  a  demostrarnos   cómo  nuestra  conducta  está  en contradicción con nuestras creencias. Vosotros os gloriáis -nos dicen- de poseer en cuerpo y alma la persona de ese mismo Jesucristo, que en otro tiempo vivió en la tierra, y a quien adoráis como a vuestro Dios y Salvador; vosotros creéis que Él baja a vuestros altares, que mora  en vuestros sagrarios, que su carne, es verdadero  manjar  y su sangre verdadera bebida para vuestras almas; mas, si ésta es vuestra fe, entonces sois vosotros los impíos, ya que os presentáis en las iglesias con menos respeto, compostura y decencia de los que usaríais  para  visitar  en  su casa a una  persona  honesta.  Los paganos  ciertamente no habrían  permitido que  se cometiesen  en  sus templos  y en  presencia  de  sus ídolos, mientras se ofrecían los sacrificios, las inmodestias que cometéis vosotros en presencia de Jesucristo, en el momento mismo en que decís que desciende sobre vuestros altares. Si verdaderamente creéis lo que afirmáis creer, debierais estar sobrecogidos de un temblor santo.

 

Estas  censuras son muy merecidas. ¿Qué puede pensarse, en efecto, viendo la manera como  la mayor  parte de los cristianos  se portan en nuestras iglesias? Los unos están pensando en sus negocios temporales,los otros en sus placeres; éste duerme, a ese otro se le hace el tiempo interminable; el uno vuelve la cabeza, el otro bosteza, el otro se está rascando, o revolviendo las hojas de su devocionario,  o mirando  con impaciencia si falta todavía  mucho  para que terminen los santos  oficios. La presencia de Jesucristo  es un martirio, mientras que se pasarán cinco o seis horas en el teatro, en la taberna, en la caza, sin que este  tiempo se les haga largo;  y podéis observar que, durante los ratos que se conceden al mundo  y a sus placeres, no hay quien se acuerde de dormir;  ni de bostezar, ni de fastidiarse.  Pero ¿es posible  que la presencia de Jesucristo  sea tan ingrata a los cristianos, que debieran hacer consistir toda su dicha en venir a pasar unos momentos en

compañía  de  tan  buen  padre?  Decidme,  qué  debe  pensar  de  nosotros  el  mismo Jesucristo, que ha querido hallarse presente en nuestros sagrarios sólo por nuestro amor, al  ver que su santa  presencia, que debiera constituir toda nuestra felicidad o más bien nuestro paraíso en este mundo,  parece ser un suplicio y un martirio para nosotros? ¿No hay razón para creer que esta clase de cristianos no irá jamás al cielo, donde debería estar toda la eternidad en presencia de este  mismo  Salvador?  Vosotros  no  conocéis vuestra ventura cuando tenéis la dicha de presentaros delante de vuestro Padre, que os ama más que a sí mismo, y os llama al pie de sus altares, como en otro tiempo llamó a los pastores, para colmaros  de toda suerte  de beneficios.  Si  estuviésemos bien  penetrados  de esto,

¡con qué amor y con qué diligencia vendríamos aquí como los Reyes Magos, para hacerle ofrenda de todo lo que poseemos, es decir, de nuestros corazones y de nuestras almas!

¿No vendrían los padres y madres con mayor solicitud  a ofrecerle toda su familia, para que la bendijese y le diese las gracias de la santificación? ¡Y con qué gusto no acudirían los ricos a ofrecerle  una parte de sus bienes en la persona de los pobres!  ¡Dios mío!

¡cuántos bienes nos hace perder para la eternidad nuestra poca fe!

 

Pero  escuchad  todavía   a  los  enemigos   de  nuestra   santa   religión:   nada  digamos

-continúan ellos- de vuestros Sacramentos,  con respecto  a los cuales vuestra conducta dista tanto de vuestra creencia como el cielo dista de la tierra. Tenéis el bautismo, por el cual quedáis convertidos en otros tantos dioses, elevados a un grado  de honor  que no puede comprenderse,  porque  supone que sólo Dios os sobrepuja.  Mas ¿qué se puede pensar de vosotros, viendo cómo la mayor parte os entregáis a crímenes que os colocan por   debajo   de   las  bestias  desprovistas   de   razón?.   Tenéis  el   sacramento   de   la Confirmación, por el cual quedáis convertidos en otros tantos soldados de Jesucristo, que valerosamente sientan plaza bajo el estandarte de la cruz, que jamás deben ruborizarse de las humillaciones y oprobios de su Maestro, que en toda ocasión deben dar testimonio de la verdad del Evangelio. Y no obstante, ¿quién lo dijera?; se hallan entre vosotros yo no sé cuántos cristianos que por respeto humano  no son capaces de hacer públicamente sus actos de piedad; que quizás no se atreverían a tener un crucifijo  en su cuarto o una pila de agua bendita a la cabecera de su cama; que se avergonzarían de hacer la señal de la cruz antes y después de la comida, o se esconden para hacerla. ¿Veis, por consiguiente, cuán lejos estáis  de vivir conforme vuestra religión  os exige? Tocante  a la confesión y comunión,   nos  decís   vosotros,   es  verdad,   que   son  cosas  muy  hermosas  y  muy consoladoras; pero ¿de qué manera os aprovecháis de ellas?, ¿cómo las recibís  ? Para unos no son más que una costumbre, una rutina y un juego;  para otros, un suplicio: no van mas que, por decirlo así, arrastrados. Mirad  cómo es preciso que vuestros ministros os insten y estimulen  para que os lleguéis al tribunal de la penitencia, donde  se os da, según decís, el perdón  de vuestros pecados, o a la sagrada mesa, donde  creéis que se come el pan de los ángeles, que es vuestro Salvador. Si creyeseis lo que decís, ¿no sería más bien necesario enfrenaros, considerando  cuán grande  es vuestra dicha de recibir a vuestro Dios, que debe constituir vuestro consuelo en este mundo  y vuestra gloria en el otro? Todo esto que, según vuestra fe, constituye una fuente de gracia y de santificación, para la mayor parte de vosotros no es en realidad más que una ocasión de irreverencias, de desprecios, de profanaciones y de sacrilegios. O sois unos impíos, o vuestra religión es falsa;  pues,  si estuvieseis bien  convencidos  de  que  vuestra  religión  es santa,  no  os

conduciríais de esta manera en todo lo que ella os manda. Vosotros tenéis, además del domingo, otras fiestas, establecidas, decís, unas para honrar  lo que vosotros llamáis los misterios  de vuestra religión;  otras,  para celebrar la memoria  de vuestros apóstoles, las virtudes  de vuestros mártires,  que tanto se sacrificaron  por  establecer vuestra religión. Pero estas fiestas,  estos domingos,  ¿cómo los celebráis? ¿No son principalmente estos días los que escogéis para entregaros a toda suerte de desórdenes, excesos y libertinaje:

¿No cometéis  más maldades en estos días,  tan santos,  según decís,  que en todo otro tiempo? Respecto a los divinos oficios, que para vosotros son una reunión con los santos del cielo, donde comenzáis a gustar de su misma felicidad, ved el caso que hacéis de ellos; una  gran  parte, no  asiste casi nunca;  los demás, van  a ellos como  los criminales  al tormento; ¿qué podría  pensarse de vuestros misterios,  a juzgar  por  la manera  como celebráis  sus  fiestas?   Pero  dejemos   a  un  lado  este  culto  exterior,  que,  por   una extravagancia singular; por una inconsecuencia llena de irreligión,  confiesa y desmiente al mismo tiempo vuestra fe. ¿Dónde se halla entre vosotros esa caridad fraterna, que, según los  principios   de  vuestra  creencia,  se  funda  en  motivos   tan  sublimes  y  divinos?. Examinemos algo más de cerca este punto, y veremos si son o no bien fundados  esos reproches. ¡Qué religión  tan hermosa la vuestra -nos dicen los judíos y aun los mismos paganos- si practicaseis lo que ella ordena ! No solamente sois todos hermanos, sino que juntos -y esto es lo más hermoso-  no hacéis más que un mismo cuerpo con Jesucristo, cuya carne y sangre os sirven de alimento todos los días; sois todos miembros  unos de otros. Hay que convenir en que este artículo de vuestra fe es admirable,  y tiene algo de divino. Si obraseis según vuestra fe, seríais capaces de atraer a vuestra religión  todas las demás naciones; así es ella de hermosa y consoladora,  y así son de grandes los bienes que promete para la otra vida. Pero lo que hace creer a todas las naciones que vuestra religión no es como decís vosotros, es que vuestra conducta está en abierta oposición con lo que ella os manda. Si se preguntase a vuestros pastores y pudiesen ellos revelar lo que hay de más secreto,  nos mostrarían  vuestras querellas, vuestras enemistades, vuestras venganzas,  vuestras envidias,  vuestras maledicencias,  vuestras  chismorrerías,  vuestros pleitos y tantos otros vicios, qué causan horror  a todos los pueblos, aun a aquellos cuya religión  tanto dista,  según  vosotros,  de  la  santidad  de  la  vuestra.  La corrupción   de costumbres que reina entre vosotros impide a los que no son de vuestra religión abrazarla porque, si estuvieseis bien persuadidos de que ella es buena y divina, os portaríais muy de otra manera.

 

¡Qué  bochorno   para  nosotros   oír  de  los  enemigos  de  nuestra  religión   semejante lenguaje!. Pero ¿no tienen razón  sobrada para usarlo?. Examinando  nosotros  mismos nuestra conducta, vemos positivamente que nada hacemos de lo que aquélla nos manda. Parece, al contrario, que no pertenecemos a una religión tan santa sino para deshonrarla y  desviar a los que la quisieran  abrazar: una religión  que nos prohíbe  el pecado,  que nosotros cometemos con tanto gusto y al cual nos precipitamos  con tal furor que parece no vivimos sino para multiplicarlo; una religión  que cada día presenta ante nuestros ojos a Jesucristo como un buen padre que quiere colmarnos de beneficios, y nosotros huimos su  santa  presencia, o si nos presentamos  ante Él,  en el templo, no  es más que  para despreciarle y hacernos aún más culpables; una  religión  que  nos ofrece el perdón  de nuestros pecados por el ministerio  de sus sacerdotes, y, lejos de aprovecharnos de estos

recursos, o los profanamos o los rehuimos;  una religión  que nos descubre tantos bienes en la otra vida, y nos muestra medios tan seguros y fáciles de conseguirlos, y nosotros no parece que conozcamos todo esto sino para convertirlo en objeto de un cierto desprecio y chanza de mal gusto…  ¡En qué abismo de ceguera hemos caído!  Una religión  que no cesa nunca  de  advertirnos  que  debemos  trabajar  sin  descanso en  corregir  nuestros defectos,  y  nosotros,  lejos  de  hacerlo  así,  yendo  en  busca  de  todo  lo  que  puede enardecer nuestras pasiones; una religión  que nos advierte que no hemos de obrar sino por Dios, y siempre con la intención de agradarle,  y nosotros, no teniendo en nuestras obras más que miras humanas, queriendo siempre que el mundo sea testigo del bien que hacemos, que nos aplauda y felicite por ello. ¡Oh!, Dios mío! ¡ qué ceguera y qué pobreza la  nuestra!.  ¡Y pensar  que  podríamos  allegar  tantos  tesoros  para  el  cielo,  con  sólo portarnos según las reglas que nos da nuestra religión santa!

 

Pero escuchad todavía cómo los enemigos de nuestra santa y divina religión nos abruman con sus reproches: decís  vosotros  que vuestro Jesús;  a quien  consideráis como  vuestro Salvador, os asegura que mirará como hecho a sí propio todo cuanto hiciereis por vuestro hermano;  ésta es una de vuestras creencias, por cierto, muy hermosa. Pero, si esto es así como vosotros nos decís, ¿es que no lo creéis sino para insultar al mismo Jesucristo? es que no lo creéis sino para maltratarle y ultrajarle de la manera más cruel en la persona de vuestro prójimo?  Según vuestros principios,  las menores faltas contra la caridad han de ser consideradas como  otros  tantos  ultrajes  hechos a Jesucristo.  Pero entonces,  decid, cristianos,  ¿qué  nombre   daremos  a  esas maledicencias,  a  esas calumnias,  a  esas venganzas, a esos odios con que os devoráis los unos a los otros?. He aquí que vosotros sois mil veces más culpables con la persona de Jesucristo, que los mismos judíos a quienes echáis en  cara  su  muerte.  No;  las acciones  de  los  pueblos  más  bárbaros  contra  la humanidad  nada son comparadas con lo que todos los días hacemos nosotros contra los principios dé la caridad cristiana. Aquí tenéis una parte de los reproches que nos echan en rostro los enemigos de nuestra santa religión.

 

No me siento  con fuerzas  para proseguir  tan triste es esto y deshonroso  para nuestra santa religión,  tan hermosa, tan consoladora, tan capaz de hacernos felices, aun en este mundo,  mientras nos prepara una dicha infinita para la eternidad. Y si esos reproches son ya tan humillantes para un cristiano cuando no salen más que de boca de los hombres, dejo a vuestra consideración qué será cuando tengamos la desventura de oírlos de boca del mismo  Jesucristo,  al comparecer  delante de Él, para darle cuenta de las obras que nuestra fe debiera haber producido  en nosotros. Miserable cristiano -nos dirá Jesucristo (Mat.11. 24)- ¿dónde están los frutos de la fe con que yo había enriquecido  tu alma?.

¿De aquella  fe en la cual viviste y cuyo Símbolo  rezabas todos  los días?.  Me  habías tomado por  tu Salvador  y tu modelo.  He aquí  mis lágrimas y mis penitencias;  ¿dónde están las tuyas?. ¿Qué fruto sacaste de mi sangre adorable, que hacía manar sobre ti por mis  Sacramentos?  ¿De  qué  te  ha  servido  esta  cruz,  ante  la  cual  tantas  veces te prosternaste?.  ¿Qué  semejanza  hay  entré  tú  y  Yo?.  ¿Qué  hay  de  común  entre  tus penitencias y las mías?, ¿entre tu vida y mi vida?. ¡Ah, miserable! Dame cuenta de todo el bien que esta fe hubiera producido  en ti, si hubieses tenida la dicha de hacerla fructificar. Ven, depositario infiel e indolente, dame cuenta de esta fe preciosa e inestimable,  que

podía y debía haberte producido  riquezas eternas, si no la hubieses indignamente ligado con una vida toda carnal y pagana. ¡Mira, desgraciado, qué semejanza hay entre tú y Yo! Considera mi Evangelio, considera tu fe. Considera mi humildad  y mi anonadamiento, y considera tu orgullo,  tu ambición y tu vanidad. Mira tu avaricia, y mi desasimiento de las cosas de este mundo.  Compara  tu dureza con los pobres  y el desprecio que  de ellos tuviste, con mi caridad y mi amor; tus destemplanzas, con mis ayunos y mortificaciones; tu frialdad y todas tus irreverencias en el templo, tus profanaciones, tus sacrilegios y los escándalos que diste a mis hijos, todas las almas que perdiste, con los dolores y tormentos que por salvarlas yo pasé. Si tu fuiste la causa de que mis enemigos blasfemasen de mi santo Nombre, yo sabré castigarlos a ellos como merecen; pero a ti quiero hacerte probar todo el rigor  de mi  justicia.  Sí  -nos dice Jesucristo-(S.  Mat. 11,24),  los moradores  de Sodoma y de Gomorra  serán tratados con menos severidad que este pueblo desdichado, a quien tantas gracias concedí, y para quien mis luces, mis favores y todos mis beneficios fueron inútiles, pagándome con la más negra ingratitud.

 

Sí,  los  malvados  maldecirán  eternamente  el  día  en  que  recibieron  el  bautismo,  los pastores  que los instruyeron,  los Sacramentos  que les fueron administrados.  ¡Ay!  ¿Que digo?  este  confesonario, este comulgatorio, estas sagradas fuentes, este púlpito, este altar, esta cruz, este Evangelio, o para que lo entendáis mejor, todo lo que ha sido objeto de su fe, será objeto de sus imprecaciones, de sus maldiciones, de sus blasfemias y de su desesperación eterna. ¡Oh, Dios mio! ¡qué vergüenza y qué desgracia para un cristiano, no haber sido cristiano sino para mejor  condenarse y para mejor  hacer sufrir a un Dios que no quería sino su eterna felicidad, a un Dios que nada perdonó para ello, que dejo el seno de su Padre, y vino a la tierra a vestirse de nuestra carne, y pasó toda su vida en el sufrimiento y las lágrimas , y murió en la cruz para salvarle! Dios no ha cesado, se dirá el mísero,  de perseguirme  con tantos  buenos pensamientos,  con tantas  instrucciones  de parte de  mis  pastores,  con  tantos  remordimientos  de  mi  conciencia.  Después de  mi pecado, se me ha dado a sí mismo para servirme de modelo; ¿qué más podía hacer para procurarme  el cielo? Nada, no, nada más; si hubiese yo querido,  todo esto me hubiera servido para ganar  el cielo,  que  no  es ya para mi.  Volvamos de nuestros  extravíos,  y tratemos de obrar mejor que hasta el presente.

 

 

 

 

 

San Juan  María Vianney (Cura de Ars).