Mensajes

La Gracia

¿Qué es la gracia? Lo has estudiado y explicado muchas. veces. Pero Yo te lo quier explicar a mi modo en su naturaleza y en sus efectos.

La gracia es poseer en vosotros la luz, la fuerza, la sabiduría de Dios. Esto es posee a semejanza intelectual con Dios, el signo inconfundible de vuestra filiación con Dios.

Sin  la  gracia  seríais  simplemente  criaturas  animales,  llegadas  a  tal  punto  de evolución de estar proveídas de razón, con un alma, pero un alma a nivel de tierra capaz de guiarse en las contingencias de la vida terrena pero incapaz de elevarse a la regiones en las que se vive la vida del espíritu; por ello poco más que las bestias que se regulan solamente por el instinto y, en verdad, a menudo os superan con su modo de comportarse.

La gracia es por lo tanto un don sublime, el mayor don que Dios, mi Padre, os podía dar. Y os lo da gratuitamente porque su amor de Padre, por vosotros, es infinito como infinito es Él mismo. Querer decir todos lo atributos de la gracia significaría escribir un larga lista de adjetivos y sustantivos, y aún no explicarían todavía perfectamente qué e este don.

Recuerda solamente esto: la gracia es poseer al Padre, vivir en el Padre; la gracia es poseer al Hijo, gozar de los méritos infinitos del Hijo; la gracia es poseer al Espíritu Santo, disfrutar de sus siete dones. La gracia, en fin, es poseernos a Nosotros, Dios Uno y Trino, y tener alrededor de vuestra persona mortal las legiones de ángeles que nos adoran en vosotros.

Un alma que pierde la gracia lo pierde todo. Inútilmente para ella el Padre la ha creado, inútilmente para ella el Hijo la ha redimido, inútilmente para ella el Espíritu Santo le ha infundido sus dones, inútilmente para ella están los Sacramentos. Esta muerta. Ramo podrido que bajo la acción corrosiva del pecado se separa y cae de árbol vital y termina de corromperse en el barro. Si un alma supiera conservarse com es después del Bautismo y después de la Confirmación, esto es cuando ella esta embebida literalmente de la gracia, aquel alma sería poco menor a Dios. Yo .que esto te  diga todo.

Cuando leéis los prodigios de mis santos os sorprendéis. Pero, querida mía, no ha nada de asombroso. Mis santos eran criaturas que poseían la gracia, eran dioses, po esto, porque la gracia os deifica. ¿Acaso no lo he dicho Yo en mi Evangelio que lo íos harán los mismos prodigios que Yo hago? Pero para ser míos es necesario. vivir de mi Vida, esto es de la vida de la gracia.

Si quisierais, todos podríais ser capaces de prodigios, esto es de santidad. Mejo dicho, Yo quisiera que lo fuerais porque entonces querría decir que mi Sacrificio ha sido coronado por la victoria y que realmente Yo os he arrancado del imperio del Maligno desterrándole a su Infierno, remachando su boca con una piedra inamovible y poniendo sobre ella el trono de mi Madre, que fue la Única que tuvo su calcañal sobre el dragón impotente para dañarle.

No todas las almas en gracia poseen la gracia en la misma medida. No porque Nosotros se la infundamos en medida distinta, sino porque de distinta manera la sabéis conservar  en  vosotros.  El  pecado  mortal  destruye  la  gracia,  el  pecado  venial resquebraja, las imperfecciones la debilitan. Hay almas, no del todo malas, que languidecen en una tisis espiritual porque, con su inercia, que las empuja a cometer continuas imperfecciones,  enflaquecen  cada  vez  más  la  gracia,  haciéndola  un  hilo debilísimo, una llamita languidecente. Mientras debería ser un fuego, un incendio vivo bello, purificador. El mundo se derrumba porque se derrumba la gracia en casi la totalidad de las almas y en las demás languidece.

La gracia da frutos distintos según esté más o menos viva en vuestro corazón. Un tierra es más fértil cuanto más rica es de elementos y beneficiada por el sol, por el agua, por las corrientes aéreas. Hay tierras estériles, secas, que inútilmente viene regadas por el agua, calentadas por el sol, agitadas por los vientos. Lo mismo es en la almas. Hay almas que con cada estudio se cargan de elementos vitales y por ello ogran disfrutar el cien por cien de los efectos de la gracia.

Los elementos vitales son: vivir según mi Ley, castos, misericordiosos, humildes amorosos de Dios y del prójimo; es vivir de oración «viva». Entonces la gracia crece florece, echa raíces profundas y se eleva en árbol de vida eterna. Entonces el Espíritu Santo, como un sol, inunda con sus siete rayos, de sus siete dones; entonces Yo, Hijo os  penetro  con  la  lluvia  divina  de  mi  Sangre;  entonces  el  Padre  os  mira  con complacencia   viendo   en   vosotros   su   semejanza;   entonces   María   os   acaricia estrechándoos contra su seno en el que me ha llevado a Mí como a sus hijitos menores pero queridos, queridos por su Corazón; entonces los nueve coros angélicos hace corona a vuestra alma templo de Dios y cantan el «Gloria» sublime; entonces vuestra suerte es Vida y vuestra Vida es bienaventuranza en mi Reino» .

Jesús a María Valtorta

MARÍA VALTORTA  CUADERNOS DEL 1943

Divina Misericordia
Eucaristía

 

«Si mi Carne es realmente alimento y mi Sangre es realmente bebida, ¿cómo es que vuestras almas mueren de inanición? ¿Cómo es que no crecéis en la vida de la gracia? Hay muchos para los cuales es como si mis iglesias no tuvieran sagrario. Son aquellos que me han renegado y olvidado. Pero también hay muchos que se alimentan de Mí. Y tampoco progresan. Mientras en otros, en cada unión conmigo Eucaristía, hay un crecimiento de gracia. Te explicaré las causas de estas diferencias. .

Están los perfectos que me buscan únicamente porque saben que mi alegría es ser acogido en el corazón de los hombres y que no tienen mayor alegría que llegar a ser una sola cosa conmigo. En éstos el encuentro eucarístico se hace fusión, y es tan fuerte el ardor que de Mí emana y que de ellos brota, que como dos metales en un crisol llegamos a ser una sola cosa. Naturalmente más perfecta es la fusión tanto más la criatura recibe mi sello, mis propiedades, mis bellezas. Así saben unirse a Mí aquellos que después vosotros llamáis «Santos», o sea los perfectos que han entendido quién soy Yo. Pero en todas las almas que vienen a Mí con verdadera pasión y puro corazón Yo aporto gracias indecibles y comunico mi gracia, de modo que ellas avanzan por el camino de la Vida y aunque no alcanzaran una santidad clamorosa, reconocida por el mundo, siempre alcanzan la vida eterna, porque quien está en Mí tiene vida eterna. Para todas las almas que saben venir a Mí con el ardor de los primeros y con la confianza de los segundos y que me dan todo cuanto está en su poder dar, o sea todo el amor de que son capaces, Yo estoy dispuesto a cumplir prodigios de milagros con tal de unirme a ellas. El cielo más bello para Mí está en el corazón de las criaturas que me aman. Por ellas, aunque la rabia de Satanás destruyera todas las iglesias, Yo sabría descender, en forma eucarística, de los Cielos. Y mis ángeles me llevarían a las almas hambrientas de Mí, Pan vivo que desciende del Cielo. No es por otra parte algo nuevo. Cuando la fe era todavía llama de amor vivo Yo he sabido ir a almas seráficas enterradas en las ermitas o en las celdas muradas. No hacen falta catedrales para contenerme. Me basta un corazón que consagre el amor. Incluso la más grande y espléndida catedral es siempre demasiado estrecha y pobre para Mí, Dios que colmo de Mí todo cuanto existe. La obra humana está sujeta a las limitaciones de lo humano y Yo soy infinito. En cambio no me es pequeño y pobre vuestro corazón si la caridad lo enciende. Y la más hermosa catedral es vuestra alma habitada por Dios. Dios está en vosotros cuando vosotros estáis en gracia. Y se quiere hacer un altar de vuestro corazón. En los primeros tiempos de mi Iglesia no existían las catedrales, pero Yo tenía un trono digno de  Mí en el corazón de cada cristiano.

Después están quienes vienen a Mí solamente cuando la necesidad les empuja o el miedo les azuza. Entonces vienen a llamar al Sagrario que se abre, concediendo siempre consuelo, frecuentemente, si es útil, la gracia pedida. Pero quisiera que el hombre no viniera a Mí solamente para pedir sino también para dar.
Luego vienen aquellos que se acercan a la Mesa, donde Yo me hago alimento, por costumbre. En éstos los frutos del Sacramento duran ese poco tiempo que duran las Especies y después desaparecen. No poniendo ningún latido en su venir a Mí, no progresan en la vida del espíritu que es esencialmente vida de caridad. Yo soy Caridad y traigo caridad, pero mi caridad languidece en estas almas tibias que nada logra calentar más.

Otra categoría, la de los fariseos. Existen también ahora; es una gramilla que no muere. Éstos aparecen ardientes pero están más fríos que la muerte. Siempre iguales a quienes me condenaron a muerte vienen, poniéndose bien a la vista, hinchados de soberbia, saturados de falsedad, seguros de poseer la perfección, sin misericordia más que para ellos mismos, convencidos de ser ejemplo para el mundo. En cambio son los que escandalizan a los pequeños y se alejan de Mí porque su vida es una antítesis de la que debería ser y su piedad es de forma pero no de sustancia, y se transforma, apenas se alejan del altar, en dureza hacia los hermanos. Éstos comen su condenación porque Yo perdono muchas cosas, conociendo vuestra debilidad, pero no perdono la falta de caridad, la hipocresía, la soberbia. De estos corazones Yo huyo lo antes posible.

Considerando estas categorías es fácil entender por qué la Eucaristía no ha hecho todavía del mundo un Cielo como debería haber hecho. Sois vosotros quienes obstaculizáis este adviento de amor que os salvaría singularmente y como sociedad. Si realmente os nutrierais de Mí con el corazón, con el alma, con la mente, con la voluntad, con la fuerza, con la inteligencia, en suma con todas vuestras potencias, cesarían los odios, y con los odios las guerras, no existirían más fraudes, ni calumnias, ni las pasiones desordenadas que crean los adulterios y con éstos los homicidios, el abandono y la abolición de los inocentes. El perdón recíproco estaría no en los labios, sino en los corazones de todos, y seríais perdonados por mi Padre. Viviríais como ángeles pasando vuestros días adorándome en vosotros e invocándome para la próxima venida. Mi constante presencia en vuestro pensamiento os tendría alejados del pecado, el cual siempre empieza por un laborío del pensamiento que después se traduce en acto. Pero del corazón hecho Sagrario no saldrían más que pensamientos sobrenaturales y la tierra sería santificada. La tierra se convertiría en un altar, un enorme altar preparado para acoger la segunda venida de Cristo, Redentor del mundo».

 

Dice Jesús a María Valtorta

Diario de 1943

10 de Junio

Divina Misericordia

HOSPITALIDAD DIOCESANA
DE NTRA. SRA. DE LOURDES

 

Peregrinación en el Año de la Misericordia
Domingo, 3 de julio de 2016

Queridos diocesanos:

los días 1 al 4 de julio de 2016 nuestra Hospitalidad Diocesana de Ntra. Sra. de Lourdes, presidida por el Sr. Arzobispo, celebra su peregrinación anual a Lourdes en el Año Jubilar de la Misericordia.

¿Qué es la Hospitalidad Diocesana de Lourdes?

Como todas las Hospitalidades de España y del resto del mundo nació con el objetivo de cumplir el mensaje que la Virgen María dejó a Bernardita:

“quiero que vengan a mí en peregrinación”.

De este mensaje surge la necesidad de que existan voluntarios que ayuden a las personas enfermas y
discapacitadas a llegar al Santuario de Lourdes. Estas per- sonas son los hospitalarios. Los Estatutos de nuestra Hospitalidad Diocesana de Lourdes fueron aprobados en el año 1993 en tiempos de Mons. Elías Yanes.
La Hospitalidad Diocesana de Zaragoza la forman: hospitalarios (voluntarios laicos, personal sanitario, sacerdotes y religiosos/as): peregrinos enfermos y discapacitados; peregrinos en general.
Los hospitalarios viven su compromiso cristiano, ayudando y cuidando a las personas enfermas y discapacitadas. Esto significa: compartir y vivir la fe, la esperanza y la caridad; acompañar y ayudar a las personas enfermas y discapacitadas en su día a día; proporcionarles espacios en los
que puedan relacionarse con otras personas enfermas y entablar amistad; ofrecerles un espacio de alegría y esperanza. Desde esta carta pastoral animo a todos los dio- cesanos a conocer más, a estimar y a difundir los fines de la Hospitalidad Diocesana, recogidos en el Boletín Informativo
Hospitalidad Viva, para promover el bien integral de nuestros enfermos. Recomiendo la inscripción en la Hospitalidad de Lourdes.

Mensaje de Lourdes

Lourdes no es sólo meta de peregrinaciones de cualquier parte del mundo, sino que es un lugar que ofrece un mensaje espiritual vivo y actual para nuestro tiempo. Lourdes mantiene viva la memoria de las famosas apariciones de la Virgen Inmaculada a Bernadette Soubirous, en la Gruta de Masabielle, entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858. Desde entonces, millones de peregrinos acuden a los pies de la Madre para experimentar la gracia y el amor, porque “en esta pobre Gruta
hay un trocito de Cielo que ha tocado la Tierra”.

El Papa San Juan Pablo II peregrinó a Lourdes, en agos- to del año 2004, con motivo del 150 aniversario de la pro- clamación del dogma de la Inmaculada Concepción. En esta ocasión dijo: “Aquí la Virgen invitó a Bernadette a rezar el Rosario, desgranando Ella misma un Rosario. De este modo, esta Gruta se ha convertido en la sede de una sorprendente escuela de oración, en la que María enseña a todos a contemplar con ardiente amor el rostro de Cristo” (14 de agos- to de 2004). El Papa Benedicto XVI peregrinó también a Lour- des, con motivo del 150 aniversario de las Apariciones. En el rezo del Ángelus del día 14 de septiembre de 2008, pronunció esta oración. “Santa María, tú que te apareciste aquí, hace ciento cincuenta años, a la joven Bernadette, ‘tú eres la verdadera fuente de esperanza’ (Dante, Par., XXXIII, 12). Como peregrinos confiados, llegados de todos los luga- res, venimos una vez más a sacar de tu Inmaculado Corazón fe y
consuelo, gozo y amor, seguridad y paz” (14 de septiembre de 2008). El Papa Francisco acudió, el 16 de marzo de 2013, a rezar ante la Virgen de Lourdes en la reproducción de la Gruta que se encuentra
en los jardines del Vaticano.

Peregrinación en el Año de la Misericordia
Nuestra peregrinación tiene un significado especial en este Año Jubilar de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco. Queremos vivir en Lourdes la experiencia de gracia del Jubileo:
buscar con mayor intensidad el amor y el perdón de Dios, mediante el don de la indulgencia atravesando la puerta santa, para convertirnos en misericordiosos como el Padre, mediante lapráctica de las obras de misericordia corporales y espirituales.
Nuestra peregrinación tiene como finalidad este año ex- perimentar la misericordia y el perdón de Dios Padre; pedir la protección de la Virgen de Lourdes; salir al encuentro de los hermanos
enfermos y necesitados para ofrecerles el evangelio de la reconciliación, de la paz, y de la esperanza. Esto está muy en sintonía con el espíritu de la Hospitalidad y el mensaje de Lourdes.
¡Feliz peregrinación a Lourdes!
Con mi afecto y bendición,

Purísima Concepción

 

Inmaculada-

Bendita sea tu pureza

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,

pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.

A Ti, celestial princesa, 
Virgen Sagrada María, 
te ofrezco en este día, 
alma, vida y corazón.

Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.

*  *  *

 

 

«INEFFABILIS DEUS»
Epístola apostólica de Pío IX
8 de diciembre de 1854

SOBRE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

1. María en los planes de Dios.

El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo, previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde la eternidad, llevar al cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios.

Y, por cierto era convenientísimo que brillase siempre adornada de los resplandores de la perfectísima santidad y que reportase un total triunfo de la antigua serpiente, enteramente inmune aun de la misma mancha de la culpa original, tan venerable Madre, a quien Dios Padre dispuso dar a su único Hijo, a quien ama como a sí mismo, engendrado como ha sido igual a sí de su corazón, de tal manera que naturalmente fuese uno y el mismo Hijo común de Dios Padre y de la Virgen, y a la que el mismo Hijo en persona determinó hacer sustancialmente su Madre y de la que el Espíritu Santo quiso e hizo que fuese concebido y naciese Aquel de quien él mismo procede.

2. Sentir de la Iglesia respecto a la concepción inmaculada. Sigue leyendo


Adviento


 

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La Iglesia, para comenzar el año litúrgico, celebra la llegada de Cristo con una gran fiesta a la cual llamamos Navidad. Esta fiesta es tan importante para los cristianos que la Iglesia, antes de celebrarla, prepara a sus hijos durante el período conocido como Adviento, que dura cuatro semanas. Ya desde tiempos remotos la Iglesia acostumbra tener esta preparación.

La palabra Adviento,  significa «llegada» procede de la jerga militar ,»Adventus» y era utilizada para referirse a la llegada de un enviado del emperador.  Claramente indica el espíritu de vigilia y preparación que los cristianos deben vivir. Al igual que se prepara la casa para recibir a un invitado muy especial y celebrar su estancia con nosotros, durante los cuatro domingos que anteceden a la fiesta de Navidad, los cristianos preparan su alma para recibir a Cristo y celebrar con Él su presencia entre nosotros.

En este tiempo es muy característico pensar: ¿cómo vamos a celebrar la Noche Buena y el día de Navidad? ¿con quién vamos a disfrutar estas fiestas? ¿qué vamos a regalar? Pero todo este ajetreo no tiene sentido si no consideramos que Cristo es el festejado a quien tenemos que acompañar y agasajar en este día. Cristo quiere que le demos lo más preciado que tenemos: nuestra propia vida; por lo que el período de adviento nos sirve para preparar ese regalo que Jesús quiere, preparar nuestros corazones recobrando la paz «paz del alma» si se hubiera perdido y si se posee, preparando nuestro corazón, con humildad y sencillez pero; revistiéndolo de la luz que da la paz espiritual para recibir, al niño Dios, Nuestro señor Jesucristo que nace Belén. El Adviento es un tiempo para tomar conciencia de lo que vamos a celebrar y de preparación espiritual.

pastorcillos

Durante el Adviento los cristianos renuevan el deseo de recibir a Cristo por medio de la oración, el sacrificio, la generosidad y la caridad con los que nos rodean, es decir, renovarnos procurando ser mejores para recibir a Jesús.

La Iglesia durante las cuatro semanas anteriores a la Navidad y especialmente los domingos dedica la liturgia de la misa a la contemplación de la primera «llegada» de Cristo a la tierra, de su próxima «llegada» triunfal y la disposición que debemos tener para recibirlo. El color morado de los ornamentos usados en sus celebraciones nos recuerda la actitud de penitencia y sacrificio que todos los cristianos debemos tener para prepararnos a tan importante evento.

La familia como Iglesia doméstica procura reunirse para hacer más profunda esta preparación.  en nuestro caso las familias se unen para orar en torno a una corona de ramas de hojas perennes sobre la cual colocan velas que van encendiendo cada domingo. En otros lugares se elabora un calendario en el cuál se marcan los días que pasan hasta llegar al día de Navidad. En algunos países, como México, familiares y amigos se reúnen para celebrar las Posadas rezando el rosario, recordando el peregrinar de María y José para llegar a Belén. En todas estas reuniones el sentido de penitencia y sacrificio se enriquece por la esperanza y el espíritu de fraternidad y generosidad que surge de la alegría de que Dios pronto estará con nosotros.

La palabra Adviento proviene del latín «Adventus» que significa la venida. En un principio con este término se denominaba al tiempo de la preparación para la segunda venida de Cristo o parusía y no el nacimiento de Jesús como ahora lo conocemos. Haciendo referencia a este tiempo la primitiva Iglesia meditaba sobre los pasajes evangélicos que hablan del fin del mundo, el juicio final y la invitación de San Juan Bautista al arrepentimiento y la penitencia para estar preparados.

Nacimiento

 

LA CORONA DE ADVIENTO

 

En muchas casa vemos que antes de Navidad ponen como centro de mesa una corona con velas. Además de ser un elemento decorativo, esta corona anuncia que la Navidad está cerca y debemos prepararnos.

La costumbre es de origen pagano, esta corona representaba el ruego al sol para que regresara con su luz y calor durante el invierno. Los cristianos, para prepararnos a la venida de nuestra LUZ y VIDA, la Natividad del Señor, aprovechamos esta «Corona de adviento» como medio para esperar a Cristo y rogarle infunda en nuestras almas su luz.

El círculo es una figura geométrica perfecta que no tiene ni principio ni fin. La corona de adviento tiene forma de círculo para recordarnos que Dios no tiene principio ni fin, reflejando su unidad y eternidad. Nos ayuda también a pensar en los miles de años de espera desde Adán hasta Cristo y en la segunda y definitiva venida; nos concientiza que de Dios venimos y a Él vamos a regresar.

El follaje verde perenne (que puede ser de ramas de pino, o yamel o hiedra) representan que Cristo está vivo entre nosotros, además su verde color nos recuerda la vida de gracia, el crecimiento espiritual y la esperanza que debemos cultivar durante el Adviento.

Las cuatro velas representan los cuatro domingos de Adviento. La primera, vela que se encienden es de color morado. El color morado representa el espíritu de vigilia, penitencia y sacrificio que debemos tener para prepararnos adecuadamente para la llegada de Cristo. La segunda semana se enciende la vela  de color verde, representa la esperanza en Nuestro señor Jesucristo.  El tercer domingo se enciende la vela que es de color rojo. Este color representa el gozo que sentimos ante la cercanía del nacimiento del Señor, y también el espíritu festivo de la reunión familiar. El día de Navidad  se enciende la vela de color  blanco Luz de Cristo como centro de todo cuanto existe.

La luz de las velas simboliza la luz de Cristo que desde pequeños buscamos y que nos permite ver, tanto el mundo como nuestro interior. Cuatro domingos antes de la Navidad se prende la primera vela. Cada domingo se enciende una vela más. El hecho de irlas prendiendo poco a poco nos recuerda como conforme se acerca la luz las tinieblas se van disipando, de la misma forma que conforme se acerca la llegada de Jesucristo que es luz para nuestra vida se debe ir esfumando el reinado del pecado sobre la tierra. La luz de la vela blanca o del cirio que se enciende durante la Noche Buena nos recuerda que Cristo es la Luz del mundo. El brillo de la luz de esa vela blanca en Navidad nos recuerda como en la plenitud de los tiempos se cumple el «Advenimiento del Señor».


Jesús a sus Sacerdotes


Dice Jesús:

«Es doloroso dictar, escribir, leer esta página. Pero es la verdad y hay que decirla. Escribe. Es para los sacerdotes.

Se acusa  mucho a los fieles de ser  poco fieles y muy  tibios. Se acusa mucho a los hombres de no tener caridad, ni pureza, ni desape­ go por las riquezas,  ni espíritu  de fe. Mas, así como los hijos, salvo raras  excepciones, son como les forman los padres (no tanto con las represiones cuanto  con el ejemplo), también  los fieles son, salvo las excepciones siempre presentes, tal como les forman los sacerdotes, no tanto con las palabras cuanto con el ejemplo.

Las iglesias, esparcidas en medio de las casas de los hombres, deberían ser como un faro y un centro de purificación. De ellas debería emanar  una luz dulce y potente,  penetrante y atrayente  que, como sucede con la luz del día, penetrara, a pesar de todas las barreras, en los corazones.

Imaginad  un hermoso día de verano. Una luz radiante  emana del sol y abraza la tierra. Es tan potente e invencible que aun en el cuar­ to más cerrado  la oscuridad  nunca  es completa.  Siempre  habrá  en ese cuarto un rayo sutil como el cabello de un niño, un punto tembloroso sobre la pared, un polvillo de oro que danza en el aire, para testimoniar que afuera brilla el refulgente sol de Dios.

Del mismo modo, si de las iglesias esparcidas entre las casas se di­ fundiera una «luz» igual a la que Yo os he indicado como vuestro sig­no, ¡oh, sacerdotes  a quienes denomino «luz del mundo» !(os llamé así cuando  os creé)!, aun en los corazones más cerradbs  penetraría una hebra,  un punto,  un polvillo de luz, lo suficiente  para recordar

que en el mundo existe «una  Luz«, lo suficiente para  engendrar  en los corazones hambre de luz, de «esa Luz».

Mas, ¿cuántas son las Iglesias de las que emana una luz tan viva que es capaz de forzar las puertas cerradas de los corazones y pene­trar  en ellos para llevarles a Dios, a Dios que es Luz? Mas, ¿cuántos sois vosotros, los párrocos y clérigos; vosotros, los sacerdotes y mon­jes; vosotros, todos los que Yo he designado para  que fuerais porta­dores de Mí hacia los corazones; cuántos de vosotros, las almas de la iglesia, estáis inflamados por la Caridad hasta tal punto que lográis vencer el hielo de las almas  y llevar  al corazón  de los hombres el amor de Dios y el amor a Dios, a Dios que es Caridad?

Los dolores de los hombres son diversos de los vuestros. O, al me­nos, los vuestros deberían ser diversos, porque tendrían  que consistir en las penas provocadas en el celo hacia vuestro Señor Dios, que no es amado lo bastante;  provocadas por los fieles que se pierden; por los pecadores que no se convierten. Sólo éstos, no otros, deberían ser vuestros dolores porque, al llamaros, no os asigné una mansión, una mesa, una fortuna,  una familia, sino una cruz, mi Cruz, ésa en la que perecí desnudo; ésa en la que expiré solo; ésa a la que subí despojado de todo, despojado hasta de mi pobreza, que era riqueza comparada con mi miseria de ajusticiado  al que sólo le queda el patíbulo  hecho con poca madera y tres clavos, y un puñado de espinas entrelazadas formando una corona. Esto lo recuerdo para decirles a todos  y a vo­sotros en particular  que las almas se salvan con el sacrificio, con la generosidad en el sacrificio llevado hasta el despojo total, absoluto, de los afectos, de las comodidades, de lo necesario, de la vida.

En cambio los hombres, acosados por sus dolores  ¡y sólo Yo sé cuántos son!, tendrían  que poder mirar hacia su iglesia como a una madre en cuyo regazo se va a llorar y a escuchar ,palabras de consue­lo tras  haberle  narrado  las propias angustias,  con la certeza de ser  escuchados y comprendidos. En los momentos en que les envuelven las tinieblas provocadas por tantas causas no siempre originadas en su voluntad  sino impuestas por voluntad  ajena, por un complejo de circunstancias que les inducen a creer en el error o a dudar de Dios los hombres tendrían  que encontraros  a vosotros, los portadores  de luz, de mi luz; a vosotros, los piadosos como el samaritanos ; a voso­tros, que sois maestros  como vuestro  Maestro; a  vosotros, que sois padres como vuestro Padre.

La Tierra, corrompida por tantas cosas, fermenta como un cuerpo que se pudre y contamina las almas con su hedor de pecado. Mas, si las iglesias esparcidas entre las casas fueran  incensarios en los que un sacerdote vive ardiendo y se inflama amando, el hedor del mundo quedaría  equilibrado  por el perfume de Dios, que emana del corazónde los sacerdotes que viven en total «fusión»  con Dios, anulados en Dios hasta ser únicamente semejantes a Mí, Dios, que estoy en el Sa­cramento a disposición del hombre en todo momento, sin desfalleci­mientos,  sin soberbias,  sin resistencias;  entonces,  los corazones se purificarían.

Los sacerdotes que son así, es decir, perfectos, son como el sol. As­piran las almas hacia el Cielo como si fueran gotas de agua y las pu­rifican en la atmósfera celeste para ser luego como nubes que se di­suelven blandamente en benéfico rocío, de noche, recatadamente, pa­ra llevar refrigerio a las heridas y las quemazones de los corazones, pobres flores heridas por tantas cosas.

Aspiran, atraen a : para ello es necesario tener una fuerza muy grande.  Sólo el amor vivísimo  hacia el Señor  y hacia los hermanos puede dárosla. Si lo queréis, permaneciendo  firmes en Dios y en lo alto, muy en lo alto respecto a la tierra,  vosotros podéis atraer las al­ mas a vosotros, o sea a Dios, en quien vivís. Es una operación que re­quiere generosidad y constancia. Hasta un parpadear  debe servir pa­ra este fin. Todas vuestras acciones deben proponerse esta meta. Hay miradas  que pueden convertir  un corazón,  si en tales miradas res­plandece Dios. Disolverse: sacrificarse, de todas  las maneras,  recatadamente,llevando  a las almas abrasadas  el refrigerio  celeste, que. se difunde tan dulcemente que ellas no saben cuándo les ha llegado; aunque se encuentran regadas por él. Tal como lo hace el rocío que, silencioso y púdico, desciende mientras todo reposa: los hombres, los animales y  las flores; limpia el aire de las impurezas del día, sacia la sed de los tallos y las frondas y los cubre de perlas. Sacrificio, más y más sacrificio, ¡oh, sacerdotes!  Plegaria, más y más plegaria, ¡oh, pastores!

Os he llamado  pastores  No os he llamado «solitarios»  ni tampo­co «capitanes». El solitario  vive por su cuenta. El capitán  marcha a la cabeza de los suyos. En cambio, el «pastor» está en medio de su re­ baño y lo guarda. No se aísla, porque el rebaño se dispersaría.  No ca­ mina a la cabeza de él, porque las ovejas distraídas quedarían reza­ gadas en el camino y a la merced de los lobos y los ladrones.

Si no es un enajenado,  el pastor vive en medio  de su rebaño, lo llama, lo reúne, va incansablemente  de un extremo al otro del mismo, lo precede en los puntos difíciles, es el primero en tantear las dificul­tades, las allana  en lo posible, se afana por hacer seguros los tramos dificultosos,  luego permanece en el punto más arduo para controlar el paso de sus ovejillas y si ve alguna temerosa o débil, se la pone so­bre los hombros y la lleva más allá del punto peligroso; si aparece el lobo, no huye: al contrario, se arroja sobre él, poniéndose delante de sus ovejas, y las defiende, aun a costa de morir por salvarlas.  Se in­ mola por ellas, para saciar el hambre de la fiera, de tal modo que ésta no sienta  ya la necesidad de devorar. ¡Cuántas  fieras  acechan a las almas!  El pastor  no pierde tiempo en inútiles  diálogos con los que pasan, no se distrae con cosas que no le competen. Se ocupa de sure­ baño y nada más.

Ahora poned atención. ¿No parece estar leyendo el capítulo  8° de Ezequiel?

Primer ídolo: los celos.

Tendríais que ser caridad,  ¿no es verdad? Tendríais que ser cari­ dad para inducir a otros a la caridad.  Y, en cambio, ¿qué sois? Tenéis celos el uno del otro. Os ofendéis si un laico os critica.  Mas, ¿no os criticáis recíprocamente y, a menudo, injustamente? El superior critica a los inferiores. El inferior critica a los superiores. Tenéis celos si uno de vosotros se destaca, si uno de vosotros tiene éxito, si uno de vosotros se enriquece. Es más: esto, que tendría que horrorizaras, es lo que más os apetece. ¿Acaso era rico Yo, el Sacerdote  eterno? Sed perfectos y os notarán  y alabarán,  aun cuando tendría que interesaros sólo la alabanza de vuestro  Dios. Sed perfectos y alcanzaréis  el único fin digno de vuestro hábito: el de llevar almas a Dios. 

Segundo  ídolo, o mejor, numerosos ídolos: las diversas herejías que en vosotros sustituyen el culto que deberíais practicar.

También vosotros,  como los setenta  ancianos  que nombra  Eze­quiel\  incensáis a los ídolos, cada uno al que prefiere. Y lo hacéis en la oscuridad, esperando que los ojos del hombre no os vean. Pero os ven. Y le escandalizáis.  Porque los fieles, y los hombres en general, son como los niños que, aunque parezca que no observan, no pierden nunca de vista ni de oídos a los mayores.

Mas, ¿es que no sabéis  que,  aun  cuando  el hombre no os viera, Dios os ve? Y entonces, ¿por qué esparcís vuestro incienso ante el po­ der del oro o ante el poder del hombre? ¿Es que acaso no veo desde lo alto de mi trono que demasiados sacerdotes míos ocupan su tiempo ese tiempo que Yo les otorgo para que lo empleen en la propia misión sacerdotal dedicándose a tratos humanos, aptos para aumentar su bienestar? Sí, lo veo. ¿Es que acaso no observo  y, al hacerlo, mi co­razón siente un profundo disgusto  que demasiados sacerdotes míos abjuran mi Ley para obedecer a la ley de hombres desgraciados, por­que así esperan obtener honores y ganancias? Sí, lo veo.

¡Oh, sacerdotes politicastros!  ¡Sois los miembros del Sanedrín  de hoy! Mas, recordad cuál fue el final del Sanedrín,  precisamente por obra de aquéllos a cuyos pies habían prosternado su conciencia y vio­lado mi Ley. Y no os digo nada más. Todo esto os acaeció por parte de los hombres.  Lo demás os llegará después,  por el Juez eterno  y justo.

Tercer ídolo: la sensualidad.

Sí, veo también esto. Y no agrego nada más por respeto hacia mi «portavoz». Mas, que cada uno de vosotros se examine para compro­bar si en lugar de las únicas criaturas femeninas que le es permitido a un sacerdote recordar con amor es decir, mi Madre y la propia , no existe una diosa pagana. Recordad que me tocáis, que me recibís. Nada más. No pongáis al Purísimo en contacto con una carne man­ chada por la lujuria.

Cuarto ídolo: la adoración del oriente.

Las sectas. Sí, veo también esto. ¿Y no tendría que mirar con des­dén a muchos de vosotros y dirigir a muchos las invectivas que dirigía los fariseos y a los doctores de mi época? ¿Y no tendría  que suscitar «luces» entre los laicos que me aman como muchos de vosotros no me aman, por piedad hacia las almas que dejáis en el hielo, en la oscuridad,  en la impureza, hacia las almas para las que no sois un camino hacia Dios, sino un sendero que lleva hacia abajo? ¿Cómo osáis repetir  mi Palabra  y predicar  mi Ley cuando dicha Palabra  y dicha Ley son una condena para vosotros? El que es puro, que sea aún más puro; el que no es puro, que se purifique.

La humanidad se encuentra  ante  una  gran  encrucijada. De allí parten dos caminos: uno sube y lleva a Dios; el otro baja y conduce a Satanás. En la encrucijada  hay una piedra.  Sois vosotros. Si hacéis de vosotros un baluarte  y un estímulo hacia el primer camino, Sata­nás no irrumpirá y las almas serán impulsadas  hacia  Dios. Mas, si sois vosotros  los primeros  en rodar  por la pendiente  de Satanás, arrastraréis a la humanidad, con anticipación, hacia los horrores del  Anticristo.

Y si éste debe venir, ¡ay de los que anticipan su venida y la prolongan!, porque él cesará de existir a la hora eterna fijada y cuanto más largo sea el tiempo  de su permanencia, mayor será el número de las almas que se perderán. Mas, recordáoslo: ni siquiera una de ellas de­ jará de ser vengada, pues si vuestro Dios ve hasta el pájaro que mue­re, ¿cómo puede no ver un alma que muere? A sus asesinos, quienes­ quiera que sean, exigiré la razón y decretaré mi condena».

San Miguel Arcángel

Todopoderoso y Eterno Dios,
que por un prodigio de tu bondad  y misericordia a favor de la común salvación de los hombres,escogiste por Príncipe de tu Iglesia al gloriosísimo Arcángel San Miguel, te suplicamos nos hagas dignos ele ser librados por su poderosa protección de todos nuestros enemigos de modo que en la hora de
la muerte ninguno  de ellos logre perturbarnos, y podamos ser por él mismo introducidos en la mansión celestial para contemplar eternamente tu augusta y divina Majestad. Por los méritos ele Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración

Arcángel San Miguel, defiéndenos en la la batalla, nuestro amparo contra  la  adversidad  y  asechanza del demonio. «Reprímale Dios«, pedimos suplicantes;   tu,  Príncipe de La milicia celestial Lanza al infierno con el divino poder, a Satanás y  a Los  demás malignos  espíritus, que andan dis­persos  por el mundo para la perdición de las al mas. Amén.

Ruega por nosotros, glorioso San Miguel,

Príncipe de la iglesia de Jesucristo.

Para que seamos dignos de alcanzar

sus promesas


Mensaje de la Virgen del

25 de octubre de 1994

Medjugorje


Queridos hijos, no puedo ayudaros sino vivís los mandamientos de Dios, sino vivís la Santa Misa, si no abandonáis el pecado.

Queridos hijos, os invito a la conversión individual. ¡ Este tiempo es para vosotros !< br>
Sin vosotros, el Señor no puede realizar lo que quiere.
Queridos hijos, creced día tras día a través de la oración,< br>
para estar más cerca de Dios.

Te doy las cinco piedras contra tu Goliat:
• La Eucaristía
• La lectura de la Biblia
• La confesión mensual
•El Ayuno
• La oración del Rosario con el corazón

 

MANDAMIENTOS DE LA LEY DE DIOS

l.-Amarás a Dios sobre todas las cosas.

2.- No tomaras el nombre  de dios en vano.

3.-Santificaras las fiestas.

4.- Honrarás a tu padre y a tu madre.

5.- No mataras.

6.- No cometerás actos impuros.

7.-No robaras.

8.- No dirás falsos testimonios ni men­

tiras.

9.- No  consentirás   pensamientos ni deseos impuros.

10.- No codiciaras los bienes ajenos.

Estos diez  mandamientos se resumen en dos: Amaras a Dios sobre  todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

 

MANDAMIENTOS DE LA SANTA MADRE IGLESIA

l.-Oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar.

2.-Confesar los pecados mortales al me­nos una vez al año  y en peligro de muerte y si se ha de comulgar.

3.-Comulgar por  Pascua de Resurrec­

ción.

4.-Ayunar  y abstenerse de comer carne cuando  lo manda la Santa Madre Iglesia. (Miércoles de ceniza y Viernes Santo).

Sor Emmanuel Maillard

Sor Emmanuel Maillard nació en París (Francia) en 1947. Estudió teología con el cardenal Danielou. -. Obtuvo la licenciatura en Literatura e historia del arte en la Universidad de la Sorbonne (París) 1971.
Es miembro de la Comunidad de las Bienaventuranzas desde 1976. Vive en Medjugorje desde 1989 y viaja por todo el mundo para evangelizar.

Cogeros de la mano de La Virgen María y enseñarle vuestra casa, preguntándole; ¡Madre María! ¿te gusta esta habitación?, ¿es de tu gusto? ¿ falta algo en ella?

«¡Queridos hijos! También hoy os invito a que seáis oración. Que la oración sea para vosotros las alas para el encuentro con Dios.»

Rezad con el corazón.
Confesar frecuentemente.
Conforme se olvida la confesión, se llenan las salas de los psiquiatras y la sociedad enferma.
Sed Humildes a la llamada de la Madre María y dejaros llevar como niños de la mano

«El mundo se encuentra en un momento de prueba porque ha olvidado y ha abandonado a Dios. Por eso, hijitos, sed aquellos que buscan y aman a Dios sobre todas las cosas. Yo estoy con vosotros y os guío hacia mi Hijo, pero vosotros tenéis que dar vuestro “SÍ” en la libertad de los hijos de Dios. Intercedo por vosotros, hijitos, y os amo con un amor infinito. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada»

Conferencia en Santa Engracia 21_09_2015

15 de Agosto La Asunción de la Virgen María

Entre las fiestas del verano
ninguna destaca tanto como
la solemnidad de la Asunción
de la Virgen María, el 15 de
agosto, fecha en torno a la cual
casi todos nuestros pueblos celebran
sus fiestas patronales.

La Asunción es la síntesis de
todas las fiestas marianas. Es la
culminación de una vida fiel y
de un “sí” permanente a Dios. Es
la fiesta de la Pascua de María.

El Catecismo de la Iglesia Católica
explica el significado de la
fiesta con estas palabras: “La
Santísima Virgen María, cumplido
el curso de su vida terrena,
fue llevada en cuerpo y alma a la
gloria del cielo, en donde ella
participa ya en la gloria de la resurrección
de su Hijo, anticipando
la resurrección de todos los
miembros de su Cuerpo”.

El dogma de la Asunción de
la Santísima Virgen fue definido
solemnemente por Pío XII el 1º
de noviembre de 1950.

La Virgen María, “bendita entre
todas las mujeres”, por razón
de su divina maternidad, y que
había recibido desde su concepción
el privilegio de ser inmune
del pecado original, tampoco
debía conocer la corrupción del
sepulcro.

En la Asunción de María,
la Iglesia, llena de alegría,
celebra el poder de Dios, la victoria
de Cristo sobre el pecado y
sobre la muerte y el gran regalo
de la salvación.

Deseamos un encuentro especial con
Nuestra Señora -la Virgen de
agosto, como se dice familiarmente-
y que Ella bendiga a sus
hijos que la festejan de mil formas
en tantos pueblos en fiestas,
porque este país querido es España,
estas son nuestras fiestas,
nuestras devociones y nuestro sentir a nuestra querida Madre,
La Virgen María.

A Ti Virgen María
en este día
entrego alma vida y corazón
mírame con compasión
no me dejes
Madre mía.

Su nombre era Iñigo López de Loyola, que cambió entre 1537 y 1542 por el de Ignacio «por ser más universal», o «más común a las otras naciones». Según la tradición, fue el último de los ocho hijos varones de Beltrán Ibáñez de Oñaz, señor de Loyola, y Marina Sánchez de Licona.

I. INICIOS

ignaciobiografia1Sobre su fecha de nacimiento oscilaron las opiniones de los contemporáneos. En su epitafio, tras seria deliberación, se fijó su muerte a los 65 años de edad, lo que equivalía a decir que había nacido en 1491. Nada cierto se sabe sobre su primera educación familiar. Su padre debió de fallecer antes de 1506; su madre, poco después de otorgar testamento el 23 octubre 1507. Por estos años, el joven Iñigo se incorporó en Arévalo (Ávila) a la familia del contador mayor [ministro de Hacienda] de los reyes, Juan Velázquez de Cuéllar. Allí pasó unos diez años, en los cuales tuvo ocasión de acompañar al contador durante sus viajes a la corte y otros lugares. Con los libros de su protector pudo adquirir una cierta cultura y perfeccionar su escritura, que le mereció ser considerado «muy buen escribano». Tras la caída en desgracia y sucesiva muerte de Velázquez de Cuéllar en 1517, su viuda, María de Velasco, se preocupó del porvenir de Iñigo y le dio 500 escudos y dos caballos, para poder dirigirse a Navarra y servir como gentilhombre al virrey, Antonio Manrique de Lara, duque de Nájera. Allí dio muestras de hombre «ingenioso y prudente en las cosas del mundo» y de tener «grande y noble ánimo y liberal», como escribió Juan Alfonso Polanco, sobre todo en dos ocasiones: cuando ayudó a la pacificación de algunas villas de Guipúzcoa, divididas por el nombramiento de Cristóbal Vázquez de Acuña como corregidor, y cuando la villa de Nájera se sublevó contra su señor durante la rebelión de las Comunidades (1520-1522).

Tomó parte en la defensa de Pamplona al ser atacada (1521) por el ejército francés. Incitó a sus compañeros de armas a resistir en el castillo, pero fue herido por una bala que le rompió una pierna y le lesionó la otra. Desde Niccolo Orlandini, la tradición ha situado la providencial herida en el 20 mayo 1521, lunes de Pentecostés. La rendición del castillo se produjo el 23 ó 24 del mismo mes. La herida de Iñigo fue grave, como consta por la deposición del alcaide del castillo, Miguel de Berrera. Tras las primeras curas, practicadas por los franceses, fue llevado por sus paisanos a su casa de Loyola, donde sufrió una dolorosa operación, soportada con gran fortaleza. Su estado fue empeorando y el 28 junio fue el día crítico, pero aquella misma noche empezó a mejorar. Una vez repuesto, quiso que le cortasen un hueso de la pierna, que le habría impedido calzarse una bota «muy justa y muy polida» que deseaba llevar.

San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola

«EXAMINAD SI LOS ESPÍRITUS PROVIENEN DE DIOS»
De los Hechos de san Ignacio recibidos por Luís Gonçalves de Cámara de labios del mismo santo (Cap. 1, 5-9: Acta Sanctorum Iulii 7, 1868, 647):
Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?»
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.